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Sombras De Dragón

Sombras De Dragón

Status: En proceso
Genre:Pareja destinada / Superpoder / Época / Dragones
Popularitas:2.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Tatiana.

Roxana murió en su época original —el siglo XXI— en un accidente durante una expedición arqueológica, justo mientras estudiaba documentos antiguos sobre la Dinastía Tang. Su último pensamiento fue: “Ojalá hubiera podido ver cómo vivían realmente aquí”. Al abrir los ojos, se encontró en un jardín lleno de flores de loto, vestida con sedas finas y rodeada de personas que la llamaban “señorita Wén”. Había renacido, conservando todos sus recuerdos, conocimientos científicos, habilidades y su personalidad intacta: terca, inteligente, caprichosa y nada dispuesta a someterse a las normas estrictas de la antigüedad.
En esta nueva vida, creció rodeada de amor: sus padres le permitían estudiar, viajar y decir lo que pensaba; sus hermanos la seguían a todas partes como sus fieles escuderos. Pero al cumplir dieciséis años, fue invitada a la fiesta del Palacio Imperial, donde conoció al Emperador Li Longjun: un hombre hermoso, frío y poderoso, al que todos temían y respetaban.

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Capítulo 12: Críticas que crecen, apoyo que se fortalece.

Las palabras viajan más rápido que el viento, y en la corte imperial, donde todos vigilan y comentan cada paso que se da, la historia de Roxana Wén se había convertido en el tema principal de todas las conversaciones. Desde la noche de la fiesta, y mucho más desde que el Emperador empezaba a visitarla casi a diario, las voces que hablaban contra ella habían crecido como malas hierbas, mezclando envidia, prejuicios y miedo ante lo que ella representaba.

Ya no eran solo las damas de la nobleza las que susurraban con veneno en la voz. Ahora eran también ministros, generales y consejeros, hombres que veían con malos ojos que una joven, hija de un funcionario, sin títulos ni riquezas antiguas, hubiera captado la atención del Emperador y, peor aún, que influyera en sus decisiones, en sus leyes y en la forma en que gobernaba.

—Es una bruja, sin duda —decía el ministro Zhang, que nunca había olvidado ni perdonado que ella lo hubiera corregido delante de todos—. Ha usado hechizos para confundir la mente de Su Majestad. ¿Cómo si no se explica que él deje los asuntos del imperio para ir corriendo a verla? ¿Cómo se explica que escuche sus consejos sobre tierras, agua y leyes? Una mujer no puede saber esas cosas. Solo puede ser magia negra.

—Y lo peor es cómo se comporta —añadía otro anciano consejero, moviendo la cabeza con desaprobación—. No sabe su lugar. No se inclina lo suficiente, no baja la cabeza, habla con libertad, da órdenes como si fuera ella la que manda. Está rompiendo todas las tradiciones, todas las normas que han mantenido el orden en este reino durante siglos. Si esto sigue así, todo se vendrá abajo.

—Además, es peligrosa —intervenía un tercero—. Le está metiendo ideas raras en la cabeza al Emperador. Dice que todos deben aprender, que las mujeres deben trabajar, que los campesinos tienen derechos… cosas que nunca se han escuchado. Esas ideas traen desorden, confusión y rebelión. Ella es una amenaza para todo lo que conocemos.

Estas conversaciones se repetían en cada pasillo, en cada sala, en cada reunión. Todos hablaban mal de ella, la juzgaban, la acusaban de cosas terribles, siempre a sus espaldas, siempre con miedo de que el Emperador los escuchara, pero seguros de que sus palabras llegarían a oídos de todos. Decían que era arrogante, que era mala influencia, que quería dominar al imperio, que no tenía honor ni educación.

Pero lo que no sabían era que, por cada palabra mala que decían, había alguien dispuesto a defenderla con más fuerza. Y el primero en hacerlo era su propio padre, Wén Chen.

Un día, en una reunión de funcionarios, varios hombres se pusieron a hablar de ella con desprecio, creyendo que, como él estaba lejos o parecía tranquilo, no escucharía.

—Pobre Wén Chen —dijo uno—. Tiene una hija que le da vergüenza. En lugar de ser una buena muchacha, tranquila y recatada, anda por ahí metiéndose en todo, llamando la atención, haciendo que todos hablen mal de su familia. Seguro que él está apenado y no sabe qué hacer con ella.

Wén Chen, que estaba revisando unos documentos, cerró su cuaderno despacio, se puso de pie y caminó hacia el grupo con paso firme, su rostro serio pero lleno de dignidad. Todos se callaron al verlo acercarse, sorprendidos por su expresión.

—Se equivocan profundamente, señores —dijo él con voz clara y firme, que resonó en toda la sala—. Mi hija no es ninguna vergüenza. Mi hija es el mayor orgullo de mi vida y de esta familia.

Hizo una pausa, mirando a cada uno a los ojos, y continuó con fuerza:

—Hablan de ella como si fuera algo malo, solo porque es diferente. Solo porque es inteligente, valiente, libre y capaz de hacer cosas que ninguno de ustedes podría imaginar. La critican porque no se queda callada, porque piensa, porque ayuda, porque dice la verdad. Pero yo les digo: yo daría mi vida por ella, y mil veces más. Y si creen que hablando mal de ella me ofenden o me avergüenzan, se equivocan. Al contrario: cada vez que la critican, demuestran que ustedes son pequeños, que tienen miedo a lo que no entienden, y que no tienen ni la mitad de su valor ni de su sabiduría.

Se giró para irse, pero antes añadió con dignidad:

—Y recuerden bien esto: mientras yo viva, defenderé su nombre con todo lo que soy. Y el día que tengan el valor de decirle a la cara lo que dicen a sus espaldas… entonces podremos hablar. Hasta entonces, sus palabras no valen nada.

Se marchó dejando a todos callados, avergonzados y sorprendidos. Nadie había visto nunca a Wén Chen hablar así, con tanta fuerza y tanta seguridad. Y todos entendieron que, aunque criticaran a su hija, el padre estaba de su lado, totalmente, incondicionalmente.

Pero el apoyo no venía solo de su familia. También venía de la persona más respetada de todo el palacio: la Emperatriz Viuda Zhāo.

Desde aquella vez que había defendido a Roxana públicamente, la anciana señora sentía por ella un cariño especial, una admiración profunda. Veía en esa joven todo lo que ella misma había sido en su juventud: fuerte, inteligente, decidida, capaz de ver más allá de las reglas estúpidas. Y veía también cómo su hijo, el Emperador, había cambiado para bien desde que ella había aparecido en su vida: estaba más alegre, más despierto, más interesado en gobernar de verdad, con ideas nuevas y ganas de mejorar el imperio.

Así que, cuando los rumores y las críticas crecieron tanto que llegaron hasta sus oídos, la Emperatriz Viuda no se quedó quieta. Envió una invitación oficial a la mansión Wén, pidiendo que Roxana fuera a visitarla a sus aposentos privados, sin acompañantes, sin formalidades, solo para charlar.

Cuando Roxana llegó, un poco sorprendida pero tranquila como siempre, la anciana la recibió con una sonrisa cálida y la hizo sentarse a su lado, como si fuera su propia nieta.

—Siéntate, querida —le dijo, tomándole la mano—. Sé lo que dicen de ti. Sé que muchos hablan mal, que te critican, que intentan manchar tu nombre. No creas que no lo sé. Todo lo que pasa en este palacio llega a mis oídos, tarde o temprano.

Roxana se encogió de hombros con calma, mirando a la anciana con franqueza.

—No me importa, Majestad. Dicen lo que no entienden. Me critican porque soy distinta, porque pienso diferente, porque no me dejo encerrar en lo que ellos creen que debe ser una mujer. Pero yo no voy a cambiar. No voy a ser como ellos solo para que estén contentos.

La Emperatriz Viuda rio suavemente, le apretó la mano con cariño y asintió con fuerza.

—¡Esa es mi niña! Me gusta esa respuesta. Y quiero que sepas que, mientras yo esté viva, nadie te hará daño. Yo te conozco. Yo sé quién eres. Sé que eres buena, que eres sabia, que todo lo que haces es por el bien de todos. Y para mí, eres la compañía más agradable, la persona más brillante que hay en esta corte llena de gente aburrida y llena de apariencias.

Desde ese día, las visitas se volvieron frecuentes. Roxana iba a verla casi todas las semanas; pasaban horas hablando de todo: de historia, de leyes, de medicina, de educación, de cómo habían sido las cosas en el pasado y cómo podían ser mejor en el futuro. La Emperatriz Viuda le enseñaba lo que sabía de la corte, le explicaba las intrigas, le daba consejos sobre cómo moverse entre tantas personas que querían hacerle daño, y le abría las puertas de todo lo que ella necesitaba.

Y para todos los que estaban en el palacio, esto era un mensaje claro: si la Emperatriz Viuda la recibía, la escuchaba y la trataba con tanto cariño, era porque Roxana Wén tenía un valor que nadie podía negar. Y criticarla ahora era también criticar a la madre del Emperador, algo que nadie se atrevía a hacer.

Pero el golpe final, el que silenció casi todas las bocas, vino del propio Li Longjun.

Él también había escuchado los rumores. Él también sabía que en cada rincón hablaban mal de ella, que la acusaban, que intentaban dañarla. Y al principio, había tratado de ignorarlo, pensando que no valía la pena prestar atención a gente que no entendía nada. Pero cuando se enteró de que incluso habían ido a hablar con su madre para que ella "le quitara esa mala influencia", y cuando supo que algunos ministros habían pedido a su padre que la controlara o que la encerrara para que no causara problemas más grandes… entonces, su paciencia se acabó.

Una mañana, convocó a una reunión oficial de todos los funcionarios, nobles y consejeros del imperio. Todos estaban allí, llenando la gran sala, esperando escuchar las nuevas leyes o decisiones que él tenía que anunciar. Pero cuando él entró, se dio cuenta de inmediato de que algo pasaba. Su rostro estaba serio, muy serio, sus ojos oscuros brillaban con una furia contenida que nadie había visto jamás, y su presencia era tan pesada y fuerte que todos se sentían pequeños ante él.

Se subió al estrado, miró a todos uno por uno, y su voz resonó en toda la sala, firme, autoritaria y aterradora:

—Desde hace semanas, escucho rumores. Escucho palabras que me dan asco. Escucho acusaciones, mentiras y críticas contra alguien que es la persona más honesta, más sabia y más valiosa que existe en este imperio: la señorita Roxana Wén.

Un murmullo de sorpresa recorrió la sala, pero nadie se atrevió a hablar. Li Longjun continuó, con voz más fuerte:

—Hablan mal de ella. Dicen que es mala influencia, que rompe normas, que confunde mi mente. La llaman bruja, la llaman arrogante, la llaman peligrosa. Y lo hacen porque son ciegos. Porque no ven lo que yo veo. Porque no entienden que ella no rompe las normas por maldad, sino porque las normas que ustedes defienden son estúpidas, antiguas y no sirven para nada más que para encerrar a las personas y quitarles su valor.

Dio un paso al frente, y su mirada se clavó en el ministro Zhang y en todos los que más hablaban contra ella:

—Ella me ha enseñado más que todos ustedes juntos en todos los años que llevan aquí. Ella me ha dado ideas que salvan vidas, que mejoran cosechas, que hacen que nuestro pueblo viva mejor. Ella es la luz que me guía, la verdad que me acompaña y lo mejor que le ha pasado a este reino.

Hizo una pausa, y luego pronunció las palabras que cambiarían todo para siempre:

—Por eso, hoy decreto esto, y que quede escrito en las leyes y en la memoria de todos: Nadie, absolutamente nadie, en todo el imperio, tiene derecho a insultarla, a juzgarla, a criticarla, a hablar mal de ella o a tratarla con falta de respeto.

Su voz bajó un poco, pero se volvió más peligrosa, más amenazante:

—La señorita Roxana Wén tiene el mismo honor, el mismo respeto y la misma autoridad que si fuera mi propia hermana, mi propia madre o mi propia esposa. Quien le falte el respeto a ella, me falta el respeto a mí. Quien le haga daño a ella, me hace daño a mí. Y quien se atreva a decir una sola palabra contra ella, será tratado como un traidor al imperio y sufrirá el castigo más severo que exista.

Miró a todos, sin dejar dudas:

—Esto es ley. Y quien no esté de acuerdo… puede irse ahora mismo y abandonar su cargo, su título y su vida en la corte. Porque mientras yo gobierne, ella estará aquí, será respetada, será escuchada y será protegida por mí, por mi familia y por la ley.

Nadie se movió. Nadie dijo nada. El miedo y el asombro llenaban la sala. Todos entendieron que el Emperador había hablado claro, y que ahora, criticar a Roxana Wén no era solo una mala palabra… era un delito contra el propio Emperador.

Cuando la reunión terminó y todos se marcharon, callados y pensativos, Li Longjun fue directamente a buscarla a la mansión Wén. La encontró en el jardín, como siempre, tranquila y serena. Se acercó a ella, le tomó las manos entre las suyas y le dijo con voz llena de amor y orgullo:

—Ya nadie podrá decirte nada, mi vida. Ya nadie podrá hacerte daño. He dado mi palabra, y mi palabra es ley en todo el mundo. Ahora eres libre de ser tú misma, libre de hablar, libre de pensar, libre de actuar… porque yo he puesto a todo el imperio a tus pies.

Roxana lo miró, vio la fuerza y el amor en sus ojos, y supo que ya no había nada que temer. Las críticas seguían existiendo, sí, en los corazones de los envidiosos y los ignorantes, pero ya no tenían poder. Porque ella tenía a su padre, que la defendía con dignidad. Tenía a la Emperatriz Viuda, que la apoyaba con sabiduría. Y tenía al Emperador, que había convertido su amor en ley, que la había puesto por encima de todo y de todos, y que haría cualquier cosa para que ella fuera respetada, valorada y feliz.

Y así, entre las críticas que se quedaban sin fuerza y el apoyo que crecía cada día más, Roxana Wén seguía su camino, más fuerte, más brillante y más segura que nunca, sabiendo que tenía el respaldo de los más grandes, y que su lugar, al lado del hombre que gobernaba el mundo, ya estaba asegurado para siempre.

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Marisela Morales
los hijos son el tesoro más grande ❤️❤️❤️ de la vida 🤩❤️🤩❤️🤩❤️🧬🤩
Marisela Morales
❤️❤️❤️❤️❤️❤️❤️❤️❤️. felicidades 🥳🥳🥳🥳
Marisela Morales
omg esto está de comerce las uñas/Grimace//Grimace//Grimace//Grimace//Grimace//Grimace/
Marisela Morales
/Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm/ te perdimos emperador te enamoraste obsesiva mente
Marisela Morales
corre,corre y alcanzala si puedes🤣🤣🤣🤣
Penelope
Excelente, trama. Gracias
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