No sé en qué momento exacto mi vida dejó de ser “normal”. A veces pienso que fue un día cualquiera, uno de esos en los que el sol entra por la ventana como si nada pudiera romperse. Pero se rompió. Y no hizo ruido.
Me llamo Dara. Y antes de que todo cambiara, yo era solo una adolescente más con sueños demasiado grandes para mi realidad. Pero mi vida dio un giro de la noche a la mañana. Un giro que me hizo reinventarme, crecer de repente ... pero déjenme contarles algo: No hay dificultades grandes porque los sueños sí se cumplen
NovelToon tiene autorización de Lisi A. A para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 6 Donde las cosas empiezan a sentirse demasiado reales
Hay momentos en la vida en los que uno desearía poder detener el tiempo.
No para cambiar lo que está ocurriendo.
Sino para entenderlo.
Para respirar dentro de él.
Para analizar cada detalle sin miedo a que desaparezca.
Yo estaba viviendo uno de esos momentos sin saberlo.
Y lo peor era que no podía detener nada.
Ni mis pensamientos.
Ni mis emociones.
Ni lo que empezaba a sentir cuando Fabio estaba cerca.
La mañana siguiente a aquella conversación en la cafetería desperté antes de que sonara el despertador.
Mateo dormía a mi lado, abrazado a su manta.
Su respiración era tranquila.
Pequeña.
Perfecta.
Lo observé durante unos minutos en silencio.
Y por primera vez no pensé en lo difícil que era todo.
Pensé en lo que había construido.
En lo que estaba sosteniendo.
En lo lejos que había llegado.
Aunque nadie lo hubiera aplaudido.
Aunque muchas veces me sintiera invisible.
Me levanté con cuidado, preparé su biberón y lo cargué contra mi pecho.
Mientras lo alimentaba, mi mente volvió inevitablemente a la noche anterior.
A las palabras de Fabio.
“Eres más fuerte de lo que crees.”
No sabía por qué, pero seguían resonando dentro de mí.
Como una canción que no puedes dejar de escuchar.
En la cafetería, Fabio ya estaba trabajando cuando llegamos.
Como siempre.
Ordenado.
Concentrado.
Presente.
Al verme, levantó la vista.
Y ese pequeño gesto fue suficiente para que mi estómago se tensara sin razón lógica.
—Buenos días —dijo.
—Buenos días.
Mateo, como si lo hubiera esperado, extendió los brazos hacia él.
Fabio lo cargó sin dudar.
Ese acto ya se había vuelto tan natural que casi parecía parte del funcionamiento del mundo.
Como si siempre hubiera sido así.
Como si siempre debiera ser así.
—Dormiste poco —dijo Fabio mientras acomodaba a Mateo en su brazo.
No era una pregunta.
Era una observación.
—Lo normal.
Él me miró de reojo.
—Eso no debería ser normal.
No respondí.
Porque tenía razón.
Pero no sabía qué hacer con esa verdad.
La mañana avanzó con una calma engañosa.
Clientes entrando y saliendo.
El aroma del café envolviendo cada rincón.
El sonido de las tazas chocando suavemente.
Y Mateo jugando en el suelo con cucharas de plástico mientras Fabio lo vigilaba entre pedido y pedido.
Yo intentaba concentrarme en mis tareas.
Pero algo había cambiado.
Algo pequeño.
Invisible.
Peligroso.
Cada vez que Fabio pasaba cerca de mí, mi cuerpo reaccionaba antes que mi mente.
Un leve aumento en el pulso.
Una tensión inexplicable en el pecho.
Una conciencia absoluta de su presencia.
Era absurdo.
Inaceptable.
Y completamente fuera de mi control.
A media mañana llegó un grupo de estudiantes.
Ruidosos.
Animados.
Llenos de esa energía que yo había tenido alguna vez y que ahora me parecía lejana.
Se sentaron cerca del mostrador.
Y comenzaron a hablar sin filtro.
—Ese es el dueño, ¿no?
—Sí, el que está siempre aquí.
—Es guapo.
—Demasiado serio para mí.
Reímos entre ellos.
Pero una de las chicas añadió algo que me hizo congelarme.
—Dicen que tiene una empleada joven con un bebé.
Silencio.
—¿En serio?
—Sí. La chica que trabaja aquí por las tardes.
Sentí cómo el aire se volvía más pesado.
Seguí limpiando la mesa sin levantar la vista.
Pero escuchaba cada palabra.
—Debe ser complicado.
—O raro.
—O triste.
Tragué saliva.
Las palabras no eran insultos directos.
Pero dolían igual.
Porque venían envueltas en juicio.
Y el juicio siempre encuentra la forma de atravesarte.
Fabio apareció detrás del mostrador en ese momento.
Había escuchado.
Lo supe por la forma en que su cuerpo se tensó ligeramente.
Pero no dijo nada.
Al menos no de inmediato.
Se acercó a la mesa con calma.
Demasiada calma.
—¿Les puedo ayudar en algo más? —preguntó.
Su voz era neutra.
Educada.
Pero había algo debajo.
Algo firme.
Los estudiantes lo miraron.
—No, gracias.
—Perfecto.
Sonrió apenas.
Una sonrisa que no era realmente una sonrisa.
—Entonces les agradecería que hablaran de mis empleados con respeto.
Silencio.
Uno incómodo.
Pesado.
Los estudiantes asintieron y bajaron la voz.
Y el ambiente volvió a su estado normal.
Pero dentro de mí algo se había movido.
Otra vez.
Cuando el turno terminó, Mateo dormía profundamente en su cochecito.
Yo estaba guardando las últimas tazas cuando Fabio se acercó.
—¿Te afectó?
Lo miré.
Sabía a qué se refería.
—No debería.
—Eso no es una respuesta.
Suspiré.
—Estoy acostumbrada.
Fabio frunció el ceño ligeramente.
—No deberías estar acostumbrada a eso.
—Pero lo estoy.
Hubo un silencio.
De esos que pesan más que las palabras.
Él apoyó las manos en el mostrador.
—Dara…
Cuando dijo mi nombre, algo en mí se desarmó un poco.
—No tienes que cargar con todo sola.
Me quedé quieta.
—Ya lo hago.
—Lo sé.
Su mirada era intensa.
Demasiado intensa.
—Pero no significa que sea lo correcto.
Aparté la vista.
Porque mirarlo demasiado tiempo se estaba volviendo un problema.
Un problema que no sabía cómo resolver.
Esa tarde, después de cerrar, Fabio me pidió que me quedara unos minutos más.
—Necesito hablar contigo.
Mi corazón dio un pequeño salto.
—¿Pasó algo?
—No.
—Entonces…
—Solo quiero hablar.
Asentí lentamente.
Me senté en una de las mesas mientras él limpiaba el mostrador.
Mateo dormía en su cochecito, ajeno a todo.
El silencio entre nosotros era distinto al de otras veces.
No era incómodo.
Pero tampoco era simple.
Era… consciente.
—He estado pensando —dijo Fabio finalmente.
—Eso suena peligroso.
Él soltó una pequeña risa.
—Puede ser.
Esperé.
—Quiero hacer algunos cambios en el horario.
Me tensé.
—¿Es por mí?
—No.
—Entonces…
—Es por ti y por el bebé.
Lo miré confundida.
—No entiendo.
Fabio se apoyó en el respaldo de una silla.
—No puedes seguir agotándote así todos los días.
—Estoy bien.
—No lo estás.
Su tono no era duro.
Pero sí firme.
—Te vi casi desmayarte ayer.
Bajé la mirada.
Recordarlo me incomodaba.
—Fue solo cansancio.
—Eso es exactamente lo que me preocupa.
Hubo un silencio.
Luego añadió:
—Voy a darte menos horas.
Levanté la vista de inmediato.
—No.
—Dara—
—No puedo permitirlo.
—No te estoy preguntando.
Lo miré sorprendida.
—¿Cómo?
Fabio suspiró.
—Te estoy protegiendo.
Aquella palabra me golpeó más de lo que esperaba.
Protegiendo.
Yo no estaba acostumbrada a eso.
—No necesito que me protejan.
—Todo el mundo necesita eso en algún momento.
Negué con la cabeza.
—No quiero favores.
Fabio me observó durante unos segundos.
Y su voz bajó ligeramente.
—No es un favor.
El silencio volvió a instalarse entre nosotros.
Más profundo.
Más incómodo.
Más honesto.
—Es que… —dije finalmente— no quiero depender de nadie.
Fabio se acercó un poco.
Solo un poco.
Pero suficiente para que mi respiración cambiara.
—No es dependencia —dijo—. Es cuidado.
Mi corazón latía demasiado rápido.
—No sé cómo aceptar eso.
—Entonces aprende.
Lo miré.
Y me di cuenta de algo terrible.
No estaba hablando solo del trabajo.
Esa noche, cuando regresé a casa, me senté junto a la ventana con Mateo dormido en mis brazos.
La lluvia golpeaba suavemente el cristal.
Y el mundo parecía más silencioso de lo normal.
Pensé en Fabio.
En su forma de mirarme.
En su preocupación.
En su insistencia.
En cómo, sin pedir permiso, había empezado a ocupar espacios dentro de mí que yo no sabía que estaban vacíos.
Y eso me asustaba.
Porque el hogar que empezaba a sentir en la cafetería no era solo un lugar.
Era él.
Y si un día lo perdía…
No sabía qué quedaría de mí después.
Acaricié el cabello de Mateo suavemente.
—No podemos permitirnos rompernos otra vez —susurré.
Pero en el fondo sabía que ya era demasiado tarde.
Algo dentro de mí ya había empezado a cambiar.
Y no había vuelta atrás.
Más valiente 👏👏👏👏👏