Isabel Montero abordó un avión y despertó horas después en la bañera de su propia casa. Para ella apenas había pasado un instante. Para el resto del mundo, llevaba quince años desaparecida.
Su esposo, Emiliano Salazar, envejeció buscándola y nunca dejó de creer que seguía viva. Pero sus hijos ya no son los niños que Isabel recuerda. Santiago se convirtió en un hombre frío y distante; Valentina se niega a aceptar que esa joven pueda ser su madre, y Sol esconde sus heridas detrás de la rebeldía y el humor.
Isabel regresó con el mismo rostro de hace quince años, a una familia rota y a una vida que otros intentaron ocupar. Ahora tendrá que recuperar el amor de sus hijos, descubrir quién manipuló a los Salazar durante su ausencia y enfrentar un secreto capaz de explicar por qué el tiempo se detuvo para ella.
Todos creen que Isabel volvió para reclamar su lugar.
Se equivocan.
Volvió para recuperar a su familia… y destruir a quien se la arrebató.
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Capítulo 23
Cap 23 — Ichiki
Clara Herrera agarró a Valentina del brazo y la arrastró por la acera como si la casa se estuviera incendiando.
—Tienes que ver esto —dijo Clara sin soltar—. ¡Es el estudio de Ichiki!
—¿Ichiki? ¿La de Reino Infinito?
—¡Sí! Un asistente nuevo publicó una foto de su comida a domicilio y se le vio la dirección en el recibo. ¡Está en esta calle!
Valentina se dejó llevar porque no tenía nada mejor que hacer. Llevaba dos días encerrada en la Casona sin hablar con nadie, rumiando la pelea del desayuno, la reducción de su asignación mensual, y el hecho de que su padre le había pagado doscientos cincuenta dólares para espiar a Isabel y después la había delatado en la mesa.
Necesitaba aire. Y Clara era buena para dar aire, porque nunca se callaba.
—Si la vemos, me muero —decía Clara—. Literalmente me muero. ¿Tú crees que sea hombre o mujer? En el foro dicen que es hombre, pero yo siempre dije que es mujer. Nadie dibuja escenas de amor así si no es mujer.
—Me da igual si es hombre, mujer o extraterrestre —dijo Valentina—. Mientras dibuje bien.
—Tú no tienes alma de fan.
—No. Tengo hambre. ¿Hay algo de comer por aquí?
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Llegaron a una calle tranquila con casas bajas y árboles viejos. El estudio de Ichiki estaba en una casona reformada de dos pisos con un letrero discreto en la puerta: "Estudio Ichi."
Clara se detuvo en seco. Se tapó la boca con las dos manos.
—Ahí está —susurró—. El letrero. Es real. Estoy viendo el letrero.
—Sí, es un letrero. Respira.
—No puedo respirar. Me voy a desmayar.
Valentina estaba a punto de sacudirla cuando vio algo más interesante que el letrero.
Una mujer estaba parada junto a un poste de luz, frente a la puerta del estudio. Llevaba ropa deportiva, gorra, mascarilla negro, lentes de sol y guantes. En pleno verano. Miraba hacia las ventanas del estudio con la sutileza de un espía de película mala.
Clara la vio también.
—¡Es una acosadora! ¡Está espiando a Ichiki!
Clara agarró un palo de escoba que estaba recargado contra una pared y salió corriendo antes de que Valentina pudiera detenerla.
—¡Oiga! ¿Qué hace ahí parada? ¡Lárguese o llamo a la policía!
La mujer pegó un grito y se cayó sentada al piso. Clara le pasó el palo por encima de la cabeza sin tocarla. La mujer se quitó la mascarilla por el susto.
Valentina la reconoció.
—¿Mariposa?
Mariposa Durán estaba sentada en la acera con la gorra torcida y la cara de alguien que acababa de ser descubierta haciendo algo que no debería estar haciendo.
—¡Valentina! ¿Qué haces aquí?
—Yo podría preguntarte lo mismo. ¿Por qué estás disfrazada de ladrona afuera de un estudio de manga?
Mariposa se levantó rápido, se sacudió la ropa y recuperó la compostura con una velocidad admirable.
—Pasaba por aquí. Hace calor. Me cubrí del sol.
—Con guantes.
—Tengo la piel sensible.
Valentina la miró con la misma expresión que usaba cuando Sol le mentía sobre quién se había comido su postre.
—Mariposa, la última vez que te vi estabas tratando de sacarle información a Isabel sobre mi familia. Ahora te encuentro espiando un estudio de manga disfrazada de ninja. ¿Qué estás haciendo?
Mariposa abrió la boca para responder, pero Valentina ya se había dado la vuelta.
—Vámonos, Clara. No quiero estar cerca de esta señora.
—¡Valentina, espera! Yo solo quería...
—No me importa lo que quería. Adiós.
Mariposa se quedó parada en la acera viendo cómo Valentina y Clara se alejaban hacia la puerta del estudio.
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Isabel salió del estudio con una bolsa de café en cada mano.
Valentina la vio primero. Se detuvo. Parpadeó. Miró el letrero del estudio. Miró a Isabel. Miró el letrero otra vez.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Valentina.
—Trabajo aquí —dijo Isabel, como si fuera lo más normal del mundo.
—¿Trabajas... en el estudio de Ichiki?
—Soy Ichiki.
Silencio.
Clara dejó caer el palo de escoba. El sonido rebotó por toda la calle.
Valentina no se movió. Su cerebro estaba procesando la información a una velocidad que no era suficiente.
—¿Tú... eres Ichiki? ¿Tú dibujaste Reino Infinito?
—Sí. Es un nombre artístico. Ichi. La primera sílaba de mi nombre en japonés. Largo de explicar.
—Pero Ichiki lleva veinte años publicando.
—Empecé a los dieciséis. ¿Entran? Acabo de traer café.
Clara estaba a punto de desmayarse. Valentina la agarró del brazo y la arrastró adentro antes de que se cayera en la acera.
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El estudio era más grande de lo que parecía por fuera. Había estantes con figuras de colección, pósters enmarcados, premios en vitrinas, y una pared entera cubierta de bocetos originales de Reino Infinito.
Clara caminaba por el lugar como si estuviera en un museo. Tocaba las vitrinas con la punta de los dedos. Murmuraba cosas incoherentes.
Valentina no miraba las vitrinas. Miraba a Isabel.
La miraba hablar con sus asistentes. Dos hombres jóvenes que la trataban con una mezcla de respeto profesional y admiración genuina. La miraba revisar bocetos con la naturalidad de alguien que lleva décadas haciendo esto. La miraba moverse por el estudio como si fuera su verdadero territorio — no la Casona, no el comedor familiar, no la cocina donde preparaba desayunos que nadie le había pedido.
Aquí, Isabel era otra persona. O tal vez era la persona real.
Isabel subió al segundo piso a trabajar. Clara fue al baño a mojarse la cara. Valentina se quedó sola entre las vitrinas.
Uno de los asistentes pasó a su lado.
—¿Tu jefa es Ichiki de verdad? —preguntó Valentina.
—Claro. Cuando llegué no me lo creía, pero la vi corregir mis bocetos en diez minutos y no me quedó duda.
—¿Y es buena jefa?
—La mejor que he tenido. Sabe exactamente lo que quiere y te lo explica sin hacerte sentir tonto.
El asistente se fue. Valentina se quedó mirando un premio en la vitrina. Un reconocimiento internacional con el nombre "Ichiki" grabado en una placa dorada.
Tiene dinero propio. Tiene fama propia. Tiene una carrera que la mitad de los artistas del mundo envidiarían. No necesita a papá. No necesita la Casona. No necesita el apellido Salazar.
Entonces su amor por papá es real.
La idea le pegó como un balde de agua fría.
No se casó con él por dinero. No se quedó por conveniencia. Desapareció quince años y volvió y sigue con él. Sigue cocinando para sus hijos. Sigue aguantando sus celos ridículos. Sigue sentándose a la mesa con tres adolescentes que no la llaman mamá.
¿Por qué haría todo eso si no lo amara de verdad?
Valentina se sentó en una silla junto a la vitrina. Se quedó pensando un momento largo.
Después sacó su teléfono.
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Valentina no era tonta. Era, de hecho, bastante astuta cuando quería serlo.
Sacó el teléfono y empezó a tomarse selfies. Selfies casuales, como si estuviera pasando el rato. Pero en cada foto, ajustaba el ángulo para que apareciera Isabel al fondo, rodeada de sus asistentes.
Los asistentes eran jóvenes. Atractivos. Sonrientes. Y en las fotos, gracias al ángulo que Valentina había elegido con precisión quirúrgica, parecían estar muy, muy cerca de Isabel.
Valentina publicó tres fotos en sus redes con la configuración de privacidad más restrictiva: visible solo para su padre.
"Qué bonito estudio. Qué gente tan amable."
Y debajo, un emoji de corazón.
Cinco minutos después, su padre le mandó un mensaje.
"¿Dónde estás? ¿Necesitas dinero?"
Valentina sonrió. Su padre nunca le preguntaba si necesitaba dinero. Le había suspendido la asignación mensual hacía semanas. El hecho de que lo ofreciera ahora significaba una sola cosa: había visto las fotos. Y estaba entrando en pánico.
"En el estudio de Ichiki. No necesito dinero, gracias."
"¿Cuántos empleados tiene ese estudio?"
"No sé. Hoy vi tres. Todos muy guapos. Son súper atentos con Isabel."
Silencio del otro lado. Valentina esperó. Ninguna respuesta.
Guardó el teléfono con la sonrisa de alguien que acababa de lanzar una granada y se sentó a ver la explosión.
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En Bahía del Carmen, Emiliano Salazar estaba en una sala de juntas con doce ejecutivos, dos pantallas de proyección y un contrato de cinco millones de dólares sobre la mesa.
Liliana Guzmán, sentada tres sillas a su izquierda, estaba presentando los resultados del semestre cuando Emiliano sacó su teléfono por debajo de la mesa.
Vio las fotos de Valentina.
Su expresión no cambió. Pero su mano izquierda, la que no sostenía el teléfono, se cerró en un puño sobre la mesa.
Tres empleados. Jóvenes. Guapos. Atentos con Isabel.
Leyó el mensaje de Valentina dos veces. Tres veces.
Súper atentos con Isabel.
Emiliano golpeó la mesa con la palma abierta. El sonido cortó la presentación de Liliana como un disparo. Los doce ejecutivos se quedaron inmóviles.
—Me voy —dijo Emiliano.
Nadie habló.
—El vicepresidente Zhang llegará mañana para cubrir el resto de las reuniones. Liliana, coordina con él.
Se levantó. Guardó el teléfono. Caminó hacia la puerta.
Liliana lo siguió al pasillo.
—Señor Salazar, ¿hay algún problema en la sede central?
—No.
—Si necesita que yo...
—Liliana —Emiliano se detuvo—. Coordina con Zhang. Es todo.
Se fue.
Liliana se quedó parada en el pasillo, viendo cómo Emiliano desaparecía hacia el elevador con la energía de un hombre que acababa de declarar la guerra.
Sacó su teléfono. Abrió un formulario del departamento de recursos humanos.
Solicitud de traslado. Sucursal de origen: Bahía del Carmen. Sucursal destino: Sede central, Ciudad Brisa. Motivo: desarrollo profesional.
Enviar.
Liliana guardó el teléfono. Sonrió.
Si la esposa del jefe tenía a hombres guapos rodeándola, y el jefe había salido volando de una reunión de cinco millones de dólares por unas fotos, entonces Ciudad Brisa era donde estaba la acción. Y Liliana Guzmán no pensaba quedarse en Bahía del Carmen mientras la historia se escribía sin ella.
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En el estudio, Isabel bajó del segundo piso y encontró a Clara abrazando una figura de colección limitada como si fuera un bebé.
—¿Te la quieres llevar? Tengo más en la bodega.
Clara asintió sin poder hablar.
Isabel miró a Valentina, que estaba sentada en silencio con una expresión rara. No era hostilidad. No era indiferencia. Era algo nuevo.
—¿Estás bien? —le preguntó Isabel.
—Sí —dijo Valentina. Se levantó—. ¿Nos puedes llevar a casa?
Isabel las llevó. Primero dejó a Clara, que bajó del carro abrazando la figura de colección y murmurando "es real, es real, es real."
En el carro, camino a la Casona, Valentina miró por la ventana un rato largo. Después habló sin voltear.
—Lo que sientes por papá es real.
No era pregunta.
—Sí —dijo Isabel.
—Tienes todo. Dinero, fama, talento. No necesitas nada de nosotros.
—No. No necesito nada.
—¿Entonces por qué te quedas?
—Porque los quiero. A él y a ustedes. Eso no tiene nada que ver con necesitar.
Valentina siguió mirando por la ventana. No dijo nada más.
Cuando llegaron a la Casona, Valentina bajó del carro, caminó tres pasos y se detuvo.
—Oye.
—Dime.
—Tu manga es bueno. Me gusta la protagonista. Es fuerte sin ser odiosa.
Se fue adentro sin esperar respuesta.
Isabel se quedó en el carro un momento. Sonrió.
Era la primera vez que Valentina le hacía un cumplido.