Valeria Grien y Maximiliano Starling no tienen absolutamente nada en común. Ella es una mujer de curvas generosas, caótica, expresiva y con una seguridad en sí misma que resulta magnética. Él es un hombre de negocios metódico, frío y un obsesivo del control que parece haber nacido con el traje puesto. Sin embargo, el destino —y el testamento de una abuela muy metiche— los obliga a tomar una decisión drástica: casarse y convivir bajo el mismo techo durante un año para no perder su herencia.
Dispuestos a sobrevivir al encierro sin matarse en el intento, firman un pacto inquebrantable con una regla de oro estricta: camas separadas y cero contacto físico. Todo marcha según el plan, entre discusiones domésticas y una tensión que echa chispas... hasta que una mañana Valeria se despierta con náuseas y una prueba con dos rayitas rosas en la mano.
¿El gran problema? Ella no sabe cómo pasó, y él, con su legendario autocontrol, muchísimo menos.
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CAPÍTULO 8: El cumpleaños del "traidor"
La pantalla del iPad de Valeria cobró vida con un tono estridente justo cuando ella terminaba de pintarse las uñas de los pies. Al deslizar el dedo para contestar la videollamada, el rostro perfectamente bronceado y sonriente de Julián apareció en alta definición. Julián era un arquitecto de renombre, el tipo de hombre que diseñaba edificios minimalistas y vestía lino incluso en invierno. Pero, por encima de todo, era el mejor amigo de la universidad de Maximiliano y, por un retorcido giro del destino, primo hermano y confidente de Gabriel.
—¡Hola, descocada! —saludó Julián, acomodándose los lentes de diseñador—. Asumo que mi invitación al evento del año ya llegó a sus manos. Cumplo treinta y cinco, y pienso celebrarlo en grande.
—¡Julián, mi amor! —exclamó Valeria, estirando las piernas para no estropear el esmalte fresco—. Claro que nos llegó. Pero te advierto que si tu fiesta va a tener la misma vibra de clínica dental que el estilo de vida de mi queridísimo esposo, prefiero quedarme en casa viendo telenovelas.
En ese momento, Maximiliano entró al estudio con una carpeta de contratos bajo el brazo. Al escuchar la voz de su amigo, se acercó a la pantalla con su habitual expresión de hielo.
—Julián. Felicidades por adelantado. Te enviaré un buen vino, pero dudo que podamos asistir. Valeria y yo tenemos una agenda bastante apretada con la reestructuración de la constructora.
Julián soltó una carcajada limpia que resonó en las bocinas de la tableta.
—Ahorrate el discurso corporativo, Starling. Los conozco a los dos desde que usaban transporte público. Sé perfectamente que ese matrimonio es más falso que un billete de tres dólares y que se odian con la fuerza de mil soles. Gabriel me cuenta todo, Valeria, no pongas esa cara de inocente.
Valeria se tapó la boca, maldiciendo internamente a su amigo gay por tener la lengua tan larga. Maximiliano ni parpadeó, aunque su postura se volvió aún más rígida.
—Nuestra vida privada no es de incumbencia pública —declaró Maximiliano.
—No, pero mi fiesta sí —replicó Julián, entornando los ojos con una malicia puramente divertida—. Así que escúchenme bien, par de disfuncionales. A mi fiesta de cumpleaños vienen los dos, bien vestidos, agarrados de la mano y fingiendo que se aman con locura. Si veo que se miran feo, si se tiran indirectas o si descubro que alguno intenta huir antes de la medianoche, llamo personalmente al abogado Peña y a toda la junta directiva para contarles que duermen en camas separadas y que tienen una frontera de cinta adhesiva en la cocina. ¿Quedó claro?
—¡Eso es extorsión! —chilló Valeria.
—Es amor de amigo, mi ciela —sonrió Julián antes de lanzar un beso a la cámara—. Los veo el sábado. No falten.
La pantalla se fue a negro. Valeria y Maximiliano se miraron con una mezcla de horror y furia compartida. El campo de minas estaba listo.
El trayecto en carro hacia la residencia de Julián fue, sin lugar a dudas, lo más cercano a una tortura china medieval que Valeria había experimentado jamás.
Maximiliano conducía su flamante cupé deportivo alemán, un vehículo negro tan pulcro y encerado que reflejaba las luces de la autopista como un espejo. El millonario manejaba con ambas manos en el volante, la espalda recta y el rostro de quien está transportando material nuclear.
*¡Pum, pum, pum!*
El bajo de la música hizo vibrar las ventanas del auto. Valeria había tomado el control del sistema de sonido por asalto, conectando su teléfono para reproducir una lista de reggaetón viejo a un volumen que amenazaba con reventar los altavoces de alta fidelidad del coche. Ella se movía en el asiento del copiloto, cantando a todo pulmón y agitando una bolsa gigante de papitas fritas con sabor a queso y crema.
—¡Dale hasta abajo, Starling! ¡Muévete un poco, que pareces un maniquí de tienda departamental! —le gritó ella por encima del ruido, metiéndose tres papitas a la boca al mismo tiempo.
Maximiliano estiró los dedos de la mano derecha y presionó el botón de apagado de la consola central con tanta fuerza que casi hunde el plástico. El silencio sepulcral que inundó el habitáculo fue instantáneo.
—Valeria, te lo pido por favor —dijo él, con la voz temblando por el esfuerzo de no perder los estribos—. Esto es contaminación acústica de primer grado. Ese ritmo repetitivo está destruyendo mis neuronas y reduce mi capacidad de reacción al volante en un doce por ciento.
—¡Ay, por favor! Qué exagerado eres. Es música para alegrar el alma, algo que claramente te hace falta.
—Lo que me hace falta es llegar vivo —replicó él, echando una mirada de reojo al tablero del coche y ahogando un grito de puro pánico—. ¡Valeria! ¡Estás llenando de migajas de queso el cuero de los asientos! Ese auto fue limpiado con vapor ayer por la mañana. Hay partículas de carbohidratos procesados volando por todo el sistema de aire acondicionado.
—Son papitas, Maximiliano, no cenizas volcánicas —se burló ella, sacudiéndose las manos a propósito sobre la guantera, disfrutando enormemente de cómo a su esposo le parpadeaba el ojo izquierdo por la ansiedad—. Además, necesito energía. Faltan cinco minutos para llegar y tengo que prepararme mentalmente para abrazarte frente a cincuenta personas sin desmayarme del asco.
—El sentimiento es mutuo, Grien —espetó él, estacionando el coche frente a la enorme casa de Julián con un movimiento brusco—. Te recuerdo los términos de la tregua para esta noche: me abrazas, te ríes de mis comentarios y, bajo ninguna circunstancia, mencionas el "cuarto de castigo". Si sobrevivimos a esto sin que Julián nos delate, te devolveré el cable del Wi-Fi.
Valeria guardó la bolsa de papitas en su bolso, se retocó el labial rojo mirándose en el espejo de cortesía y le dedicó una sonrisa cargada de dinamita.
—Hecho, Starling. Pero ve preparando esa sonrisa de comercial de pasta de dientes, porque pienso pegarme a ti tanto que tus socios van a creer que somos siameses. Vamos a darle al público el show que pagó por ver.