—¡Esto no es un cliché de reencarnación!
exclamó la protagonista reencarnada con todo los elementos que le hace un cliché.
Sin embargo, todo cambia cuando lo conoce a él. Su misterioso y falso “esposo"
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Capítulo 7: Entre la protección y el misterio
El carruaje avanzó velozmente durante casi una hora a través de los caminos iluminados por la luna, alejándose progresivamente del bullicio de la capital hasta que el rugido de la ciudad fue reemplazado por el susurro constante del viento entre los pinos.
Cuando el vehículo finalmente redujo la marcha y atravesó unos imponentes portones de hierro forjado, Claudia se asomó por la ventanilla. Ante ella se erigía una finca de dimensiones deslumbrantes. Las paredes de piedra blanca resplandecían bajo la luz nocturna, rodeadas por jardines perfectamente esculpidos que superaban en lujo a la mayoría de las residencias de los duques locales. Sin embargo, no había un solo escudo de armas ni blasón nobiliario en los portones, ni en la fachada, ni en los uniformes de los guardias alineados a lo largo del sendero.
El carruaje se detuvo frente a la entrada principal. Cuando el joven desmontó y le ofreció la mano a Claudia para ayudarla a bajar.
Claudia observó la escena con los ojos muy abiertos.
—Bienvenida a mi residencia temporal. Espero que la encuentres de tu agrado. Aquí nadie vendrá a molestarte con preguntas ni órdenes de arresto.
El interior de la mansión era una exhibición de opulencia sobria. Las alfombras amortiguaban cada paso, los candelabros de cristal iluminaban techos altos decorados con frescos deslumbrantes y el aire olía a maderas finas y especias exóticas de alto valor.
El joven la acompañó por el pasillo principal hacia el gran salón de la residencia. En lugar de dirigirse de inmediato a sus habitaciones, Claudia se detuvo junto a una imponible chimenea de mármol, envolviéndose más apretadamente en su capa. Se giró hacia él, observándolo mientras él se acomodaba con absoluta elegancia en uno de los sillones de terciopelo.
—No lo entiendo —murmuró Claudia, bajando la mirada un instante hacia sus propias manos antes de fijar los ojos en los de él—. Sé que eres peligroso. Vi lo que tus hombres y tú le hicieron a los magos en ese callejón en un abrir y cerrar de ojos. Emanas algo oscuro, algo que debería hacer que saliera corriendo aterrorizada... Y sin embargo, por alguna razón absurda, confío en ti. No me siento amenazada a tu lado.
El joven enarcó una ceja y una sonrisa tenue, pausada y enigmática se dibujó en sus labios.
—Tal vez tu instinto sabe que, sea cual sea la oscuridad que lleve conmigo, jamás la usaría en tu contra, pequeña chismosa —respondió suavemente, apoyando los codos sobre sus rodillas y mirándola con intensidad—. Confías porque sabes que aquí estás a salvo.
Claudia suspiró, negando levemente con la cabeza.
—Aun así, esto es una locura. Agradezco el refugio por esta noche, pero no puedo quedarme aquí contigo. Tengo que volver a mi casa en la capital mañana temprano.
—Volver a tu casa es una pésima idea —intervino él con tono firme y calculador—. En este momento, la Guardia Real y los sabuesos de la Torre Mágica tienen tu residencia bajo un cerco absoluto. Si pones un pie allí, no te interrogarán amablemente. Te encerrarán en un calabozo hasta que confieses dónde está el hombre con el que huiste. Ya no puedes regresar a tu antigua vida en la capital, Claudia.
—No es tan simple como huir y ya. Tengo que mantener esa casa. Tengo deudas que saldar con los comerciantes del distrito, impuestos que pagar al imperio antes de fin de mes, sino se lo cobrarán con los pocos empleados que tengo. No quiero que paguen por mi culpa y lo más importante... Marth está allá. Mi ama de llaves no tiene a nadie más en el mundo. Depende de mí y me necesita. No puedo abandonarla a su suerte mientras los caballeros la acosan.
El joven la escuchó en silencio, manteniendo una calma imperturbable. Cuando ella terminó de hablar, él simplemente chasqueó los dedos con suavidad hacia las sombras del pasillo. Su subordinado principal apareció al instante, haciendo una reverencia.
—Envíen un equipo discreto a la residencia D'Aro en la capital —ordenó el joven con voz fría y ejecutiva—. Liquiden inmediatamente todas las deudas, hipotecas e impuestos pendientes de la Casa D'Aro. Entreguen una bolsa de oro suficiente a la señora Marth para cubrir diez años de vida cómoda, y tráiganla a esta finca antes del amanecer bajo máxima protección. Si los caballeros del imperio intentan interferir, neutralícenlos. Nada de matar.
—Entendido, señor —respondió el subordinado antes de desaparecer sin hacer el menor ruido.
Claudia se quedó petrificada, mirando al muchacho con la boca entreabierta. En menos de diez segundos, con un par de órdenes dichas sin el menor esfuerzo, había resuelto todos los problemas que a ella le habrían llevado tiempo de angustia.
—Problemas resueltos —dijo él, volviendo a mirarla con esa sonrisa relajada—. Tu casa está pagada, tus deudas canceladas y tu ama de llaves estará desayunando contigo por la mañana. Ya no tienes ninguna razón para volver a ponerse en peligro en la capital.
—Tú... ¿quién eres exactamente para mover recursos de esa manera con un simple chasquido? —preguntó ella, apretando las manos—. Por lo menos... dime tu nombre real. No puedo seguir llamándote "esposo improvisado" o "desconocido".
El joven guardó silencio por un breve segundo. Sus ojos oscuros brillaron bajo la luz dorada de la chimenea antes de responder con un tono suave y sugerente:
—Por ahora, sólo puedes llamarme Leonardo.
—¿Leonardo? —repitió ella, evaluando el nombre en su mente—. ¿Solo Leonardo? ¿Sin apellido ni título?
—Solo Leonardo. No tengo título importante—asintió él, poniéndose de pie y acortando la distancia entre ambos para quedar a pocos centímetros de ella—. El resto de los detalles importan poco por esta noche. Lo único que debe importarte es que estás bajo mi protección. Claro, aunque fue tu culpa yo también la tengo por seguirte el juego. Estaremos a manos si me ayudas con tu seguridad.
Claudia parpadeó, sintiendo que el corazón le daba un vuelco violento. El misterio que lo rodeaba seguía siendo abrumador, pero la seguridad que le transmitía era innegable.
—Está bien... Leonardo —articuló ella en un susurro.
Él sonrió con satisfacción y la acompañó hasta la entrada del pasillo principal, señalándole las puertas dobles de la suite monumental reservada para ella.
—Descansa, Claudia —dijo él suavemente—. Los sirvientes cuidarán de ti. Mi despacho está al final del pasillo por si necesitas algo.
Mientras Claudia intentaba procesar todo lo ocurrido y conciliar el sueño en medio de un lujo desmedido que no sentía propio, en la capital la situación había llegado a su punto más crítico.
En el Palacio Imperial, la gran sala de mapas estaba sumida en un ambiente tenso y hostil. Los informes de la agresión a los magos de la Torre Mágica en el callejón del mercado y la misteriosa liquidación de deudas de la Casa D'Aro habían llegado a oídos de la cúpula de poder antes de la medianoche.
El Maestro de la Torre Mágica, Ezekiel, examinaba con furia los restos del cristal de comunicación destrozado.
—No fue magia corriente —declaró Ezekiel, con los ojos echando chispas de mana azul—. La energía residual que aplastó a mi oficial no pertenece a ningún círculo mágico de este imperio. Quienquiera que sea ese sujeto, posee una fuerza bruta que rivaliza con las defensas de una capital.
—Y se llevó a la Baronesa D'Aro —añadió Sir Cassian, apoyando los puños sobre la mesa—. Mis hombres encontraron marcas de carruaje dirigiéndose hacia el límite de la provincia sur.
El Duque del Norte, Kaelen Vance, desenvainó apenas un par de centímetros su espada negra, dejando escapar un aura de aire helado que hizo temblar las lámparas de la habitación.
—Ya me cansé de este juego de sombras —sentenció Kaelen con voz rasposa—. Desplegaré a la Orden de Caballeros del Norte. Inspeccionaremos cada propiedad, cada villa y cada finca privada en un radio de cincuenta kilómetros. Ningún extranjero va a burlarse de nosotros en nuestro propio territorio.
El Príncipe Heredero, Alistair, cruzó las manos frente a su rostro, con una mirada gélida y calculadora.
—Hazlo, Duque —ordenó el Príncipe—. Pero debe asegurarse de traerme a la baronesa.