"Condenada por un crimen que no cometió, terminó refugiada en las garras del monstruo más despiadado de todos".
Sofía Ivanov siempre fue la vergüenza de su manada. Despreciada por sus padres y eclipsada por Tania, su perfecta hermana menor, Sofía soportó el peor de los castigos: ver cómo su propia familia le exigía romper el lazo sagrado con su mate, Gavin, solo porque su hermana se había encaprichado con él. Y lo peor... él tampoco la defendió.
Pero el día de la boda, el destino cobra una factura sangrienta. Gavin es brutalmente asesinado en el altar y Sofía es encontrada de rodillas, cubierta de sangre y con el arma homicida en sus manos. Inculpada por su propia familia y convertida en la fugitiva más buscada, Sofía huye bajo una tormenta implacable hasta caer inconsciente en los límites del territorio prohibido.
Al despertar, ya no está en el bosque. Alguien la ha rescatado y ocultado en el lugar más peligroso: el palacio de César Dróvnikov, el temible y despiadado Rey Lycan.
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Capítulo 19
—¡Greta! —exclamó Sofía en un hilo de voz, intentando incorporarse, pero las piernas le fallaron debido a la tensión acumulada.
La anciana le lanzó una última mirada cargada de angustia y advertencia antes de que las pesadas puertas dobles del despacho se cerraran, dejándola completamente a solas con el Alfa Supremo y Lord Kaelen. El silencio que regresó a la habitación fue denso, casi asfixiante, roto únicamente por el crujido de los troncos consumiéndose en la chimenea.
César caminó lentamente hacia ella. La luz de las velas acusaba las líneas duras de su rostro y la sombra de esa sonrisa calculadora que no auguraba nada bueno. Se detuvo justo frente a ella, obligándola a mirar hacia arriba debido a su imponente estatura.
—Levántate —ordenó con un tono suave, pero impregnado de un poder magnético que hizo que el cuerpo de Sofía reaccionara por puro instinto de sumisión.
Sofía se puso en pie, apoyando una mano temblorosa en el borde del escritorio para no tambalearse. Se quitó el delantal blanco con dedos torpes y lo dejó caer sobre la alfombra, como si con ese gesto se despojara por completo de la piel de Elena. El vestido gris de sirvienta ahora se sentía como una burla cruel.
—Eres una pieza fascinante, Sofía Ivanov —comentó César, rodeándola con la parsimonia de un depredador que examina a su presa—. Una loba rechazada, acusada de un magnicidio en el altar de su propia hermana, que termina buscando refugio en las entrañas del palacio del hombre que más odia tu padre. El destino tiene un sentido del humor bastante retorcido.
—Yo no maté a Gavin —repitió ella, clavando sus ojos oscuros en las pupilas grises del rey, decidida a mantener su inocencia aunque eso no cambiara su situación—. Alguien apagó las antorchas. Alguien quería que él muriera y que yo cargara con la culpa. Mi padre jamás me escuchó. Para él, yo ya era un estorbo por no tener loba, y esto fue la excusa perfecta para deshacerse de mí.
—¿Y crees que a mí me importa si sostuviste la daga o no? —inquirió César, deteniéndose frente a ella, tan cerca que Sofía pudo percibir el calor que emanaba de su cuerpo y el aroma a tormenta que la envolvía—. En el juego de la alta política, la verdad es un lujo innecesario. Lo único que importa es la percepción. Y ahora mismo, el continente percibe que tengo en mi poder a la heredera legítima de la mitad de las Tierras Bajas.
Sofía tragó saliva, sintiendo que el aire le faltaba.
—Mi padre jamás aceptará este matrimonio —dijo, intentando buscar una fisura en su lógica—. Si se entera de que estoy aquí, declarará la guerra. Dirá que el Reino Lycan protege a una asesina.
César soltó una carcajada corta y fría, un sonido que erizó la piel de Sofía.
—Que lo intente. Que mande a sus cachorros a las puertas de mi territorio. Mi ejército destruirá a la manada Ivanov antes de que puedan cruzar el primer río de la frontera —sentenció el rey, y por un segundo, sus ojos grises brillaron con una luz dorada y salvaje, delatando al Lycan implacable que llevaba dentro—. Borís Ivanov sabe perfectamente que no puede vencerme en el campo de batalla. Por eso usaba la boda de tu hermana Tania para crear una alianza en el sur. Pero ahora, la ley está de mi lado. Mañana obligarás a tu padre a firmar la cesión de soberanía, o veré cómo su orgullo se desangra mientras reclamo lo que por derecho de cama me corresponderá.
El Alfa Supremo desvió la mirada hacia la puerta, donde Kaelen permanecía estático, observando la escena con atención.
—Kaelen, llévatela —ordenó César, dándole la espalda a Sofía para regresar a su sillón de roble—. Instálala en los aposentos del ala este, cerca de la torre de la guardia. Que le lleven ropa adecuada para una futura reina y comida. No quiero que mi prometida parezca una muerta de hambre cuando los emisarios del sur lleguen a pedir explicaciones.
—Entendido, Alfa —respondió el Beta, dando un paso al frente y extendiendo un brazo para indicarle el camino a Sofía.
Sofía miró a César una última vez. El rey ya había tomado una pluma y comenzaba a redactar un documento oficial, ignorándola por completo, como si ya hubiera resuelto el enigma de su existencia y la hubiera archivado en su tablero de conquistas.
Caminó hacia la salida con la cabeza alta, intentando mantener la poca dignidad que le quedaba, aunque por dentro su mente era un caos de terror y desesperación. Había escapado de un altar sangriento en el sur solo para terminar encadenada a un trono de roca negra en el norte. La farsa de la sirvienta muda había terminado; ahora le tocaba interpretar el papel más peligroso de su vida: el de la mujer que le entregaría el continente al Rey Lycan.