Sabrina Elvara lo tuvo todo: una mansión, un apellido de prestigio y un esposo que cualquier mujer envidiaría. Lo único que nunca tuvo fue el amor de León Ardián.
Casados por obligación tras una noche que ninguno de los dos recuerda con claridad, su matrimonio no fue más que una jaula dorada. León la ignoraba. Sabrina lo perseguía. Y cuando descubrió que estaba embarazada, él se alejó aún más.
Hasta que un día Sabrina dejó de esperar.
Sin avisar, sin pedir permiso, huyó a Europa con su hija en el vientre. Dio a luz sola en Holanda durante una tormenta de nieve, reconstruyó su vida en Roma con un pequeño negocio de flores y crió a Liora —una niña de ojos enormes y risa contagiosa— sin la sombra de los Ardián.
Tres años después, León la encuentra por accidente. Pero la mujer que lo recibe ya no es la Sabrina que conoció: no suplica, no sonríe por compromiso, no necesita que él la salve. Y Liora, la hija que no sabía que existía, lo desarma con una sola frase:
—¿Tú eres el señor del parque?
Porque el amor no se demuestra con grandes gestos.
Se demuestra quedándose.
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Capítulo 17 — El rastro encontrado
El ambiente del pasillo del hotel de lujo se volvió opresivo de repente.
León permanecía inmóvil con la mandíbula apretada, mientras Armando Elvara lo contemplaba con una expresión difícil de descifrar.
—¿Qué significaba esa conversación? —repitió León con frialdad.
Armando guardó silencio unos instantes antes de soltar un suspiro pesado.
—Sabrina está en Roma.
Esas palabras golpearon el pecho de León como un puño cerrado.
Tres años.
Tres años de búsqueda infructuosa.
Y resulta que Sabrina había estado en la misma ciudad todo ese tiempo.
—¿Dónde? —preguntó León de inmediato.
Pero Armando lo atravesó con la mirada.
—Si yo lo hubiera sabido desde el principio, tal vez ya habría ido a ver a mi hija.
León apretó los puños.
—Escuché lo del hospital.
La expresión de Armando se endureció.
—La niña está enferma.
La niña.
Esas palabras le sonaron extrañas a León.
Porque durante los últimos tres años, ni siquiera había visto el rostro de su propia hija.
—Necesito saber en qué hospital están —dijo León con determinación.
Armando dejó escapar una risa breve y amarga.
—¿Y luego qué? ¿Vas a aparecer de la nada después de tres años?
León enmudeció.
Por primera vez, no tenía una respuesta clara.
Porque en realidad ni él mismo sabía qué haría si se encontraba frente a Sabrina otra vez.
¿Pedirle que vuelva?
¿Pedirle perdón?
¿O solo asegurarse de que está bien?
Lo único que León sabía con certeza era una cosa:
Necesitaba verla.
A ella y a su hija.
Mientras tanto, en el hospital…
Alya seguía junto a la cama de Liora, sosteniendo la manita de su hija.
La fiebre iba cediendo poco a poco, pero Alya todavía no lograba calmarse.
Tenía los ojos hinchados por la falta de sueño.
—Mami…
La vocecita de Liora hizo que Alya se acercara al instante.
—¿Sí, cariño?
—Quiero leche…
Una sonrisa de alivio le iluminó el rostro a Alya.
Gracias a Dios.
Al menos Liora ya iba mejorando.
—Claro, espérame un momento.
Kate entró justo entonces con algo de comida y sonrió al ver a Liora despierta.
—¿La princesita ya está mejor?
Liora asintió con un gesto menudo mientras abrazaba su peluche.
—Tía Kate…
—¿Mm?
—¿Y el señor del parque?
Alya se quedó paralizada.
Kate también se tensó, visiblemente incómoda.
—¿Qué señor? —preguntó Alya con cautela.
—El señor guapo del parque…
Liora sonrió con la inocencia intacta.
—Era bueno.
Alya bajó la cabeza rápido, fingiendo abrir la leche tibia para disimular su expresión.
El pecho se le volvió a oprimir.
El mal presentimiento se hacía cada vez más fuerte.
—Lio, no debes hablar con desconocidos así como así —le advirtió con suavidad.
—Pero no era malo…
La niña hizo un puchero adorable.
Kate intervino de inmediato para desviar la conversación.
—Bueno, ya, dejemos al señor del parque. Ahora tómate la leche primero.
Liora obedeció al fin, abrazando su biberón.
Pero cuando la niña se calmó de nuevo, Kate sacó a Alya del cuarto con sigilo.
—Creo que tenemos que mudarnos —susurró Kate.
Alya cerró los ojos, exhausta.
—Lo sé…
—Si León se da cuenta de que esa niña es Liora…
—Lo sé, Kate.
La voz de Alya se fue perdiendo.
Lo entendía demasiado bien.
Liora tenía los ojos de León.
Cuanto más crecía, más se parecía a su padre.
Y eso era lo que siempre le daba miedo a Alya.
—Es solo que… —se mordió el labio— estoy cansada de huir.
Kate se quedó callada.
Los últimos tres años, Alya jamás había vivido en verdadera paz.
Siempre mudándose.
Siempre alerta.
Todo para mantener a Liora consigo.
La noche se hacía más profunda cuando León al fin obtuvo la información del hospital donde se encontraba Sabrina.
Su detective privado había trabajado deprisa tras recibir la pista en Roma.
—La paciente está registrada con un nombre falso, señor —informó su asistente—. Pero con toda probabilidad se trata de la señora Sabrina.
León se puso de pie al instante.
—Prepara el auto.
—¿Desea ir ahora, señor?
—Sí.
No hubo la menor vacilación en su voz.
A lo largo de todo el trayecto hacia el hospital, el corazón de León no dejó de latir desacompasado.
Por primera vez en tres años…
Estaba genuinamente nervioso.
La cabeza le bullía de preguntas.
¿Cómo estará Sabrina ahora?
¿Me odia?
¿Y cómo será nuestra hija?
El auto se detuvo frente al hospital.
León bajó aprisa y entró con pasos largos.
Pero conforme se acercaba al área de internación pediátrica…
Sus pasos fueron perdiendo velocidad.
Una presión extraña le oprimió el pecho.
Miedo.
Una emoción que rara vez se permitía sentir.
Mientras tanto, en la habitación, Alya arropaba a Liora, que empezaba a dormirse otra vez.
—Mami…
—¿Mm?
—¿Mañana nos vamos a casa?
—Sí, cariño.
Liora esbozó una sonrisa tenue y volvió a cerrar los ojos.
Alya le acarició el cabello con dulzura.
Su mirada rebosaba de ternura.
Y justo en ese momento…
La puerta de la habitación se abrió despacio desde afuera.
Alya supuso que era Kate.
Pero al girar la cabeza…
Todo su cuerpo se congeló.
León estaba de pie en el umbral.
Su rostro se veía agotado.
Los ojos ligeramente enrojecidos por la falta de sueño.
Sin embargo, aquella mirada era la misma de antes.
Profunda.
Penetrante.
Y ahora, desbordada de estupor.
León, por su parte, casi dejó de respirar al ver a la mujer que tenía enfrente.
Sabrina.
Realmente era Sabrina.
Se veía más madura. Más serena. Más suave.
Pero lo que le costó apartar la vista fue otra cosa:
La niña dormida en la cama del hospital.
Una niña pequeña cuyo rostro le resultaba demasiado familiar.
Durante varios segundos…
Ninguno de los dos pronunció palabra.
Y el mundo pareció detenerse un instante.