Valeria Montrose fue la villana más odiada del Imperio de Elarion. Obsesionada con el príncipe heredero, manipuló, traicionó y destruyó a todos los que se interpusieron en su camino. Al final, fue ejecutada públicamente tras ser acusada de conspiración contra la corona.
Cuando la espada cae sobre su cuello, cree que todo ha terminado.
Sin embargo, despierta diez años atrás, en el día de su presentación en sociedad.
Esta vez conserva todos sus recuerdos.
Sabe que el príncipe nunca la amó. Sabe que la heroína del reino no era su enemiga. Y, sobre todo, sabe que detrás de su caída existía una conspiración mucho más grande que terminó provocando una guerra que destruyó el imperio.
Decidida a sobrevivir, Valeria toma una decisión inesperada:
No perseguirá al príncipe.
Pero cambiar el destino resulta más difícil de lo esperado cuando el propio príncipe comienza a interesarse por ella después de que deja de perseguirlo.
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19
Los pasillos del palacio, antes un laberinto de silencio y pompa, se habían convertido en un caos de corredores apresurados y susurros de pánico. Guardias y sirvientes cruzaban su camino, sus rostros pálidos bajo la luz parpadeante de las antorchas, como fantasmas de un orden que se desvanecía. Mientras corrían, Valeria sentía el libro bajo su vestido vibrar con una urgencia febril, mostrándole no un camino claro, sino una telaraña de posibilidades, la mayoría de ellas terminando en sangre y fuego.
—No podemos ir por las calles principales—dijo el príncipe, su voz corta por el esfuerzo mientras esquivaba a un grupo de damas de la corte que lloraban inconsolablemente—. Estarán llenas de los hombres de Cassian. Y de una multitud asustada que se volverá violenta con la misma facilidad con la que se vuelve cobarde.
—Conozco un camino—respondió Valeria, el libro susurrando mapas olvidados en su mente—. Un camino que no está en los mapas oficiales. Un camino que solo usan los... fantasmas del palacio.
Se desviaron hacia un pasillo secundario, oscuro y polvoriento, que terminaba en una pared de piedra aparentemente sólida. Valeria se detuvo, sus manos recorriendo la superficie, no buscando una palanca o un interruptor, sino... sintiendo. Sintiendo las corrientes de tiempo que habían erosionado la piedra, que habían creado debilidades invisibles para el ojo mortal.
—Aquí—dijo, empujando una sección de la pared que cedió con un gemido sordo, revelando un estrecho túnel descendente, oscuro y oloroso a tierra húmeda y a siglos de secretos—. Los túneles de los sirvientes. O, más específicamente, los túneles que los sirvientes usaban cuando los nobles querían que sus secretos permanecieran enterrados.
El príncipe la miró, su expresión una mezcla de asombro y aprensión. —¿Cómo sabes de esto?
—A veces, los secretos no se guardan en cofres—respondió Valeria, ya entrando en el túnel—. A veces se guardan en las paredes. Y las paredes, a mi pesar, tienden a hablar.
Mientras avanzaban por la oscuridad, el sonido de la batalla arriba se atenuaba, reemplazado por el goteo constante del agua y el eco de sus propios pasos, un ritmo siniestro que parecía contar la historia de cada traición que se había tramado en esas sombras.
—¿Crees que tenemos alguna posibilidad?—preguntó el príncipe, su voz inusualmente vulnerable en la penumbra—. ¿De detenerlo?
Valeria se detuvo, volviéndose hacia él. En la oscuridad, sus ojos parecían brillar con una luz propia, una luz que venía del libro, del conocimiento, del peso de futuros que ella era la única en poder ver.
—La posibilidad es un lujo que no nos podemos permitir, Alteza—respondió, su voz suave pero firme—. No estamos luchando por la posibilidad de ganar. Estamos luchando porque es lo correcto. Y a veces, eso tiene que ser suficiente.
Mientras hablaban, escucharon un ruido. No el eco de la batalla, sino algo más cercano. El sonido de metal raspando contra piedra. El sonido de herramientas.
Se apresuraron, encontrando el final del túnel en una reja oxidada que daba a un callejón oscuro. A través de los barrotes, pudieron ver la Casa de la Moneda. No como un imponente símbolo del poder económico del imperio, sino como un hormiguero de actividad frenética. Hombres armados, claramente mercenarios, patrullaban los alrededores, mientras otros, con herramientas y antorchas, trabajaban febrilmente en una de las paredes laterales del edificio.
—Dioses—susurró el príncipe, su voz llena de horror—. No están entrando. Están excavando. Creando una entrada propia.
—No están excavando para entrar—respondió Valeria, su voz llena de una comprensión aterradora—. Están excavando para instalar algo. Un mecanismo. Una forma de inundar la ciudad con su veneno sin siquiera tener que entrar en el edificio.
Mientras observaban, vieron a dos hombres arrastrar un gran objeto cubierto por una lona hacia el agujero que habían creado. Era una máquina, una construcción de metal y engranajes que parecía a la vez brutal y brillantemente ingeniosa.
—¿Qué es eso?—preguntó el príncipe.
—Es una prensa—respondió Valeria, su mente conectando los fragmentos de futuro que el libro le había mostrado—. Una prensa de monedas portátil. Rápida, eficiente, y completamente letal para la economía de un imperio.
Se quedaron en silencio, observando mientras los hombres de Cassian instalaban la máquina, sus movimientos precisos y experimentados. No eran solo mercenarios brutales. Eran artesanos del caos.
—Necesitamos una distracción—dijo el príncipe, su voz baja y urgente—. Algo grande. Algo que les haga apartar la vista de esa pared.
—Tengo algo mejor—respondió Valeria, ya sacando el Libro de los Destinos de su vestido—. Tengo la verdad.
Se sentó en el suelo oscuro, el libro abierto sobre sus rodillas. Cerró los ojos, abriendo su mente no solo al libro, sino a la ciudad entera. A las corrientes de tiempo que fluían a través de sus calles, a las historias que se contaban en sus sombras, a los ecos de promesas rotas y lealtades traicionadas.
Y entonces, comenzó a "leer". No las palabras en la página, sino el libro de la ciudad misma. Encontró la historia de Cassian, no como el mercenario formidable que era ahora, sino como el joven idealista que una vez había jurado lealtad al imperio, solo para ser traicionado por un noble corrupto que le robó su honor y su fortuna. Encontró la historia de los mercenarios que lo seguían, no como hombres sedientos de sangre, sino como soldados desesperados, hombres a los que el imperio había abandonado, dejándolos con nada más que sus espadas y su resentimiento.
Y encontró una debilidad. Una debilidad no en el plan de Cassian, sino en su corazón. Una debilidad que compartía con todos sus hombres: el anhelo no de riqueza, sino de justicia. Un anhelo que Harrington y hombres como él habían explotado y pisoteado.
—¿Qué estás haciendo?—preguntó el príncipe, su voz llena de una mezcla de asombro y temor mientras una extraña energía parecía emanar de Valeria, llenando el estrecho túnel con una luz etérea.
—Estoy cambiando la historia—respondió Valeria, su voz lejana, como si viniera de otro tiempo y lugar—. O, más específicamente, estoy contándola. La verdadera historia. La historia que Cassian y sus hombres han olvidado.
Mientras hablaba, el aire en el callejón de afuera cambió. No se enfrió ni se calentó. Simplemente... cambió. Los mercenarios dejaron de trabajar, mirando a su alrededor con confusión. Los guardias en el tejado de la Casa de la Moneda se irguieron, sus manos yendo a sus armas. Y en el distrito de los mercaderes, a lo lejos, tres fogatas se encendieron, como si fueran respondiendo a una llamada silenciosa.
—Eleanor y Marcus—dijo el príncipe, su voz llena de alivio—. Han visto la señal.
—No es solo una señal—respondió Valeria, sus ojos aún cerrados—. Es un eco. Un eco de una verdad que ha sido enterrada durante demasiado tiempo.
Y entonces, comenzó el cambio. No fue repentino, no fue violento. Fue sutil. Un mercenario, un hombre mayor con una cicatriz que le cruzaba el rostro, bajó su herramienta, su mirada perdida en la distancia. Otro, más joven, comenzó a tamborilear nerviosamente con los dedos en su espada, su rostro lleno de una confusión que se transformaba lentamente en duda.
—¿Qué está pasando?—preguntó Cassian, su voz cortando a través de la confusión creciente. Se giró, sus ojos escudriñando la oscuridad, como si supiera que el origen de la perturbación estaba cerca.
—Están recordando—respondió Valeria, ya abriendo los ojos, que ahora brillaban con una intensidad que el príncipe no había visto antes—. Están recordando por qué empezaron todo esto. No por el oro. No por el poder. Fueron por la justicia. Y ahora están viendo que el hombre al que siguen, Alistair, no les dará justicia. Les dará más de lo mismo. Más opresión. Más traición.
Mientras hablaban, el mercenario mayor dio un paso hacia adelante, su mirada fija en Cassian. —Lord Cassian. ¿Es esto lo que queremos? ¿Devaluar la moneda del pueblo? ¿Robarles los pocos centavos que les quedan? ¿No es eso lo que nos hizo levantarnos en primer lugar? ¿La codicia de los nobles?
Cassian se giró hacia él, su rostro una máscara de furia. —¡Cállate, soldado! ¡Tienes órdenes!
—Sí, tengo órdenes—respondió el mercenario, su voz ganando fuerza—. Pero también tengo conciencia. Y mi conciencia me dice que esto está mal.
Otro mercenario asintió, su mano abandonando el mango de su espada. —Él tiene razón. Esto no es justicia. Es venganza. Y la venganza, a menudo, es un fuego que consume tanto al que la inicia como a su objetivo.
La duda, como un virus, se extendió entre los hombres de Cassian. Sus movimientos se volvieron más lentos, más vacilantes. La lealtad ciega que los había impulsado estaba siendo reemplazada por una pregunta incómoda: ¿por qué?
—¡Traidores!—gritó Cassian, sacando su espada, su rostro contorsionado en una máscara de rabia y miedo—. ¿Se rebelan contra mí? ¿Ahora?
—No nos rebelamos contra ti, Cassian—dijo el mercenario mayor, su voz tranquila pero firme—. Nos rebelamos contra la injusticia. Y esto, esto es injusto.
Mientras la tensión en el callejón crecía, Valeria y el príncipe vieron su oportunidad. Con un movimiento silencioso, el príncipe abrió la reja, deslizándose hacia la sombra del callejón. Valeria lo siguió, sus movimientos fluidos y silenciosos como una serpiente.
Se acercaron sigilosamente a la máquina, la prensa de monedas que Cassian había instalado.
—¿Qué hacemos con ella?—susurró el príncipe, su mano yendo a una de las palancas de la máquina.
—No la destruimos—respondió Valeria, su voz baja pero urgente—. La usamos.
Mientras Cassian estaba distraído, enfrentándose a la rebelión de sus propios hombres, Valeria se acercó a la máquina, sus ojos recorriendo los engranajes y las palancas, no como una mecánica, sino como una Guardiana Renacida que podía ver el flujo de la energía, el propósito de cada pieza.
—Aquí—dijo, señalando una pequeña palanca en el lado de la máquina—. Este es el regulador de aleación. Controla la cantidad de metal base que se mezcla con el oro. Si lo cambiamos, si lo movemos completamente...
—Estaremos creando monedas que son casi completamente metal base—terminó el príncipe, su voz llena de comprensión—. Monedas que se verán como oro, pero que no tendrán ningún valor real.
—Exacto—respondió Valeria, ya ajustando la palanca con una delicadeza que contradecía la urgencia de la situación—. Le daremos a Cassian exactamente lo que quiere: monedas falsas. Pero serán nuestras monedas falsas. Monedas que, cuando intenten usarlas, no colapsarán la economía. Simplemente... serán inútiles.
Mientras terminaban, escucharon el sonido de una espada desenvainada. Se giraron, encontrándose con Cassian. Sus hombres, en lugar de seguirlo, se mantenían atrás, sus expresiones llenas de conflicto y duda.
—¡Tú!—gritó Cassian, señalando a Valeria con su espada—. ¡Eres la causa de esto! ¡Con tu magia, tus trucos, tus... mentiras!
—No he mentido, Cassian—respondió Valeria, su voz tranquila y clara, cortando a través de su rabia—. Solo he recordado a tus hombres la verdad. Una verdad que tú mismo has olvidado en tu sed de venganza.
—¡La venganza es la única justicia que este mundo entiende!—gritó él, ya avanzando hacia ellos.
Pero antes de que pudiera dar otro paso, una figura emergió de las sombras del otro lado del callejón. Era Eleanor, con Marcus a su lado, y detrás de ellos, una docena de guardias del palacio, sus espadas desenvainadas y listas.
—¡Ríndete, Cassian!—gritó el príncipe, su voz resonando con la autoridad de un rey nato—. Tu ejército te ha abandonado. Tu plan ha sido frustrado. Tu juego ha terminado.
Cassian se detuvo, sus ojos recorriendo la escena: la rebelión de sus hombres, la máquina saboteada, los guardias del palacio bloqueando su única escapatoria. Y por un momento, su furia se desvaneció, reemplazada por una profunda y abrumadora derrota.
—No... ha terminado—dijo, su voz baja pero cargada de una promesa aterradora. Se giró hacia Valeria, sus ojos brillando con un odio que trascendía la razón. —Esto es solo el comienzo. Y tú, tú pagarás por lo que has hecho.
Con un movimiento rápido y fluido, no se rindió. Se escapó. No hacia los guardias, sino hacia el túnel por el que Valeria y el príncipe habían entrado, desapareciendo en la oscuridad como un fantasma.
—¡Deténganlo!—gritó el príncipe, pero era demasiado tarde. Cassian se había ido, dejando atrás un ejército desmoronado y un plan frustrado.
Mientras los guardias se ocupaban de los mercenarios restantes, Valeria se acercó a la máquina, su mano descansando sobre el metal frío. Podía sentir el eco de la intención de Cassian, el deseo de destrucción que había imbuido en cada engranaje. Pero también podía sentir algo más. Un eco de Alistair. Una sutil influencia, una dirección que no provenía de la mente de un mercenario, sino de la de un maestro manipulador.
—No era solo su plan, ¿verdad?—preguntó el príncipe, acercándose a ella, su voz baja—. La idea de devaluar la moneda... era demasiado brillante, demasiado... maligna para venir de él.
—No—respondió Valeria, su voz llena de una comprensión sombría—. Cassian es la espada. Pero Alistair es la mano que la empuña. Y mientras estábamos aquí, luchando contra la espada, la mano ha estado moviendo otras piezas en el tablero.
Mientras hablaban, escucharon un sonido a lo lejos. No el de la batalla, sino el de una campana. Una sola campana, sonando lenta y solemnemente. No era una campana de alarma, ni una campana de victoria. Era la campana de la catedral. La campana que solo sonaba en una ocasión: cuando un miembro de la familia real había muerto.
—No—susurró el príncipe, su rostro pálido bajo la luz de la luna—. No puede ser.
Valeria lo miró, su corazón lleno de un miedo helado. El libro, en sus manos, pareció pesar una tonelada, sus páginas mostrándole una imagen, un futuro que había estado tratando de ignorar, un futuro que ahora se sentía inevitablemente real.
—Mientras estábamos aquí—dijo, su voz apenas un susurrro—. Mientras estábamos luchando contra el plan de Cassian, Alistair no estaba en las mazmorras. No estaba esperando su juicio. Estaba... actuando. Y su objetivo no era el oro. No era el poder.
Se detuvo, sus ojos encontrando los del príncipe, llenos de un horror y una tristeza que no tenían palabras.
—Su objetivo—dijo, su voz llena de un dolor que la traspasaba—. Siempre ha sido el trono. Y no el tuyo, Alteza. El del rey.