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Luna De Plata Y Sangre.

Luna De Plata Y Sangre.

Status: En proceso
Genre:Vampiro / Hombre lobo / Amor-odio
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Camila Rocha Mota

Hombres lobos y Vampiros se han odiado desde siempre. ¿Qué va a pasar luego de que el Alfa Andrew y la princesa de los vampiros Leonor compartan una noche de pasión?

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Fuego en la frontera.

...Capítulo 11....

...Parte 2...

...Fuego en la frontera....

...╭══════ .✧. ══════╮...

Andrew.

Entramos en combate rompiendo las filas enemigas. Allí, en medio del infierno, dejé ver por qué era yo su Alfa. No me escondía detrás de mis hombres; yo iba delante. Mi espada cortaba el aire y la carne con precisión letal. Me movía entre las sombras oscuras de los vampiros, abriendo paso, protegiendo a los heridos, cubriendo la huida de los civiles, matando a cualquiera que se interpusiera en mi camino. Liam estaba a mi lado, igual de implacable, cubriéndome el flanco derecho, peleando con una furia que igualaba a la mía.

Estábamos logrando frenar su avance, haciendo que pagaran cada metro de suelo, cuando lo vi.

En el centro de la plaza principal, rodeado de cadáveres y escombros ardiendo, estaba Talius.

Se mantenía de pie, imponente, con su larga capa negra ondeando alrededor de su figura alta y esbelta. Movía su espada larga y fina con una elegancia, una calma y una técnica que daba miedo ver. Mataba sin prisas, sin emoción, como si estuviera quitando malas hierbas de un jardín. No sudaba, no se cansaba, no sentía. Era la perfección fría de siglos de existencia y poder absoluto.

Levantó la vista y sus ojos negros se clavaron directamente en mí. Una sonrisa lenta y despectiva curvó sus labios. No había reconocimiento de un rival, ni siquiera de un peligro. Solo había desprecio.

Me abrí paso entre el combate, matando a dos guardias que intentaron detenerme, y me planté frente a él. El fuego nos rodeaba, creando un círculo de llamas a nuestro alrededor.

—Así que tú eres el famoso Alfa de la manada de perros —dijo Talius, rompiendo el silencio con una voz grave, profunda y cargada de una arrogancia infinita. Hablaba como si fuera un dios hablando con una hormiga—. Te esperaba más... grande. Más aterrador. Pero solo veo a un cachorro joven, impetuoso y estúpido, que viene a morir a mis pies.

—Vine a detener tus crímenes, monstruo —respondí, levantando mi espada, listo para atacar, sintiendo cómo la furia me recorría las venas—. Vine a decirte que nuestro suelo no es tuyo, y que no dejaremos que destruyas lo que hemos construido.

Talius soltó una carcajada, fría y burlona, y dio un paso hacia mí, moviéndose con una velocidad que apenas pude registrar. Esquivó mi primer golpe con una facilidad insultante, deslizándose a mi lado como una sombra, y me dio un golpe con el canto de su espada en el costado que me hizo trastabillar y me cortó la piel bajo la armadura.

—¿Detenerme? —repitió, acercándose de nuevo, jugando conmigo, atacando y retirándose antes de que pudiera contraatacar—. ¿Tú? ¿Un muchacho que apenas ha visto doscientos inviernos? No sabes nada, Alfa. No sabes de poder, ni de leyes, ni de lo que significa gobernar desde las sombras durante siglos. Para mí, tú y tu gente no sois más que una plaga molesta que Juls y yo decidiremos cuándo exterminar.

Atacó de nuevo, y esta vez el choque de nuestros aceros resonó como un trueno. Sus ojos negros me escrutaban, evaluando, subestimando. No tenía ni idea de quién era yo realmente. No tenía ni idea de que la mujer que él llamaba suya era la única debilidad que tenía, ni de que yo era el único capaz de despertarla. Para él, yo era solo un animal joven, inexperto, que se creía capaz de desafiar a dioses antiguos.

—Te crees muy fuerte porque quemas pueblos indefensos y matas a gente que no puede defenderse —le escupí, recuperando el equilibrio y atacando con más fuerza, impulsado por mi furia y por la fuerza de la Luna—. Pero eres un cobarde. Y crees que tienes todo el poder... hasta que te enfrentas a alguien que no tiene nada que perder.

Peleamos durante minutos que parecieron horas. Fue el combate más difícil de mi vida. Él tenía la experiencia, la técnica perfecta, la fuerza de siglos de magia y sangre. Yo tenía la furia, la resistencia, la fuerza bruta del Alfa y una determinación que lo asombraba. Logré herirlo; mi espada cortó su brazo y su pecho, pero él apenas pareció notarlo, mientras yo ya sentía el ardor de varios cortes y golpes que me irían doler durante semanas.

Pero la batalla general se nos iba de las manos.

Los vampiros traían más refuerzos, saliendo de los bosques como una marea interminable. Y cambiaron de táctica. Ya no solo luchaban contra nosotros: empezaron a prender fuego a todo lo que quedaba en pie, incluso a los refugios donde se habían escondido los ancianos y los niños. Querían borrar Valle Gris del mapa, dejar tierra quemada, un aviso para todo el que se atreviera a apoyarnos.

Liam apareció de pronto a mi lado, cubierto de sangre ajena y propia, con un corte profundo que le cruzaba el brazo izquierdo, tirando de mi brazo con desesperación.

—¡Andrew! —gritó por encima del estruendo de las llamas y los gritos—. ¡No podemos ganar aquí! ¡Nos van a rodear y nos aniquilarán a todos! ¡Están quemando todo, no quieren territorio, quieren exterminio! ¡Tenemos que sacar a los civiles que quedan y retirarnos o moriremos todos!

Miré alrededor. Lo vi todo. El pueblo desapareciendo entre llamas, los guerreros de la Manada Lobo Negro cayendo uno a uno, la sonrisa triunfal de Talius que nos observaba desde el centro del infierno, creyéndose el vencedor absoluto. Tenía razón. Quedarnos era un suicidio inútil que no salvaría a nadie.

Con el corazón hecho pedazos, con el sabor amargo de la derrota en la boca, levanté mi espada y di la orden más dolorosa que jamás he tenido que pronunciar:

—¡RETIRADA! —rugí, con voz quebrada por la rabia—. ¡Proteger a los civiles y retroceder! ¡Volved a la fortaleza!

Nos fuimos cabalgando hacia el sur, mirando cómo el fuego consumía todo lo que conocíamos, cómo el humo cubría el cielo como un manto de luto. Talius no nos persiguió. No lo necesitaba. Él ya había ganado esa batalla.

Regresamos al amanecer, destrozados, sucios de ceniza y sangre. Las bajas eran terribles. La Manada Lobo Negro había dejado de existir. Habíamos perdido amigos, aliados, provisiones vitales y territorio. La moral de mi gente estaba por los suelos.

En cuanto llegué a mis aposentos, me quité la pesada armadura, quedándome de nuevo con mi camisa y mis vaqueros, ahora manchados y rotos. Me acerqué a la ventana y miré hacia el norte, hacia donde aún se levantaba una columna de humo oscuro.

El dolor físico era agudo, pero era nada comparado con la rabia que sentía crecer en mi pecho, fría, calculadora y absoluta.

Talius me había subestimado. Me había tratado como a un cachorro, como a un perro sin experiencia. Y Juls, desde su castillo de piedra, había ordenado todo esto con la misma crueldad con la que había vendido a su propia hija.

Ahora lo tenía claro, más claro que nunca. No se trataba ya solo de reclamar a Leonor, ni de romper unas cadenas de oro. Se trataba de justicia. Se trataba de supervivencia.

Apreté los puños hasta que los nudillos se me pusieron blancos, mirando mi reflejo en el cristal, viendo al Alfa que ya no dudaba, al líder que sabía exactamente lo que tenía que hacer.

—Vosotros queríais guerra... —susurré a la oscuridad, con una voz que no reconocí, cargada de una promesa mortal—. Pues tendréis guerra. Y no pararé hasta que Talius caiga muerto a mis pies, y hasta que Juls y todo su imperio de oscuridad y mentiras sea reducido a cenizas, tal como ellos han reducido Valle Gris.

Para tenerla a ella... primero tenía que destruirlos a ellos. Y estaba dispuesto a quemar el mundo entero para conseguirlo.

...╰══════ .✧. ══════╯...

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