Una brillante Doctora reencarna en el cuerpo de una delicada aristócrata. Para evitar un matrimonio forzado y seguir su pasión, decide estudiar medicina, desatando el escándalo.
Su padre la envía a prueba al Hospital Central bajo las órdenes del doctor más estricto del imperio. Él cree que es una noble caprichosa y la manda al peor pabellón para que renuncie.
Pero ella no le teme a la sangre, domina técnicas del futuro y está lista para demostrar que nadie maneja el bisturí mejor que ella.
NovelToon tiene autorización de Juna C para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 20
Elara llegó a la mansión Crowe cuando el sol apenas comenzaba a asomar sobre el horizonte. No había dormido bien. La imagen de Emilian, su mano rozando su mejilla, la promesa de un "mañana" que aún no había llegado, la mantuvieron despierta hasta que los primeros rayos de luz se colaron por su ventana. Se había dado vueltas en la cama durante horas, repitiendo cada palabra, cada gesto, cada silencio, como si pudiera encontrar alguna respuesta escondida entre ellos. Era su día libre, y aunque debería estar descansando, la inquietud la había despertado antes de lo habitual. Había decidido visitar a su familia, aprovechar el día para desconectar del hospital y de todo lo que había pasado con Emilian.
Cuando bajó al comedor, su madre, la duquesa Clarissa, la recibió con una sonrisa que no lograba ocultar su preocupación. Estaba sentada en la cabecera de la mesa, con una taza de té humeante entre las manos y el periódico abierto frente a ella, pero sus ojos no estaban en las noticias. Estaban en su hija.
—Has adelgazado —dijo, sirviéndole una taza de té con un movimiento que delataba años de costumbre—. ¿Estás comiendo bien en ese hospital?
Elara se sentó junto a su hermano Damien, que ya estaba devorando un plato de huevos con una energía que ella envidiaba profundamente.
—Mamá, como bien.
—No me digas que comes bien cuando te veo con esas ojeras. —Clarissa la observó con atención, inclinando la cabeza como si pudiera leerle los pensamientos—. ¿Estás durmiendo?
Elara iba a responder, pero Damien la interrumpió con una sonrisa divertida que le iluminó todo el rostro.
—Por la cara que tiene, diría que no ha dormido. ¿Será por algún médico en particular?
Elara le lanzó una mirada asesina por debajo de la mesa, pero Damien ya se estaba riendo, tan campante, sin inmutarse.
—No sé de qué hablas —dijo ella, con la mayor dignidad que pudo reunir mientras apartaba su plato con un movimiento brusco.
Clarissa alzó una ceja, pero no insistió. En lugar de eso, cambió el tema con la naturalidad de quien sabe cuándo presionar y cuándo soltar.
—Bueno, ya que estás en casa, me alegra que hayas venido a visitarnos. ¿Piensas quedarte todo el día?
—Sí, mamá. Quería descansar un poco. —Elara sonrió—. Y comer algo que no sea de la cocina del hospital.
Damien soltó una risa.
El resto de la mañana transcurrió en calma. Elara conversó con su madre sobre los planes de la mansión, escuchó a su padre hablar de negocios, y soportó las bromas de Damien sobre su vida en el hospital. Fue un respiro. Un recordatorio de que, fuera del caos de las emergencias y las miradas intensas de Emilian, existía una vida más sencilla.
Pero a medida que el sol comenzaba a descender, la inquietud regresó. No podía quedarse quieta. Necesitaba moverse, hacer algo. Y aunque era su día libre, su mente seguía en el hospital, en los pacientes, en él.
—Mamá, creo que voy a regresar al hospital —dijo, levantándose de la mesa del té.
Clarissa la miró con sorpresa.
—¿Ya? Pero si acabas de llegar.
—Lo sé, pero... hay cosas que quiero revisar. Algunos informes. No podré dormir tranquila si no los termino.
—Eres igual que tu padre —murmuró Clarissa, pero había orgullo en su voz—. Bueno, al menos promete que volverás cuando vuelvas a descansar.
—Te lo prometo.
Elara se despidió de su familia, tomó un carruaje y se dirigió al hospital. El viaje fue corto, pero en su mente repasó cada momento del día anterior. El roce de Emilian en su mejilla. La promesa de un "mañana". La forma en que la había mirado antes de irse.
Cuando el carruaje se detuvo cerca del hospital, Elara decidió bajar unas calles antes para caminar un poco. El aire fresco de la tarde le hizo bien, y el bullicio de la ciudad ayudó a despejar sus pensamientos. Las calles comenzaban a llenarse de comerciantes cerrando sus puestos y familias regresando a sus hogares.
Fue entonces cuando un carruaje se detuvo a su lado.
La ventanilla se abrió y apareció el rostro sonriente de Kael Drayton, con sus ojos verdes brillando bajo la luz del atardecer.
—¡Elara! Qué casualidad.
Ella alzó una ceja, deteniéndose en seco.
—¿Casualidad? —repitió, con un tono que dejaba claro que no se la creía ni un poco.
—Bueno —admitió él, con una sonrisa tímida que le subió hasta las orejas—. Tal vez te estaba buscando. Quería hablar contigo.
—¿De qué?
—De ti. De mí. De la posibilidad de conocernos mejor.
Elara suspiró. Estaba cansada, y no tenía energía para discutir.
—Kael, no necesito que me agradezcas por lo de tu hermano. Ya te lo he dicho varias veces.
—No es por agradecimiento. —Él la miró con una intensidad que la sorprendió—. Es porque quiero conocerte. Porque desde que te vi operar a mi hermano, no he podido dejar de pensar en ti.
Elara se quedó sin palabras por un momento. Era directo. Demasiado directo.
—Kael, yo...
—No tienes que responder ahora —dijo él, levantando una mano—. Pero, ¿qué tal si mejor te invito a cenar? Esta noche. Sé que es improvisado, pero... me encantaría pasar más tiempo contigo.
Elara sintió una incomodidad creciente en el pecho. No era el momento. No era el lugar. Y definitivamente no era él a quien quería tener cerca.
—Kael, no puedo. Tengo que volver al hospital, tengo trabajo...
—En tu día libre. —Él sonrió, pero había algo en su mirada que decía que no se rendiría fácilmente—. No tienes que decidir ahora. Piensa en ello.
El carruaje se detuvo. Elara se bajó rápidamente, casi tropezando con el borde.
—Gracias por el viaje, Kael.
—Elara —dijo él, asomándose por la ventanilla—. La cena sigue en pie. Esta noche. Si cambias de opinión, solo tienes que decírmelo.
Ella asintió sin comprometerse y entró al hospital sin mirar atrás.
Al cruzar la puerta, se encontró con Emilian en el recibidor, con los brazos cruzados y una expresión que no prometía nada bueno. Sus ojos oscuros seguían la dirección del carruaje que se alejaba.
—¿Dónde estabas? —preguntó, con un tono que intentaba sonar neutral pero que no lo lograba.
—Visité a mi familia —respondió Elara, sintiendo que algo en su tono le molestaba profundamente—. Es mi día libre, ¿recuerdas?
—Y sin embargo, estás aquí.
—Es mi día libre, pero no significa que no pueda venir a revisar cosas.
Emilian la miró un momento más, y luego se giró.
—Bien. Ya que estás aquí, tenemos trabajo.
Elara lo siguió hasta una sala donde una niña de unos siete años yacía en una camilla, con fiebre alta y dificultad para respirar. Su rostro estaba pálido, sus labios resecos, y sus pequeños dedos se aferraban a la manta con una fuerza que desgarraba el alma. Su madre, una mujer de rostro cansado y ojos enrojecidos por las lágrimas, las observaba con desesperación desde una silla junto a la cama.
—Lleva tres días así —explicó la mujer, con voz quebrada—. Los médicos dicen que es una neumonía, pero no mejora.
Elara se acercó a la niña. Tocó su frente, sintió el calor abrasador de la fiebre. Tomó su muñeca con suavidad, contando el pulso con la precisión de quien ha hecho esto miles de veces.
—¿Cuándo empezó la fiebre?
—Hace tres días. No ha bajado ni una vez.
—¿Alguna tos?
—Sí. Fuerte. A veces no puede respirar bien.
Emilian se acercó y examinó a la niña con atención. Su expresión era seria, concentrada, los dedos moviéndose con la precisión de un relojero.
—La fiebre es alta —dijo, enderezándose—. Pero no parece una neumonía común.
—¿Qué crees que es? —preguntó Elara.
Emilian guardó silencio un momento.
—Podría ser una infección viral. O algo más. Necesito hacer más pruebas.
—Déjame ayudar.
Emilian asintió, y algo en su mirada se suavizó.
—Trabajemos juntos.
Pasaron las siguientes horas examinando a la niña, tomando muestras, probando diferentes enfoques. Elara sugirió cosas que Emilian no había considerado, y él aportó su experiencia para refinar los diagnósticos. Fue un baile silencioso, una coreografía de mentes que se entendían sin necesidad de palabras.
Después de estabilizar a la niña con medicamentos para bajar la fiebre y mejorar su respiración, Elara salió de la sala. Necesitaba aire.
Y entonces, en el pasillo, Kael la esperaba. Con un ramo de flores.
—¿Qué haces aquí? —preguntó ella, sorprendida al verlo aún en el hospital.
—Quería disculparme —dijo él, ofreciéndole las flores con ambas manos—. Por haberte incomodado. Solo quería agradecerte.
Elara tomó las flores sin saber muy bien qué hacer. Eran hermosas, sí. Pero también eran un recordatorio de que Kael no se rendiría.
—Kael, no es necesario...
—Lo sé. Pero quería hacerlo.
Emilian salió en ese momento y se detuvo en seco al verlos. Sus ojos se posaron en las flores, luego en la cara de Elara, luego en la sonrisa de Kael. La tensión en su mandíbula regresó, más fuerte que antes.
—¿Interrumpo algo? —preguntó, con una voz que cortaba el aire como un bisturí.
—No —respondió Elara rápidamente—. Kael solo... se estaba yendo.
Kael sonrió, pero había algo en su mirada que decía que no se rendiría tan fácilmente.
—Nos vemos, Elara. —Hizo una pausa—. Recuerda mi invitación. La cena sigue en pie.
Se fue, dejando a Elara con las flores en las manos y a Emilian mirándola con una expresión que no lograba descifrar.
—¿Cena? —preguntó Emilian, con un tono que intentaba sonar neutral pero que no lo lograba.
—Es una invitación. Ya la rechacé.
—¿Pero te interesa?
Elara lo miró, sintiendo que el aire se volvía más pesado.
—Emilian, no es tu problema.
Él dio un paso hacia ella, acortando la distancia.
—¿No es mi problema? ¿Y si lo es?
El silencio se hizo pesado, cargado de todo lo que ninguno de los dos decía.
Emilian la miró un momento más, y luego se giró.
—Tengo que atender a la niña. Ven cuando quieras.
Y se fue. Sin esperar respuesta. Sin mirar atrás.
Elara se quedó sola en el pasillo, con las flores en la mano y el corazón latiendo con fuerza. Se pasó una mano por el cabello, soltando un suspiro frustrado. Emilian Hawthorne, el hombre que hacía unas horas estaba a punto de besarla, ahora la trataba como si fuera una empleada más.
—¿Y esa actitud? —dijo en voz baja, mirando las flores—. Primero casi me besas y luego me das la espalda.
Negó con la cabeza, pero una sonrisa involuntaria se dibujó en sus labios.
Vaya, doctor Hawthorne. Parece que no soy la única que no sabe manejar sus emociones.
...⁜...
...⁜...
...⁜...
...⁜...
que alguien me explique 🤔🤔🤔