Hombres lobos y Vampiros se han odiado desde siempre. ¿Qué va a pasar luego de que el Alfa Andrew y la princesa de los vampiros Leonor compartan una noche de pasión?
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Rabia en la frontera.
...Capítulo 9....
...Parte 1....
...Rabia en la frontera....
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Andrew.
Habían pasado ya tres días desde aquel encuentro en el puente, tres días desde que mi mundo entero se partió en dos al descubrir que la mujer que habitaba mis sueños, la que llevaba mi marca en la piel y en el alma, era precisamente la única persona a la que estaba destinado a destruir. Tres días en los que no he hecho otra cosa que luchar contra mí mismo, contra mi deber, contra la razón que me grita que la olvide y contra el instinto que me exige que vaya a reclamar lo que es mío.
La fortaleza y mis hombres creen que estoy planeando la guerra, organizando defensas, preparando el ataque definitivo contra los vampiros. Y en parte es verdad: doy las órdenes, estudio los mapas, hablo con los ancianos y mantengo la postura firme del Alfa que no teme a nada. Pero en cuanto se acaba el consejo, en cuanto el sol empieza a caer y las sombras se alargan, me escapo. Cabalgo rápido, lejos de todos, hacia los límites más peligrosos, hacia la línea que separa nuestras tierras de los dominios oscuros de los Anderson.
Hoy no soy un líder. Hoy solo soy un hombre, un lobo, que necesita verla aunque sea de lejos, aunque me cueste la vida.
Dejo mi caballo escondido entre la espesura y continúo a pie, deslizándome entre árboles y rocas con el silencio y la agilidad que solo nuestra especie posee. Me adentro más de lo permitido, mucho más allá de lo que cualquier tratado o ley autoriza. Estoy en territorio enemigo. Un paso en falso, una patrulla que me descubra, y todo termina aquí. Pero el peligro no me importa. Nada me importa, salvo la necesidad que quema en mis venas.
Subo hasta lo alto de una colina cubierta de niebla, un punto elevado desde donde se domina la vista de los jardines exteriores y las altas murallas de piedra negra del castillo de los vampiros. Me agacho tras un grupo de arbustos frondosos, oculto casi perfectamente, y espero. Mis sentidos están al máximo: escucho el vuelo de un pájaro a kilómetros, huelo el musgo húmedo, la piedra vieja, el frío característico de este lugar. Y entonces... la huelo a ella.
El aire trae su esencia, esa mezcla imposible de vainilla y frío metálico, dulce y peligrosa a la vez. El olor que me volvió loco hace un año, el que reconozco entre mil, el que mi lobo aúlla de alegría al percibir.
—«Ahí está. Nuestra hembra. La sentimos. Es nuestra.» —me dice mi bestia, vibrando bajo mi piel, ansiosa por salir, por correr hacia ella.
—Cállate. Espera —susurro entre dientes, con los ojos fijos en la puerta que se abre al fondo.
Y entonces, sale.
Leonor.
Camina despacio por el sendero de mármol, entre setos oscuros y estatuas de ángeles caídos que vigilan el paseo. Lleva un vestido largo de tela pesada, color bordó, que se ajusta a su cuerpo y cae hasta sus pies, rico y lujoso, digno de una princesa. Su cabello oscuro cae suelto sobre sus hombros, brillando pálido bajo la luz grisácea del día. Es hermosa. Más hermosa de lo que recuerdo, más real que cualquier sueño. Pero al verla, algo se me retuerce en las entrañas. Hay una rigidez en su postura, una lejanía en su mirada que me grita que no es libre. Que está atrapada en esta jaula de oro y piedra.
Y no camina sola.
A su lado, demasiado cerca, invadiendo cada centímetro de espacio que ella debería tener, camina él.
Talius.
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