En la noche de su cumpleaños número veintitrés, Camila Alcázar descubre que Diego, el hombre al que amó durante tres años, la engaña con la mujer que juró no significar nada para él.
Humillada, furiosa y decidida a elegir por sí misma al menos una vez, Camila le entrega la llave de una suite al desconocido más imponente del antro.
—Dime que estás segura —le exige él.
—Lo estoy. Esta noche te elijo a ti.
Lo que debía ser una sola noche termina convirtiéndose en el encuentro más intenso de su vida.
Pero al despertar, Camila descubre que aquel desconocido es Maximiliano Montalvo: un poderoso empresario de treinta y cinco años, doce mayor que ella… y el padre adoptivo de Ximena, su mejor amiga.
Camila intenta huir y enterrar lo ocurrido. Maximiliano, en cambio, no piensa dejarla escapar.
—Me voy a casar contigo.
—¿Por una noche?
—No. Porque llevo cuatro años sin poder olvidarte.
Cuando dos latidos inesperados aparecen en una pantalla, el matrimonio secreto que debía protegerla empieza a convertirse en algo mucho más peligroso: una relación llena de deseo, celos y sentimientos que ninguno de los dos puede seguir fingiendo.
Ahora Camila tendrá que enfrentarse a un ex dispuesto a destruirla, una familia que quiere vender su futuro y una rival capaz de atentar contra sus hijos.
Pero Maximiliano ya tomó una decisión.
Camila será su esposa, la madre de sus hijos y la única mujer autorizada a incendiar su cama.
Y piensa consentirla hasta que ella deje de tener miedo de pertenecerle.
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Capítulo 22
Capítulo 22
Me eché para atrás como si el volante quemara.
—Usted no está tomado —dije.
—No. —Ni siquiera lo negó. Se recargó otra vez en el asiento, tranquilo, con esa media sonrisa que yo ya conocía y que no auguraba nada bueno para mi cordura—. No estoy tomado.
—Me hizo venir por usted a las once de la noche. —Me temblaba la voz de coraje y de otra cosa que no era coraje—. Puso a doña Reme a preocuparse. A Beltrán a manejar hasta el club. ¿Para qué? ¿Para esto?
—Para verte manejar. —Volteó a verme, y la luz de un poste le cruzó la cara—. Para que fueras tú y no el chofer. Para pasar contigo un rato en el que no fueras mi asistente ni yo tu jefe. —Se encogió de hombros, sin pena ninguna—. Salió mejor de lo que planeé. Lo del taxi no lo planeé, que quede claro. Casi nos matas.
—¡Casi nos mata usted! —Volví a arrancar, furiosa, tomando la curva con más cuidado del que necesitaba, para no verlo—. Esto es un abuso, señor Montalvo. Se está aprovechando.
—Sí —dijo, con una calma que me desarmó—. Me estoy aprovechando de que eres la única persona en esta ciudad que iría por mí a las once de la noche sin cobrarme nada. Culpable.
No supe qué contestar. Subí el resto del camino en silencio, con los labios ardiéndome, entré por la reja, estacioné bajo el techado y apagué el motor. La casa estaba a oscuras. Doña Reme se había dormido, o se hacía. Bajé del coche antes que él, rápido, huyendo hacia la puerta, pero un hombre de casi metro noventa alcanza a una en tres pasos.
—Camila.
—Ya llegó bien. Buenas noches.
—Ayúdame a entrar. Traigo el saco.
Traía el saco en la mano. Perfectamente. Lo dije con los ojos y él me lo devolvió con toda la cara de yeso.
Entramos. Y ahí, en el vestíbulo, junto a la mesa de mármol donde doña Reme deja las flores, pasó lo del jarrón.
No sé todavía si lo hizo a propósito. Quiero creer que no. Pero el señor Montalvo estiró la mano hacia la consola, "para apoyarme", dijo, y tiró el jarrón con agua y todo, un jarrón alto lleno de alcatraces, que se volcó de lado y le vació encima medio litro de agua fría en el pecho antes de que yo alcanzara a agarrarlo.
—Ay —dijo él, sin un gramo de sorpresa.
La camisa blanca se le pegó al cuerpo al instante. Toda. Se le transparentó de golpe, oscura de agua, dibujándole cada línea del pecho, de los hombros, de esa espalda que yo había cargado hacía media hora sin permitirme mirar. El agua le escurría por el cuello, se le metía por el botón abierto, le bajaba.
—Está empapado —dije, con una voz que no reconocí.
—Está fría —contestó él.
Y se empezó a desabrochar la camisa.
—¿Qué hace? —Di un paso atrás.
—Quitármela. Está mojada. —Un botón—. No pretenderás que me quede así. Me da gripa. —Otro botón—. Doña Reme se enojaría contigo si me enfermo bajo tu cuidado.
—Yo no lo estoy cuid— —Otro botón, y se me acabó la frase en la boca.
La abrió. Se la sacó de los hombros despacio, un hombro y luego el otro, y la dejó colgando de una mano, chorreando sobre el mármol. Y se quedó ahí, en medio del vestíbulo oscuro, con el pecho desnudo y mojado brillando bajo la única lámpara encendida, viéndome. Sin decir nada. Dejando que yo mirara.
Y yo miré.
Dios me perdone, miré. Miré el agua bajándole por el esternón. Miré la línea del hombro, el brazo, la manera en que respiraba. Se me secó la boca. Se me olvidó cómo se respira. Todo lo que llevaba semanas apretando bajo llave —el álbum, las fotos, el "solo para Camila", el roce en el coche— se me subió al pecho de golpe, caliente, y me empujó medio paso hacia él antes de que yo mandara mis pies.
Y lo peor no era el cuerpo. El cuerpo lo tenía cualquiera. Lo peor era la cara. Que en medio de toda esa piel mojada, el señor Montalvo no me miraba como se mira a una mujer que uno quiere en la cama. Me miraba como se mira algo que llevas mucho tiempo esperando y por fin tienes cerca. Con hambre, sí. Pero con paciencia. Y esa combinación —el hambre y la paciencia— era mil veces más peligrosa que cualquier cuerpo, porque contra un hombre que solo me quisiera yo tenía años de práctica diciendo que no. Contra un hombre que me esperaba, no tenía nada.
Afuera empezó a caer una lluvia fina, de esas de septiembre, tamborileando en el vidrio del vestíbulo. La casa se quedó todavía más callada. Solo él, y yo, y el agua.
—Camila. —Su voz bajó otra vez a ese registro que me llegaba al hueso—. No te muevas si no quieres. Pero si te quedas quieta ahí, un segundo más, voy a pensar que sí quieres.
—No quiero —dije. Y sonó a mentira hasta para el gato.
—Entonces vete.
No me fui.
Dio un paso. Yo no retrocedí. Dio otro, y quedé contra la mesa de mármol, con el filo frío en la espalda baja y él delante, tibio, húmedo, oliendo a whisky y a lluvia y a algo que era solo suyo. Levantó una mano —lenta, dándome todo el tiempo del mundo para huir— y me acomodó, otra vez, ese mechón detrás de la oreja. Los dedos me rozaron la mandíbula. Bajaron por el cuello. Se detuvieron en el pulso, que me traicionaba a martillazos.
—Aquí. —Apretó apenas dos dedos contra mi garganta—. Esto no lo controlas tú. Ni yo. Esto lleva meses diciendo la verdad que tu boca no dice.
—Señor Montalvo. —Fue casi un ruego—. Por favor.
—Dime que me vaya y me voy. —Me tenía cerca, la frente a un dedo de la mía, y no me tocaba más que en el pulso—. Dime que no sientes esto y me pongo la camisa mojada y subo a mi cuarto y mañana volvemos a la agenda. Dilo, Camila. Una palabra.
El aire entre los dos estaba caliente. Yo sentía su pecho subir y bajar a un centímetro del mío, mojado, y cada vez que respiraba, el filo de mármol se me clavaba más en la espalda porque yo me arqueaba hacia él sin querer, como una planta hacia la ventana. Tenía las manos agarradas al borde de la mesa para no soltarlas. Porque si las soltaba, iban a él. Lo sabía. Él lo sabía. Por eso no me tocaba. Me estaba dejando ser yo quien perdiera.
Y perdí un poco. Solté una mano y apoyé la palma en su pecho mojado. El músculo saltó bajo mis dedos. Bajé por el esternón, siguiendo la misma ruta del agua, hasta el borde duro del abdomen. Él cerró los ojos y dejó escapar el aire, pero no avanzó ni un centímetro; me permitió descubrir el calor de su piel sin convertir mi curiosidad en permiso para nada más. Aquella contención me apretó el deseo entre las piernas con más fuerza que si me hubiera desnudado allí mismo.
Abrí la boca. Y ahí estaba Ximena.
Ahí estaba, en medio del calor, como un jarro de agua peor que el del piso: su carita diciéndome "papá", su brazo apretándome en el pasillo, la palabra "madrastra" que yo me convertiría en el segundo exacto en que dejara que este hombre terminara lo que sus dedos habían empezado. Y detrás de Ximena, esa cosa nueva y sin nombre que llevaba días revolviéndome el estómago, un cansancio raro, un mareo que atribuía al insomnio, a él, a todo.
—No puedo —susurré, y se me quebró—. No es que no quiera. Es que no puedo. Está Ximena. Está… todo. No puedo.
Y esperé que insistiera. Que bajara la boca esos dos centímetros. Que me quitara la última decisión de las manos para que yo no cargara con haberla tomado.
No lo hizo.
Maximiliano cerró los ojos un segundo, respiró hondo —lo sentí levantar el pecho— y dio un paso atrás. Completo. Me devolvió el aire, el frío del vestíbulo, el mundo. Recogió la camisa mojada del suelo con una calma imposible, se la echó al hombro, y me miró desde esa distancia nueva con una ternura que dolía más que cualquier beso.
—Está bien. —Su voz salió ronca, pero firme—. Te dije que iba despacio. Despacio no quiere decir a la fuerza. —Ladeó la cabeza—. El día que pase, Camila, va a ser porque tú cruzaste este metro. No yo.
Se dio la vuelta. Empezó a subir las escaleras, medio desnudo, dejando huellas de agua en el mármol, y a la mitad se detuvo sin voltear.
—Ah. —Lo dijo bajito—. El pulso todavía te está latiendo. Lo veo desde acá.
Y subió.
Yo me quedé sola en el vestíbulo, agarrada al filo de la mesa, temblando de pies a cabeza, con la piel erizada donde no me había ni tocado y una verdad clarísima golpeándome por dentro: que la próxima vez el metro lo iba a cruzar yo. Y que faltaba muy poco.
Lo que no me golpeó esa noche —lo que ni siquiera se me ocurrió— fue por qué llevaba dos semanas mareándome sin razón.