Valeria Bellucci jamás imaginó que terminaría casada con el hombre más poderoso y frío de la ciudad.
Acorralada por las deudas de su familia, acepta un matrimonio por contrato con Enzo Ricci, un CEO multimillonario conocido por destruir a cualquiera que se interponga en su camino.
Las reglas eran simples: — No enamorarse.
— No interferir en la vida del otro.
— Mantener la apariencia de un matrimonio perfecto.
Pero vivir bajo el mismo techo con un hombre obsesivo, dominante y lleno de secretos hará que Valeria descubra que detrás de aquella mirada fría existe un pasado capaz de destruirlos a ambos.
Lo que comenzó como un simple acuerdo terminará convirtiéndose en una guerra de celos, deseo y sentimientos prohibidos.
Porque algunos contratos pueden firmarse con tinta…
pero otros terminan grabándose en el corazón.
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CAPITULO 19 - DEMASIADO CERCA
Enzo
No dormí esa noche.
Otra vez.
Pero esta vez no fue por negocios, ni por reuniones, ni por amenazas externas.
Fue por Valeria Bellucci.
Por la forma en que me miró en el jardín después de decir: “Ya no tienes que hacerlo solo.”
Maldita frase.
La mayoría de las personas me hablaban porque necesitaban algo. Dinero. Poder. Contactos. Protección.
Pero ella…
ella me miraba como si todavía hubiera algo humano debajo de todo esto.
Y lo peor era que empezaba a encontrarlo.
Eran casi las dos de la mañana cuando regresé al despacho de la mansión después de hablar con Marco. El hombre que entró a la propiedad seguía diciendo lo mismo: una mujer lo contrató para conseguir fotografías nuestras.
Nuestras.
La palabra seguía molestándome más de lo que debía.
Me serví un poco de whisky y revisé nuevamente las imágenes de las cámaras de seguridad. Todo parecía demasiado organizado para ser casualidad.
Camila.
Tenía que ser ella.
Aunque algo no terminaba de encajar.
Escuché pasos suaves detrás de mí.
No necesité girarme para saber quién era.
—¿Tú nunca descansas? —preguntó Valeria desde la puerta.
Levanté apenas la mirada.
Llevaba el cabello ligeramente húmedo y una sudadera blanca enorme que le quedaba demasiado grande. Probablemente seguía siendo una de mis prendas.
Y otra vez apareció esa sensación incómoda.
La de verla pertenecer aquí.
—Tú tampoco deberías estar despierta —respondí.
Ella entró lentamente al despacho observando alrededor.
—Tu oficina da miedo.
—Gracias.
Eso hizo que soltara una pequeña risa.
Y maldita sea…
cada vez me gustaba más escucharla reír.
Valeria se acercó al escritorio.
—¿Descubrieron algo?
Dejé el vaso sobre la mesa.
—No suficiente.
Ella frunció ligeramente el ceño.
—¿Crees que sí sea Camila?
Silencio.
—Sí.
Valeria bajó la mirada un segundo.
—Ella está obsesionada contigo.
—No.
La corregí automáticamente.
—Está obsesionada con perder.
Eso hizo que volviera a mirarme.
—Eso sonó muy arrogante.
—Porque probablemente lo fue.
Ella negó con la cabeza sonriendo apenas.
Luego sus ojos se movieron hacia el whisky.
—¿Eso ayuda?
Tomé el vaso otra vez.
—A veces.
—Mi papá decía que el alcohol solo hace más ruidosos los problemas.
La observé unos segundos.
—Tu padre habla demasiado.
—Y tú muy poco.
Punto para ella.
Se apoyó ligeramente sobre el escritorio.
—¿Siempre eras así?
Fruncí apenas el ceño.
—¿Así cómo?
—Como si estuvieras esperando que algo salga mal todo el tiempo.
La pregunta me dejó en silencio unos segundos.
Porque no sabía cómo responder eso sin decir demasiado.
Y últimamente decir demasiado con Valeria empezaba a pasarme seguido.
—Aprendes rápido cuando creces rodeado de gente peligrosa —respondí al final.
Ella me observó con atención.
Demasiada atención.
—¿Tu familia?
La tensión apareció inmediatamente.
Valeria lo notó.
Por supuesto que lo notó.
—No tienes que responder —dijo más bajo.
Pero ya era tarde.
Porque la pregunta se quedó ahí.
Y también los recuerdos.
Mi padre gritándome a los quince años que los hombres débiles terminaban destruidos.
Mi madre guardando silencio.
Siempre silencio.
Apreté ligeramente la mandíbula.
—Mi padre creía que confiar en alguien era un error.
Valeria no habló.
Solo escuchó.
Eso era nuevo para mí.
Continué mirando el vaso en mi mano.
—Decía que mientras menos personas necesitaras… menos daño podían hacerte.
Silencio.
—Eso es triste —murmuró ella.
Solté una pequeña risa seca.
—Eso es útil.
Valeria negó lentamente con la cabeza.
—No. Eso es solitario.
Levanté la mirada hacia ella.
Y ahí estaba otra vez.
Esa sensación incómoda de que podía verme demasiado.
—No me mires así —dije.
—¿Así cómo?
—Como si estuvieras intentando entenderme.
Ella sostuvo mi mirada sin moverse.
—Tal vez lo estoy intentando.
Maldita sea.
Mi respiración cambió apenas.
Muy poco.
Pero suficiente para notarlo.
Ella también lo notó.
El ambiente se volvió más pesado.
Más lento.
Valeria dio un pequeño paso hacia mí.
—¿Y eso te molesta? —preguntó en voz baja.
Sí.
Muchísimo.
Porque cada vez que ella se acercaba…
el control empezaba a romperse.
Me levanté lentamente de la silla.
Ahora estábamos demasiado cerca otra vez.
Peligrosamente cerca.
—Deberías ir a dormir, Valeria.
Ella levantó apenas el rostro hacia mí.
—Siempre haces eso.
—¿Qué cosa?
—Cambias el tema cuando algo se vuelve real.
Silencio.
Sus ojos bajaron involuntariamente hacia mis labios.
Y eso fue suficiente para destruir completamente mi paciencia.
Mi mano subió lentamente hacia su rostro.
Levanté apenas su barbilla.
Ella no se alejó.
Otra vez no se alejó.
—Esto ya es real —murmuré.
La respiración de Valeria se alteró apenas.
—Entonces deja de actuar como si no lo fuera.
Maldita sea.
Mi autocontrol estaba empezando a desaparecer.
Podía sentirlo.
La tensión.
La cercanía.
El calor de su respiración.
Todo.
Y cuando finalmente empecé a inclinarme hacia ella…
sonó su teléfono.
Los dos nos quedamos inmóviles inmediatamente.
Valeria cerró los ojos con frustración.
Yo solté el aire lentamente y me alejé apenas.
Ella sacó el teléfono rápidamente.
Y apenas vio la pantalla, su expresión cambió.
Todo el color desapareció de su rostro.
—Es el hospital —susurró.
El aire se congeló.
—¿Qué pasó? —pregunté inmediatamente.
Contestó rápido.
—¿Bueno?
Silencio.
Escuché cómo su respiración se volvía inestable.
—¿Qué? No, yo… voy para allá.
Colgó.
Sus manos temblaban.
Me acerqué inmediatamente.
—Valeria.
Ella levantó la mirada hacia mí.
Y el miedo en sus ojos fue suficiente para tensarme completamente.
—Mi papá desapareció.