En una ciudad donde cada persona nace con un reloj invisible que marca el tiempo que le queda de vida, Akira, un joven reservado de 18 años, descubre que una misteriosa chica llamada Hana tiene algo imposible: su reloj está detenido.
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La Promesa Rota
"La culpa no desaparece con el paso de los siglos. Solo aprende a esconderse detrás del silencio."
El llanto de Kuro rompió el silencio del lago.
No era un llanto desesperado.
Era el de alguien que había cargado durante siglos un peso demasiado grande para un solo corazón.
Akira jamás imaginó verlo así.
Siempre había sido firme.
Sereno.
Inquebrantable.
Ahora parecía un hombre completamente diferente.
Hana dio un paso hacia él.
—Kuro...
Él levantó una mano.
-No.
Déjenme hablar antes de que pierda el valor para hacerlo.
La sacerdotisa Mizuki inclinó la cabeza con respeto.
Había esperado quinientos años para escuchar aquella confesión.
El fuego de la chimenea iluminaba el interior de la cabaña.
La lluvia había vuelto, golpeando suavemente el techo de madera.
Los cuatro permanecían en silencio.
Solo el crepitar de las llamas acompañaba la respiración entrecortada de Kuro.
Después de unos minutos, comenzó a hablar.
—Hace quinientos años... yo no me llamaba Kuro.
Mi verdadero nombre era Kazuki.
Akira sintió un leve estremecimiento.
Aquel nombre despertó una sensación extraña.
No era un recuerdo completo.
Solo una emoción.
Como si alguna vez hubiera pronunciado ese nombre cientos de veces.
—Era el capitán de la Guardia del Templo del Cerezo Eterno.
Mi deber era proteger el Árbol de las Almas.
A la sacerdotisa.
Y a ustedes.
Mizuki cerró lentamente los ojos.
—Eras el mejor espadachín de nuestra orden.
Kuro sonrió con amargura.
—Y también el mayor de los fracasos.
Las llamas comenzaron a oscurecerse.
El aire alrededor de Mizuki se llenó de pequeñas partículas plateadas.
Ella levantó la campana que llevaba consigo.
Estaño...
La habitación desapareció.
Akira sintió que el suelo bajo sus pies cambiaba.
Cuando abrió los ojos ya no estaba en la cabaña.
Se encontraba frente a un inmenso templo construido sobre la cima de una montaña.
Miles de faroles iluminaban los jardines.
Los cerezos estaban completamente florecidos.
Los pétalos caían como una lluvia blanca.
Todo parecía vivo.
Todo respiraba paz.
—Esto ocurrió realmente —dijo Mizuki.
—No es un sueño.
Es un recuerdo.
Un joven de cabello negro entrenaba con una espada de madera en el patio principal.
Era alto.
Fuerte.
Su mirada transmitía una serenidad extraordinaria.
Akira lo reconoció de inmediato.
Era Kuro.
Solo que mucho más joven.
Vestía una armadura ligera de color azul oscuro.
Terminó un movimiento y guardó la espada.
Entonces dos voces llamaron su atención.
—¡Kazuki!
Giró sonriendo.
Dos adolescentes corrieron hacia él.
Hayato.
Y Aoi.
Akira y Hana.
Quinientos años atrás.
Los tres comenzaron a conversar entre risas.
Kazuki despeinó el cabello de Hayato.
—Si vuelves a escaparte del entrenamiento, tu padre terminará culpándome.
Hayato respondió riendo.
—Entonces no le digas nada.
Aoi cruzó los brazos.
—Eres un pésimo ejemplo.
Kazuki levantó las manos.
—No escuché nada.
Los tres rieron.
Hana observaba aquella escena con lágrimas en los ojos.
—Éramos felices...
Mizuki.
—Muchísimo.
Las imágenes continuaron.
Los cuatro compartiendo la cena.
Entrenando.
Recorriendo los jardines.
Celebrando el Festival de la Primavera.
Kazuki siempre permanecía cerca de ellos.
Como un hermano mayor.
Proteglos.
Corrigiéndolos.
Riéndose de sus discusiones.
Akira comprendió entonces por qué sintió tanta confianza hacia Kuro desde el primer día.
No era casualidad.
Su alma ya lo conocía.
La visión cambió.
El cielo se cubrió de nubes negras.
El viento comenzó a soplar con violencia.
Las campanas del templo suenan sin descanso.
Los monjes corrían de un lado a otro.
Algo terrible estaba ocurriendo.
Kazuki apareció frente al salón principal.
Allí lo esperaba un hombre.
Vestía una túnica blanca.
Su cabello era completamente plateado.
Su rostro irradiaba autoridad.
-Maestro...
dijo Kazuki inclinándose.
El anciano apoyó una mano sobre su hombro.
—Debemos preparar el Árbol.
Ha llegado el momento.
Akira observó confundido.
—¿Quién era?
Mizuki respondió.
—El Gran Maestro Seiryū.
Líder del templo.
La persona en quien todos confiábamos.
El recuerdo avanzó nuevamente.
Aquella noche el templo estaba iluminado por cientos de velas.
Hayato y Aoi permanecían de pie frente al enorme cerezo.
Tomados de las manos.
Mizuki realizó una ceremonia.
Kazuki vigilaba los alrededores.
Todo parecía perfecto.
Hasta que...
El viento desapareció.
Los pétalos dejaron de caer.
Y una voz rompió el silencio.
—Qué ceremonia tan hermosa.
Todos giraron.
El Gran Maestro Seiryū caminaba lentamente hacia ellos.
Sonreía.
Pero algo en su mirada había cambiado.
Era fría.
Vacía.
Mizuki retrocedió.
-Maestro...
¿Qué hace aquí?
Él siguió caminando.
—Vine a presenciar el nacimiento de una nueva era.
Akira sintió que el corazón comenzaba a acelerarse.
Sabía que algo terrible estaba a punto de suceder.
Kazuki también lo había comprendido.
Llevó inmediatamente la mano a la empuñadura de su espada.
—No dé un paso más.
El anciano sonrió.
—Siempre fui demasiado desconfiado.
Kazuki desenvainó la espada.
—Y usted... jamás llegó tarde a una ceremonia.
¿Por qué hoy sí?
Durante unos segundos nadie habló.
Después...
El anciano comenzó a aplaudir lentamente.
—Excelente.
Descubriste la verdad.
Pero demasiado tarde.
El suelo comenzó a temblar.
Del interior del árbol surgieron enormes raíces negras.
Los pétalos blancos se oscurecieron.
El cielo quedó cubierto por una sombra gigantesca.
Los monjes comenzaron a gritar.
Kazuki atacó inmediatamente.
Su espada atravesó el aire con una velocidad increíble.
Pero...
El anciano detuvo el golpe con una sola mano.
Akira abrió los ojos con sorpresa.
Aquello era imposible.
—¿Por qué? —gritó Kazuki.
La respuesta del anciano fue tranquila.
Como si hablara de algo insignificante.
—Porque estoy cansado de obedecer al destino.
Mizuki dio un paso atrás.
—¿Qué...?
Seiryū levantó lentamente ambas manos.
Las raíces comenzaron a envolver el Árbol de las Almas.
—Durante siglos protegimos este árbol creyendo que era un regalo de los dioses.
Pero comprendí la verdad.
Es una prisión.
Nos obliga a repetir la misma historia una y otra vez.
Amores.
Guerras.
Dolor.
Todo vuelve a comenzar.
Siempre.
¿Por qué deberíamos aceptar ese ciclo?
Akira sintió una extraña duda.
Las palabras del anciano sonaban terribles.
Pero también...
Tenían cierta lógica.
Renacer una y otra vez.
Perderse una y otra vez.
¿Realmente era un regalo?
O una condena.
Como si pudiera leer sus pensamientos, Mizuki habló.
—No lo escuchas.
Solo dice una parte de la verdad.
Seiryū sonrió.
—Por supuesto.
Porque la otra parte me favorece aún más.
El anciano extendiendo una mano hacia Hayato y Aoi.
—Sus almas eran la llave.
El Árbol solo podía mantenerse vivo mientras existieran almas capaces de amarse sin importar las vidas.
Por eso decidí romper ese vínculo.
Destruyendo a quienes lo sostenían.
Hana sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
—¿Nos mataron...?
La visión comenzó a distorsionarse.
El fuego.
Los gritos.
Las espadas chocando.
Kazuki lucha desesperadamente contra decenas de enemigos.
Mizuki protegiendo el árbol.
Hayato sujetando la mano de Aoi mientras intentaban escapar.
Y entonces...
Un sonido.
El de una flecha atravesando el aire.
Akira sintió un dolor agudo en el pecho.
La escena se congeló justo antes del impacto.
Kuro cierra los ojos.
Las lágrimas volvieron a correr por su rostro.
—Llegué...
demasiado tarde.
La visión desapareció.
Todos regresaron a la cabaña.
El silencio era insoportable.
Akira respiraba con dificultad.
Sentía el dolor de aquella flecha como si acabaría de recibirla.
Hana tenía las manos temblando.
—Entonces...
¿Todo comenzó por una traición?
Mizuki lentamente.
Pero antes de que pudiera responder, alguien golpeó tres veces la puerta de la cabaña.
Toc...
Toc...
Toc...
Todos se quedaron inmóviles.
Ninguna era posible.
Nadie conocía aquel refugio.
Una voz anciana resonó desde el exterior.
—Han pasado quinientos años...
Y, aun así...
Siguen culpándome de todo.
Kuro empalideció.
Su espada cayó al suelo.
Porque conocía aquella voz.
Era imposible.
Absolutamente imposible.
El hombre que hablaba...
Había muerto hacía cinco siglos.