Maximiliano Vance es un implacable y atractivo CEO billonario con el corazón blindado por una traición del pasado. Su mayor desafío no es dominar los negocios, sino criar a su retraído hijo, quien ha ahuyentado a docenas de niñeras. Maximiliano juró no volver a confiar en nadie, y menos en las mujeres hermosas.
Mía Thorne, una dulce graduada en psicología infantil, se queda completamente sola tras la muerte de su abuela. Desalojada cruelmente por sus tíos y sin dinero para una renta, acepta desesperada el puesto de niñera residencial en la imponente mansión Vance.
Al usar su empatía para sanar al niño, Mía también agrieta la fría coraza de Maximiliano. Una atracción inevitable y peligrosa surge entre ambos, desafiando las estrictas reglas de su contrato. Sin embargo, secretos del pasado e intrigas corporativas amenazan con destruirlos. ¿Podrá el amor sanar a un hombre herido o ganará la desconfianza?
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Cerraduras Nuevas
El frío de la noche calaba hasta los huesos, pero no dolía tanto como el vacío en el pecho de Mía Thorne.
Sentada sobre su vieja maleta de cuero en la acera húmeda, Mía abrazó sus piernas contra el pecho, intentando protegerse del viento helado de la ciudad. Apenas habían pasado dos semanas desde el funeral de su abuela —su único pilar en el mundo—, y esa misma tarde, sus tíos habían demostrado el tamaño de su crueldad. Sin el menor rastro de compasión, habían cambiado las cerraduras de la casa familiar, arrojando sus pocas pertenencias a la calle.
—Ya eres mayor de edad, Mía. Búscate la vida. Bastante hizo tu abuela con mantenerte mientras estudiabas esa carrera inútil —le había espetado su tío antes de cerrarle la puerta en la cara.
Con un título en psicología infantil que aún no le daba de comer, los bolsillos completamente vacíos y sin dinero para pagar una renta, Mía se encontraba en la indigencia absoluta. Limpió una lágrima traicionera que rodaba por su mejilla y miró la pantalla de su teléfono, al que apenas le quedaba un diez por ciento de batería. Lo único que la separaba de pasar la noche a la intemperie era un anuncio de empleo desesperado que había encontrado en internet horas antes:
Se busca niñera-terapeuta residencial con urgencia para el heredero del Imperio Vance. Salario excepcional. Vivienda incluida. Requisitos: Título universitario y tolerancia absoluta a la presión.
Mía sabía perfectamente quiénes eran los Vance. Maximiliano Vance era el epítome del éxito: un billonario implacable, CEO de una cadena hotelera global y un hombre cuya crueldad en los negocios solo era igualada por su asombroso atractivo. Las revistas de finanzas lo describían como un titán con el corazón de hielo, un hombre que no confiaba en nadie desde que la traición de su exesposa destruyó su matrimonio, dejándolo a cargo de un niño de seis años con graves problemas de retraimiento. Un niño que, según los rumores, ya había ahuyentado a docenas de niñeras con su rebeldía.
—No tengo nada que perder —susurró Mía para sí misma.
Con las manos temblando por el frío, envió su currículum al correo de contacto adjunto en el anuncio. No pasaron ni cinco minutos cuando su teléfono vibró, haciéndola dar un brinco. Era un número privado.
—¿Señorita Mía Thorne? —una voz femenina, madura y sumamente estricta resonó al otro lado de la línea.
—Sí, soy yo —respondió Mía, intentando que no se notara el temblor de su voz.
—Soy la señora Gable, ama de llaves principal de la residencia Vance. Hemos revisado su perfil. Su especialización en traumas infantiles es lo único que nos interesa. El señor Vance exige una entrevista inmediata. Ahora mismo.
Mía parpadeó, desconcertada. —¿A las diez de la noche?
—El señor Vance es un hombre ocupado y el asunto con su hijo es crítico. Un auto de la empresa va en camino a su ubicación GPS. Si no está lista al llegar, la oferta se cancela permanentemente.
Antes de que Mía pudiera decir algo más, la llamada se cortó. Media hora más tarde, una elegante limusina negra se detuvo frente a la acera. El chofer, un hombre uniformado y de expresión seria, bajó del vehículo, tomó la maleta de Mía sin decir una palabra y le abrió la puerta trasera. Mía subió, sintiendo que entraba a un mundo completamente ajeno, un mundo de lujo y poder que estaba a punto de devorarla.
El trayecto terminó frente a las enormes rejas de hierro de la mansión Vance, una imponente propiedad de piedra y cristal ubicada en la zona más exclusiva de la ciudad. Al entrar, Mía fue recibida por la señora Gable, una mujer de cabello gris impecablemente recogido y uniforme negro que la guió a través de pasillos de mármol decorados con obras de arte invaluables. El ambiente se sentía pesado, frío y carente de cualquier rastro de calor hogareño. Era una fortaleza de oro.
La ama de llaves se detuvo ante unas enormes puertas dobles de madera de roble.
—El señor Vance la espera dentro. Recuerde una cosa, señorita Thorne: aquí se viene a trabajar, no a socializar. No hable a menos que se le pregunte y, sobre todo, no intente usar sus encantos con el patrón. Él detesta a las mujeres hermosas que buscan su dinero.
Mía tragó saliva, sintiendo sus mejillas arder por la humillación, pero asintió con la cabeza. Tenía demasiada hambre y necesidad como para darse el lujo de tener orgullo.
La señora Gable abrió las puertas y Mía entró al despacho principal.
La habitación era inmensa, iluminada tenuemente por la luz de la luna que entraba por los ventanales y unas lámparas de diseño moderno. Al fondo, detrás de un imponente escritorio de caoba, se encontraba él.
Maximiliano Vance.
Al verlo en persona, Mía contuvo el aliento. Las fotos no le hacían justicia. Era un hombre imponente, de hombros anchos y una mandíbula afilada que parecía esculpida en piedra. Su cabello oscuro estaba perfectamente peinado y vestía un traje de tres piezas hecho a medida que gritaba poder. Pero lo más impactante eran sus ojos: dos tormentas de color gris acero, fríos, calculadores y desprovistos de cualquier rastro de calidez humana.
Maximiliano no levantó la vista de sus documentos de inmediato. Dejó que el silencio dominara la habitación durante varios segundos, una táctica evidente para intimidarla. Cuando finalmente clavó su mirada en Mía, ella sintió una presión física en el pecho, como si estuviera bajo el escrutinio de un depredador.
—Señorita Thorne —su voz era un barítono profundo, rasposo y peligrosamente suave—. He visto su currículum. Una graduada con honores, pero sin experiencia laboral real en el campo. ¿Qué le hace pensar que puede lidiar con mi hijo cuando profesionales con décadas de experiencia han salido huyendo de esta casa en menos de veinticuatro horas?
Mía enderezó la espalda, obligándose a sostenerle la mirada. No iba a permitir que descubriera lo muerta de miedo que estaba.
—Con todo respeto, señor Vance, el problema de las niñeras anteriores no era su falta de experiencia, sino su enfoque. Un niño retraído no necesita disciplina militar ni condescendencia. Necesita empatía y alguien que entienda el lenguaje de su silencio. Mi falta de experiencia se compensa con mi dedicación.
Una sonrisa amarga y carente de diversión cruzó los labios perfectos del billonario. Se puso de pie, revelando su imponente estatura, y caminó lentamente hacia ella, rodeando el escritorio. El aroma a madera, tabaco caro y un perfume magnético inundó los sentidos de Mía a medida que él se acercaba.
—¿Empatía? —Maximiliano se detuvo a escasos centímetros de ella, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás para mirarlo. Su cercanía era abrumadora, casi asfixiante—. En este mundo, la empatía es una debilidad, señorita Thorne. Mi hijo no necesita que lo consientan. Necesita volver a ser el heredero que este imperio exige. Su rebeldía es inaceptable.
—Su rebeldía es un grito de auxilio —replicó Mía, defendiendo sus ideales a pesar del peligro—. Los niños no se aíslan porque quieren, sino porque el dolor que llevan dentro es demasiado grande para expresarlo con palabras. Si usted solo busca un sargento que lo controle, entonces se equivocó de persona.
Los ojos de Maximiliano se entrecerraron, destellando con una furia fría. Nadie, absolutamente nadie en su entorno, se atrevía a contradecirlo de esa manera. Una tensión peligrosa y electrizante nació entre ambos en ese instante, un choque de voluntades que hizo que el aire del despacho se volviera denso.
—Tiene agallas, se lo concedo —dijo él, su voz bajando a un susurro peligroso—. Pero las agallas no pagan las cuentas. Sé perfectamente que fue desalojada hoy de su casa. Sé que no tiene a dónde ir y que su cuenta bancaria está en cero. No está aquí por vocación, señorita Thorne. Está aquí porque está desesperada.
El golpe bajo dolió. Mía apretó los puños a los costados, sintiendo la humillación quemándole la garganta. Sin embargo, no bajó la cabeza.
—Es verdad —admitió con voz firme—. Estoy desesperada por un techo y un trabajo. Pero mi necesidad no cambia mi profesionalismo. Necesito este empleo, pero su hijo necesita mi ayuda. Eso es un trato justo.
Maximiliano la observó en silencio durante un largo y agónico minuto, analizando cada facción de su rostro, buscando cualquier rastro de falsedad. Para su sorpresa, solo encontró una determinación inquebrantable y una pureza que hacía mucho tiempo no veía en ninguna mujer.
Finalmente, el billonario regresó a su escritorio, tomó un grueso documento de una carpeta y lo arrojó sobre la mesa.
—Este es el contrato —declaró con frialdad—. Es un acuerdo draconiano. Vivirá aquí, disponibilidad veinticuatro siete. Su salario será el triple de lo que ganaría en cualquier clínica, pero si rompe las reglas, no solo será despedida, sino que me aseguraré de que jamás vuelva a ejercer su profesión en este país.
Mía se acercó al escritorio y tomó el bolígrafo.
—¿Cuáles son las reglas principales, señor Vance?
Maximiliano fijó sus ojos grises en ella con una intensidad posesiva y oscura que le erizó la piel.
—Primera: obediencia absoluta a mis órdenes. Segunda: no se involucrará emocionalmente conmigo ni buscará nada más allá de su trabajo. Y tercera: si mi hijo no muestra avances en un mes, usted se va a la calle de la misma forma en que llegó hoy. ¿Tenemos un trato?
Mía miró el papel y luego al hombre que tenía enfrente. Sabía que estaba firmando un pacto con el mismo diablo, que entrar a esa mansión significaba someterse al control de un hombre implacable y posesivo. Pero al recordar el frío de la acera y pensar en el niño roto que habitaba en esa casa, firmó el documento con mano firme.
—Tenemos un trato, señor Vance.
Maximiliano asintió, con una expresión de triunfo frío en el rostro.
—Bienvenida al infierno, señorita Thorne. Mañana a las siete de la mañana comienza su turno. No me haga arrepentirme de esto.
Mía dejó el bolígrafo sobre el escritorio, sabiendo que su vida acababa de cambiar para siempre. No se imaginaba que el verdadero reto no sería romper los muros del pequeño Leo, sino sobrevivir a la tormenta de hielo y fuego que era Maximiliano Vance.