En la víspera de su boda, Anastasia solo esperaba una noche de risas con sus amigas en su despedida de soltera. Sin embargo, una decisión impulsiva la lleva a cruzar la línea de lo prohibido. Embriagada por la emoción y el deseo de sentirse libre por última vez, despierta al día siguiente en la habitación de un hombre que no debería siquiera rozar en sus sueños.
Él no es un desconocido cualquiera: Damián Volkov, un magnate temido por su crueldad, un hombre sin piedad que mueve los hilos de negocios oscuros y que jamás perdona una traición. Un depredador que la ve como una presa que entró por voluntad propia a su guarida.
Lo que comenzó como un error se convierte en una obsesión peligrosa. Entre amenazas, secretos y una atracción que no debería existir, Anastasia descubrirá que una sola noche puede cambiarlo todo: su futuro, su matrimonio… y hasta su vida.
Porque en el mundo de Damián, nadie escapa sin pagar un precio.
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El final del cuento de hadas.
No sé cuántas horas han pasado.
El silencio del cuarto me aplasta.
No distingo si afuera sigue siendo de día o si la tarde ya cayó hace rato.
Las cortinas continúan cerradas, el aire es pesado, casi irrespirable.
Todo se siente detenido.
Yo también.
Me duele el pecho.
No de una forma concreta, sino como un cansancio profundo, como si el dolor se hubiera instalado ahí y ya no pensara irse.
No tengo fuerzas ni siquiera para llorar.
Las lágrimas se me quedaron atrapadas en algún lugar.
—Ania, abre.
La voz de Darío llega del otro lado de la puerta.
La reconozco de inmediato.
Firme, pero cuidadosa.
Ese tono que usa cuando no quiere que lo rechace, cuando teme que lo haga.
—Quiero estar sola —respondo sin moverme, con la cara hundida en la almohada.
—Solo un momento. Quiero contarte algo… es algo bueno. Y quería festejarlo contigo.
Aprieto los labios.
La culpa me pincha por dentro, como si no tuviera derecho a encerrarme así.
Me levanto despacio.
Arrastro los pies hasta la puerta y la abro apenas.
La luz del día me golpea directo en los ojos y tengo que parpadear varias veces.
Me arde.
Darío entra sin pedir permiso.
Observa el cuarto, las sombras, el desorden, y niega con la cabeza.
—Esto parece una cueva.
Antes de que pueda decir algo, corre las cortinas.
La claridad invade todo y me obliga a cerrar los ojos.
Me dejo caer otra vez sobre la cama, exhausta.
—¿Qué quieres, Darío? —pregunto, con la voz cansada.
Se sienta a mi lado y sonríe.
Esa sonrisa que siempre trae problemas.
—Compré una cafetería.
Abro un ojo y lo miro de reojo.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
—Quiero que seas mi socia.
—No tengo dinero —respondo de inmediato, sin pensarlo.
—cuando tuviste. ¿Recuerdas cuando me prestaste?
—Eso no es cierto.
—Bueno… no del todo —se encoge de hombros, divertido—. Pero quiero que trabajes conmigo. Yo solo no puedo. Y, siendo honestos, no tengo para pagar empleados.
—Hubieras empezado por ahí —murmuro.
A pesar de mí, una pequeña sonrisa se me escapa.
La odio.
No debería estar sonriendo.
—En una hora abrimos —dice, levantándose.
—¿Es una broma?
—No. Y vamos, porque no quiero fracasar desde el primer día.
Sale del cuarto como si la decisión ya estuviera tomada.
Resoplo.
Me quedo un momento mirando el techo antes de levantarme.
Camino al baño y me observo en el espejo.
Mis ojos están hinchados, el cabello hecho un desastre.
Parezco un fantasma.
Me lavo la cara con agua fría.
El reflejo no mejora, pero al menos me despierta un poco.
Me visto con un vestido sencillo, uno de los pocos que quedaban en la maleta que Darío me trajo el día del funeral.
Todo lo demás se quedó atrás.
Como papá.
Cuando salgo, Darío me espera en la sala junto a la empleada de la casa.
Lleva una camisa blanca, las mangas dobladas, el cabello todavía húmedo.
Está nervioso.
Se le nota.
Pero también ilusionado.
Salimos y subimos a su auto.
El trayecto es silencioso.
Yo miro por la ventana cómo la ciudad despierta: los puestos de comida abren, los autos se detienen en los semáforos, la vida sigue como si nada hubiera pasado.
Darío mantiene la vista fija al frente.
Sus manos tiemblan un poco sobre el volante.
Cuando llegamos, me quedo inmóvil.
El local no es grande, pero está recién pintado.
Sencillo, acogedor.
El letrero nuevo me deja sin aliento.
Cafetería La Dulce Ania.
Trago saliva.
Las letras doradas brillan sobre el fondo color crema.
Hay gente trabajando adentro.
—En mi defensa —dice Darío bajando del auto—, no sabía si aceptarías.
Camina hacia mí, me toma de la mano.
—Vamos.
Entramos.
El aroma a café recién hecho y pan caliente llena el lugar.
Hay empleados uniformados que nos observan con curiosidad.
—Ella es mi socia —dice Darío con orgullo—. Y es como mi hermana.
Las sonrisas amables me desarman un poco.
Me siento fuera de lugar, pero también… acompañada.
Darío me guía hasta la barra, donde una cafetera enorme brilla como un trofeo.
—Voy a ver un trabajo. Cuando salga, regreso por ti —dice, dejando un beso rápido en mi mejilla.
—Me mentiste. Dijiste que no había empleados.
—Repito: no sabía si vendrías.
Lo observo salir y, por un segundo, siento un vacío extraño.
No es soledad.
Es miedo.
Miedo a quedarme sola otra vez.
Respiro hondo y me obligo a moverme.
Empiezo a ayudar detrás del mostrador.
Sirvo cafés, preparo vasos, aprendo a usar la máquina.
Me equivoco.
Me corrijen.
No pasa nada.
El ruido, el aroma, la gente… todo eso me calma.
Hasta que la puerta se abre.
Y el aire se congela.
Yajaira.
Su perfume llega antes que su voz.
Me mira desde la entrada, perfecta, altiva, como si nada la tocara.
—De millonaria hija de papi a empleada de cafetería barata —dice, sonriendo.
Intento ignorarla, concentrarme en lo que tengo en las manos, pero camina hacia mí.
Me muestra un anillo dorado que brilla bajo la luz.
—¿No me felicitarás? Hoy me casé con René.
Las palabras me atraviesan. Me quedo sin aire.
—Señora, no puede estar aquí —interviene una de las empleadas.
—Lo sé, ya me voy —responde Yajaira—. Este lugar no está a mi nivel.
Se va.
Sus tacones resuenan contra el piso.
Su perfume queda suspendido.
Me quedo mirando la puerta.
No parecía triste.
Ni afectada.
Nada.
Como si la muerte de papá no hubiera existido.
Limpio mis lágrimas con el dorso de la mano.
No estoy lista para enfrentar todo, pero tampoco quiero seguir huyendo.
Sigo trabajando.
Me concentro en el vapor, en los vasos, en las risas ajenas.
Poco a poco, una paz frágil se abre paso.
Hasta que las puertas se abren de golpe.
El sonido me obliga a girar.
Su figura se recorta contra la luz.
Alto.
Imponente.
El traje desabotonado, el rostro tenso, los ojos buscándome.
Cuando me encuentra, avanza hacia mí.
Mi corazón se acelera.
Todo desaparece.
El ruido, la gente, el café.
—Ania… —susurra.
El tiempo se detiene.
No sé si quiero escucharlo o gritarle que se vaya.
Algo dentro de mí se rompe otra vez.
Es René.