Maximiliano Vance es un implacable y atractivo CEO billonario con el corazón blindado por una traición del pasado. Su mayor desafío no es dominar los negocios, sino criar a su retraído hijo, quien ha ahuyentado a docenas de niñeras. Maximiliano juró no volver a confiar en nadie, y menos en las mujeres hermosas.
Mía Thorne, una dulce graduada en psicología infantil, se queda completamente sola tras la muerte de su abuela. Desalojada cruelmente por sus tíos y sin dinero para una renta, acepta desesperada el puesto de niñera residencial en la imponente mansión Vance.
Al usar su empatía para sanar al niño, Mía también agrieta la fría coraza de Maximiliano. Una atracción inevitable y peligrosa surge entre ambos, desafiando las estrictas reglas de su contrato. Sin embargo, secretos del pasado e intrigas corporativas amenazan con destruirlos. ¿Podrá el amor sanar a un hombre herido o ganará la desconfianza?
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El encuentro con el heredero
La primera noche en la mansión Vance se sintió más como una tregua armada que como un descanso reparador. Mía apenas pudo conciliar el sueño en la inmensa cama de la habitación de huéspedes que le habían asignado. El colchón era lujoso y las sábanas de seda egipcia acariciaban su piel, pero el silencio sepulcral de la casa, interrumpido solo por el eco lejano del viento golpeando los ventanales, la mantenía en un estado de alerta constante. Sabía que un solo paso en falso al día siguiente y volvería a encontrarse exactamente donde estaba horas antes: en la acera fría, con su maleta de cuero y los bolsillos vacíos.
A las seis de la mañana, el despertador de su teléfono —conectado a duras penas al cargador que la señora Gable le había facilitado de mala gana— cortó el silencio. Mía se levantó de inmediato, sintiendo un nudo de anticipación y nerviosismo en el estómago. Se duchó con rapidez, se recogió el cabello castaño en una coleta pulcra y se vistió con una blusa sencilla y unos pantalones oscuros. No tenía ropa de diseñador ni joyas, pero su mirada reflejaba una dignidad que ningún tiranuelo corporativo le iba a arrebatar.
Exactamente a las seis y cincuenta y cinco, Mía bajaba las escaleras de mármol hacia el comedor principal. El olor a café recién hecho y pan tostado flotaba en el aire, pero el ambiente seguía sintiéndose gélido.
Sentado a la cabecera de una mesa de roble lo suficientemente larga como para albergar a veinte personas, se encontraba Maximiliano Vance. Ya vestía un traje gris oscuro impecable, sin una sola arruga, y revisaba unos gráficos financieros en su tableta mientras le daba un sorbo a su taza de café negro. No había rastro del cansancio de la noche anterior en su rostro; parecía una máquina perfectamente aceitada para generar millones y triturar rivales.
Mía se detuvo a unos pasos de la mesa. —Buenos días, señor Vance.
Maximiliano no levantó la vista de inmediato. Esperó a terminar de leer una línea de su pantalla, deslizó el dedo para cerrarla y luego clavó sus ojos gris acero en ella. Su mirada la recorrió de arriba abajo, fría y analítica, como si estuviera evaluando los activos de una empresa en quiebra.
—Llega dos minutos antes de lo acordado, señorita Thorne. Prefiero la puntualidad exacta, pero la anticipación es aceptable —dijo, con su voz barítona y pausada—. Siéntese. Supongo que querrá desayunar antes de enfrentarse a su verdadero trabajo.
—Gracias, pero un café será suficiente —respondió Mía, tomando asiento a una distancia prudencial. Una de las sirvientas le sirvió una taza humeante de inmediato y se retiró en silencio, como si temiera respirar demasiado fuerte cerca del patrón.
—Mi ama de llaves ya le habrá dejado claro el reglamento interno, pero se lo repetiré yo mismo —continuó Maximiliano, entrelazando sus dedos largos sobre la mesa—. Leo es mi posesión más valiosa, el futuro de este imperio. No tolero la incompetencia. Si veo que sus métodos de "empatía" infantil lo vuelven blando o no muestran resultados cuantitativos en las próximas semanas, nuestro trato termina. ¿Está claro?
—Los niños no son transacciones comerciales, señor Vance, ni sus mentes se miden en gráficos de barras —replicó Mía, sosteniéndole la mirada a pesar de la presión intimidante que el hombre ejercía—. Leo ha pasado por un trauma severo debido al abandono. Forzarlo a ser un "heredero perfecto" antes de sanar sus heridas solo logrará cerrarlo más. Deme el mes que estipula el contrato y juzgue los resultados entonces.
Una chispa de sorpresa, mezclada con una peligrosa fascinación, brilló en los ojos del billonario. Maximiliano estaba acostumbrado a que sus directores ejecutivos temblaran ante su presencia, y ver a esta joven desamparada defender sus convicciones con tanta firmeza le resultaba irritante y magnético a la vez.
—Tiene treinta días, señorita Thorne. Ni un minuto más —sentenció él, poniéndose de pie con elegancia—. Ahora, acompáñeme. Es hora de que conozca al monstruo que ha ahuyentado a la mitad de las agencias de niñeras de la ciudad.
Subieron al segundo piso de la mansión, adentrándose en un ala que se sentía notablemente apartada del resto de la casa. Maximiliano se detuvo ante una puerta de madera clara con un pequeño letrero tallado que decía "Leo". El billonario no tocó; simplemente giró la perilla y abrió la puerta de golpe, revelando una habitación inmensa llena de juguetes costosos, una cama con forma de auto de carreras y estanterías repletas de libros que parecían no haber sido tocados en meses.
En una esquina de la habitación, sentado en el suelo alfombrado y de espaldas a la puerta, se encontraba un niño pequeño de cabello oscuro y revuelto. Tenía unos crayones esparcidos a su alrededor y concentraba toda su atención en una hoja de papel.
—Leo —llamó Maximiliano, su voz suavizándose apenas un grado, aunque seguía sonando autoritaria—. Deja eso. Esta es la señorita Mía Thorne. Ella será tu nueva cuidadora a partir de hoy. Espero que te comportes.
El pequeño no se movió. Ni siquiera giró la cabeza. Era como si las palabras de su padre fueran simples ruidos de fondo.
Maximiliano soltó un suspiro cargado de frustración y miró a Mía de reojo. —Ya lo ve. Es así todo el día. Si intentas quitarle los juguetes, grita; si intentas obligarlo a hablar, te ignora. Tienes hasta el almuerzo para lograr que al menos salga de esa esquina. Tengo una junta de accionistas y debo retirarme.
Sin esperar una respuesta, el CEO dio media vuelta y salió de la habitación, sus pasos firmes resonando en el pasillo hasta desaparecer.
Mía se quedó a solas con el niño. El silencio en la habitación se volvió denso. Como psicóloga, sabía perfectamente lo que estaba ocurriendo: el retraimiento de Leo no era rebeldía por malcriadez, era un mecanismo de defensa, un búnker emocional que el niño había construido para que nadie más pudiera lastimarlo tras la partida de su madre.
En lugar de acercarse corriendo, hablarle con voz aniñada o intentar ganárselo con promesas de dulces como seguramente habrían hecho las niñeras anteriores, Mía hizo algo completamente diferente. Se sentó en el suelo, cruzando las piernas, a unos dos metros de distancia de él. No invadió su espacio personal. Simplemente sacó un pequeño cuaderno de notas de su bolsillo y empezó a hojearlo en silencio, respetando el territorio del niño.
Pasaron diez minutos de absoluto silencio. Leo seguía pintando con un crayón negro, presionando el papel con tanta fuerza que la punta de cera terminó por romperse. El niño se tensó, esperando quizás un regaño que nunca llegó. Al ver que Mía no reaccionaba, el pequeño finalmente giró la cabeza unos centímetros, observándola de reojo a través de sus largas pestañas oscuras. Sus ojos eran idénticos a los de Maximiliano: grises, pero en lugar de tormenta y poder, los de Leo reflejaban un miedo profundo y una inmensa soledad.
Mía le sonrió con suavidad, una sonrisa genuina que no exigía nada a cambio. —Hola, Leo. Mi crayón favorito también es el negro. Sirve para dibujar los cielos de noche antes de que salgan las estrellas.
El niño parpadeó, desconcertado por la respuesta. Sin embargo, su defensa regresó de inmediato. Con un movimiento rápido y resentido, tomó el dibujo en el que estaba trabajando —un garabato confuso y oscuro de tres figuras humanas donde una de ellas estaba completamente tachada con líneas negras—, lo arrugó hasta convertirlo en una bola de papel y lo arrojó con fuerza hacia la cara de Mía.
El papel golpeó suavemente la mejilla de Mía y cayó al suelo. Leo se levantó de un salto, con los puños apretados y la respiración agitada, esperando la reprimenda, el castigo o la mirada de decepción. Pero Mía no se movió ni cambió su expresión. Con total calma, estiró la mano, tomó la bola de papel arrugado, la alisó con cuidado sobre su rodilla y la observó con atención.
Al ver que su provocación no había funcionado, Leo soltó un pequeño gruñido de frustración, corrió hacia el fondo de su habitación, abrió de par en par las puertas de su inmenso armario de ropa, entró en él y cerró las puertas desde adentro, sumergiéndose en la oscuridad voluntaria.
La habitación volvió a quedar en silencio.
Cualquier otra persona habría corrido a abrir el armario, exigiendo al niño que saliera por razones de seguridad o disciplina. Pero Mía Thorne sonrió levemente para sus adentros. El niño no la estaba rechazando a ella; estaba probando sus límites, midiendo si esta nueva intrusa se marcharía corriendo como todas las demás al primer signo de dificultad.
Mía se puso de pie con lentitud, caminó hacia el armario y, en lugar de abrir las puertas, se sentó en el suelo apoyando su espalda contra la madera de la puerta cerrada.
—¿Sabes una cosa, Leo? —dijo Mía en un tono de voz suave, lo suficientemente alto para que el niño la escuchara a través de la madera—. A veces los armarios son los mejores lugares del mundo. Son oscuros, son seguros y nadie puede molestarte ahí dentro. Cuando yo era pequeña y extrañaba mucho a mi mamá, también me escondía en el armario de mi abuela. Me quedaba allí sentada hasta que sentía que el mundo exterior ya no daba tanto miedo.
Del otro lado de la puerta, no hubo respuesta, pero Mía pudo escuchar el leve sonido de la respiración del niño apaciguándose. Ella se acomodó mejor contra la madera, sacó un pequeño libro de cuentos que llevaba en su bolso y comenzó a leer en voz baja, no para obligarlo a escuchar, sino para ofrecerle una compañía constante en medio de su oscuridad.
Mía sabía que derribar los muros del pequeño heredero Vance sería una tarea de paciencia infinita, un milímetro a la vez. Lo que aún no alcanzaba a vislumbrar era que, al sentarse frente a ese armario para salvar al hijo, estaba empezando a desmantelar, sin querer, la impenetrable fortaleza de hielo del temible billonario que gobernaba esa casa.