Todos creían que Cynthia tenía una vida perfecta.
Nadie veía los moretones escondidos bajo el maquillaje.
Nadie escuchaba los gritos detrás de las paredes de la mansión.
Durante cinco años soportó golpes, humillaciones y miedo por proteger a su hija. Pero cuando una tragedia destruye lo poco que quedaba de su mundo, comprende que solo tiene dos opciones: quedarse y morir... o escapar.
Lo que Cynthia no sabe es que el hombre al que dejó atrás nunca aceptará perderla.
Y hará cualquier cosa para recuperarla.
Una madre. Una hija. Una huida desesperada. Y una batalla por la libertad que apenas comienza.
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Capítulo 21. La oportunidad
Alberto odiaba los hospitales.
Olían a su debilidad, a la única vez en su vida que no había podido comprar una salida, cuando su padre se murió en una cama de esas con todos los tubos puestos y todo el dinero del mundo sin servir para nada. Así que cuando los médicos lo hicieron sentarse en una salita y le pusieron esa cara de funeral antes de tiempo, Alberto ya estaba de mal humor.
—Señor Castro. Los exámenes de su hija arrojaron un resultado que necesitamos hablar con calma.
—Hable rápido, no tengo todo el día.
El médico se lo dijo. Palabras largas, números, un nombre que Alberto solo había oído en novelas de la tarde. Leucemia. Aguda. Agresiva. Tratamiento inmediato. Posible trasplante más adelante.
Esperó sentir algo. La gente sentía algo en estos momentos, ¿no? Eso decían. El piso que se abre, el mundo que se derrumba, todas esas cursilerías.
Alberto se miró las manos y esperó el derrumbe.
No llegó.
Llegó otra cosa.
Mientras el médico seguía hablando de protocolos y de porcentajes, en la cabeza de Alberto algo se acomodó con la frialdad de un negocio que cuadra.
Su hija estaba enferma. Muy enferma. La iban a tener semanas, meses, entrando y saliendo de un hospital, conectada a máquinas, necesitando cuidados día y noche.
¿Y quién cuida a un niño enfermo mejor que nadie en este mundo?
La madre.
Alberto casi sonríe ahí mismo, en la salita, con el médico todavía explicándole la quimioterapia. Llevaba semanas rompiéndose la cabeza buscando la manera de traer a Cynthia de vuelta, de cazarla, de obligarla. Y resulta que la solución se la había servido el destino en bandeja, con un moño de regalo.
No iba a tener que arrastrarla. No iba a tener que perseguirla por todo el país, ni amenazar al doctorcito, ni nada. Iba a venir solita. Iba a venir rogando, arrastrándose, suplicando, porque ninguna madre del mundo deja a su hija enferma sola en una cama de hospital.
Y él iba a estar ahí, en la puerta, decidiendo cuánto la dejaba entrar y a qué precio.
Gracias, mijita, pensó, y se asqueó a sí mismo apenas un segundo antes de que el asco se le pasara. No sabes el favor que me hiciste.
—Señor Castro, ¿me está escuchando? Es importante que la familia esté unida en un proceso como este. El apoyo emocional de la madre es...
—La madre va a estar. —Alberto se levantó, abotonándose el saco—. Yo me encargo de eso. ¿Puedo ver a mi hija?
Catalina llegó a la clínica una hora después, alarmada por la llamada.
La encontró en el pasillo, frente al cuarto de Valentina, mirando por el vidrio a la niña dormida entre cables.
—¿Es verdad? —preguntó Catalina—. ¿Lo de la niña?
—Es verdad.
—Dios mío. —Por una vez, la voz de la vieja no tenía veneno. Tenía miedo de verdad—. Mi nieta. ¿Qué dicen los médicos? ¿Se salva?
—Con tratamiento, tiene chance. —Alberto no apartaba la vista del vidrio—. Va a ser largo.
Catalina se llevó la mano a la boca y se quedó mirando a la niña un rato, con los ojos brillándole. Lo que sentía por Cynthia era puro desprecio, pero a Valentina la adoraba. Era su sangre, su apellido, lo único de esa casa que ella veía limpio.
—Hay que hacer todo —dijo—. Los mejores médicos, lo que cueste.
—Ya está. Está en las mejores manos.
Catalina lo miró de reojo. Conocía a su hijo, y conocía esa quietud suya, la que no era calma sino cálculo.
—¿Y la madre? —preguntó—. La niña va a preguntar por ella.
—La madre viene en camino. —Alberto por fin sonrió, y a Catalina no le gustó esa sonrisa—. Solo que todavía no lo sabe.
—Alberto. —Catalina bajó la voz—. Escúchame bien. No es momento para tus juegos. La niña está enferma, de verdad enferma. Si vas a usar esto para...
—¿Para qué, madre? —La miró—. Yo solo quiero a mi familia reunida. ¿No es lo que tú siempre quisiste? La esposa en la casa, cuidando a la hija. Todo en su lugar.
Catalina apretó los labios. Quería discutir, pero por dentro una parte fría de ella, la misma que él había heredado, pensó que el muchacho no estaba del todo equivocado. Con la niña así, la campesina iba a tener que volver. Y esta vez, con un motivo de ese tamaño, no se iba a atrever a salir corriendo otra vez.
—Haz lo que quieras —dijo al fin—. Pero si esa niña se me muere por tus jueguitos, no te lo perdono ni en el infierno.
Y entró al cuarto a sentarse con su nieta.
Cuando Valentina despertó, lo primero que vio fue a su papá, sentado al lado de la camilla.
—Hola, princesa. —Alberto le acomodó el pelo con una ternura que, en otro hombre, habría sido amor—. Mira nada más, ya estás en un hospital de los buenos. Con doctores que te van a poner bien.
—Me duele el bracito, papá. —La niña miró la vía clavada en su mano—. ¿Y mami? Quiero a mami.
—De eso justamente te quería hablar. —Alberto le tomó la manita con cuidado—. Mami no sabe que estás aquí, ¿sabes? Y tú la necesitas a tu lado para ponerte buena. ¿Sí o no?
—Sí.
—Entonces hagamos una cosa. —Le acercó el teléfono, el de él, con una sonrisa de oreja a oreja—. Llama a tu mamá. Dile que estás en la clínica, que papá te trajo, y que venga a cuidarte. ¿Le marcas tú o te ayudo?
—Yo sé el número de mami.
—Esa es mi niña inteligente. —Le puso el teléfono en la manita y se recostó en la silla, cruzando las piernas, tranquilo, como quien tira el anzuelo y ya sabe que el pez va a picar—. Llámala, mi amor. Dile que papá la está esperando.
Y mientras la niña, débil y contenta, marcaba el número de su mamá sin entender que era el cebo de su propio padre, Alberto miró por el vidrio hacia el pasillo y sonrió.
Ya casi la tenía. Esta vez, de verdad, no se le iba a escapar.