Valeria Montenegro lo tenía todo: éxito profesional, riqueza, una familia amorosa, un matrimonio estable y una vida perfecta a los ojos de todos. Pero por dentro, su alma se consumía en un vacío profundo y doloroso. Atrapada en una existencia ordenada y predecible, sentía que solo existía, no vivía. Buscaba desesperadamente pasión, emoción y un sentido que nunca encontró en su mundo humano, incluso cuando tomó la valiente decisión de romper con todo para buscar su propio camino. Sin embargo, el destino tenía otros planes. Una noche de tormenta, un accidente fatal le arrebató la vida justo cuando estaba a punto de empezar de nuevo. En sus últimos momentos, su alma gritó un deseo desesperado: "Haré lo que sea, iré a donde sea, con tal de sentir algo real, aunque sea oscuridad, aunque sea muerte".
Su petición fue escuchada.
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Capítulo 20: Sombras en la oscuridad.
El regreso hacia las zonas habitadas del palacio fue diferente a todos los recorridos anteriores. Ahora, cada paso que daba lo hacía con los sentidos alerta, con la magia fluyendo suavemente bajo mi piel, lista para ser usada, observando cada rincón oscuro, cada pasillo vacío, cada sombra que se alargaba bajo la luz plateada de las esferas flotantes. Azrael caminaba a mi lado, su figura imponente y tranquila, pero yo ya lo conocía lo suficiente para notar la tensión en su mandíbula, la forma en que sus ojos grises escaneaban todo a nuestro alrededor con una precisión letal. Él también sentía que algo no estaba bien. El aire del palacio, que siempre había sido frío y sereno, ahora se sentía cargado, pesado, como si una tormenta invisible estuviera acumulando fuerza sobre nuestras cabezas.
—Algo ha cambiado —dijo él en voz baja, sin dejar de mirar al frente, sus palabras llegando solo a mis oídos—. La magia antigua se está moviendo. Alguien ha roto los sellos de protección que puse hace siglos. Alguien ha abierto una puerta que debía permanecer cerrada para siempre.
—¿Valerius? —pregunté, apretando su mano, sintiendo cómo mi propio poder respondía a su tensión, brillando débilmente en mi interior, pidiendo salir.
—Él es el único con el conocimiento y la osadía suficiente para intentarlo —respondió Azrael, y una sombra de furia oscura cruzó su mirada—. Pero no se atrevería a hacerlo directamente, no mientras yo esté aquí. Usará intermediarios. Criaturas antiguas, seres que viven en los límites del reino, fuera de mis leyes, que le deben favores o que buscan destruir el equilibrio solo por el placer de hacerlo. Quiere probarte, Lysandra. Quiere ver si eres tan fuerte como pareces. Quiere ver si puedes sobrevivir a lo que él va a enviarte.
Apenas había terminado de hablar cuando, de repente, las luces que iluminaban el pasillo parpadearon violentamente y se apagaron por completo, dejándonos sumidos en una oscuridad absoluta, espesa, que parecía tener vida propia, que se pegaba a la piel, que intentaba meterse en los pulmones. No era la oscuridad normal de la noche. Era una oscuridad mágica, maligna, creada para cegar, para confundir, para atacar.
—¡Quédate cerca de mí! —ordenó Azrael, y su voz resonó con fuerza, cortando la densa niebla de sombras.
En ese mismo instante, escuché el sonido: un roce suave, arrastrado, que venía de todas partes y de ninguna parte a la vez. Luego, unos ojos se abrieron en la oscuridad. Uno, dos, diez, cientos de puntos brillantes de color rojo sangre, iguales a los ojos de Valerius, pero más salvajes, más animalescos, flotando en la nada, rodeándonos por completo, cerrando el círculo, acercándose poco a poco.
—¡Son Acechadores de Sombras! —gritó Azrael, y sentí cómo su cuerpo se tensaba, cómo su propia magia estallaba a su alrededor, creando un halo de luz grisácea que nos protegía, que mantenía a raya a aquellas criaturas invisibles salvo por sus ojos—. Seres hechos de pura oscuridad y odio, antiguos, feroces, difíciles de matar. Valerius los ha despertado y los ha enviado aquí. Quiere tu vida, Lysandra. O tu miedo. Y cualquiera de las dos cosas le sirve.
Un grito desgarrador, agudo y aterrador, rompió el silencio, y una de esas sombras se lanzó hacia nosotros, una masa negra y alargada, con garras afiladas que brillaban como cuchillos rotos. Azrael se movió con una velocidad impresionante, levantó la mano y una llamarada de luz plateada salió de sus dedos, golpeando a la criatura, que chilló y se deshizo en humo negro al instante. Pero había cientos más. Y venían de todos lados.
—¡No los dejes tocarte! —me advirtió él, mientras se movía como una tormenta, golpeando, destruyendo, enviando rayos de poder que iluminaban todo el pasillo, que hacían que las paredes temblaran—. Si te tocan, te robarán tu luz, tu fuerza, tus recuerdos. Te dejarán vacía, igual que eras antes. ¡Y eso es lo peor que te puede pasar aquí!
Yo estaba detrás de él, protegida por su espalda ancha y fuerte, pero sabía que no podía quedarme escondida. Sabía que él no podía protegerlo todo, que estaba luchando contra demasiados enemigos a la vez. Recordé sus palabras: “Tu magia responde a tus emociones. A tu deseo, a tu amor, a tu ira”. Y en ese momento, lo que sentía era ira. Una rabia ardiente, profunda, salvaje, contra quien fuera que se atrevía a atacarnos, contra quien fuera que quería dañarme a mí, o peor aún, dañar a Azrael.
Cerré los ojos un segundo, respiré hondo y llamé a esa fuerza que llevaba dentro. No la llamé con miedo, ni con duda. La llamé con furia. La llamé con la determinación de una reina que defiende su reino, su vida y su amor. Y la magia respondió al instante, más fuerte, más brillante, más poderosa que nunca.
Mis manos se iluminaron con esa luz única, mezcla de gris y plata, azul y negro, la luz de nuestra unión, la luz que nadie más tenía. Abrí los ojos y vi que las sombras se detenían al verme, que esos ojos rojos parpadeaban con sorpresa y miedo, que no esperaban que yo, la "humana", la "débil", tuviera esa fuerza.
—¡Vuestro error fue creer que estaba sola! —grité, y mi voz resonó con poder, amplificada por la magia, llegando a cada rincón oscuro.
Levanté ambas manos y empujé hacia delante. Una ola de luz brillante salió de mí, una explosión de energía pura que barrió todo el pasillo, que golpeó a las criaturas, que las hizo chillar y deshacerse en nubes de humo negro y maloliente. La luz iluminó todo, tan fuerte que cegó por un momento, tan potente que hizo temblar el suelo bajo nuestros pies. Y cuando se apagó, cuando la oscuridad se disipó y las luces normales volvieron a encenderse, brillando con más fuerza que antes, no quedaba nada. Ninguna sombra. Ningún ojo rojo. Ningún enemigo. Solo nosotros dos, de pie en medio del pasillo, rodeados de restos de humo que se desvanecía en el aire.