INERCIA
(Dinastía Fontane — Libro II)
Por: Sherly Blanco
Un corazón roto por el luto y un alma blindada por el pasado están a punto de descubrir que hay fuerzas que ni el tiempo ni la culpa pueden detener.
A sus treinta años, Juliana ha logrado construir una vida perfecta sobre los cimientos del orden, la danza y la entrega absoluta a su hija Athenea. Tras las tormentas que sacudieron a la dinastía Fontane, su academia de ballet es su refugio y su escudo. Ella tiene una regla clara: su corazón no volverá a arriesgarse, y aunque la presencia de Andrés le acelera el pulso, se repite a sí misma que aún no es el momento.
Por su parte, Andrés ha caminado entre las sombras del dolor desde la trágica partida de Juliette. Convertido en un hombre maduro, disciplinado y protector, su único faro ha sido la crianza del pequeño Andreis Julián. Sin embargo, su devoción por Juliana no ha hecho más que crecer con los años. Ya no es el joven inmaduro de antes; ahora es un hombre dispuesto a luchar día
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Prólogo: El Eco de una Ausencia
El silencio en el gran salón de la academia de danza siempre tenía una textura diferente cuando las luces se apagaban. No era un vacío absoluto, sino una densa calma cargada de acordes fantasmas, del eco de zapatillas rozando el suelo de madera y de respiraciones contenidas.
Juliana permanecía de pie junto al gran ventanal, contemplando cómo las luces de la ciudad comenzaban a encenderse bajo el cielo de la tarde. A sus treinta años, el espejo frente a ella no devolvía la imagen de la joven vulnerable que alguna vez tambaleó ante los golpes de la vida; ahora reflejaba a una mujer de una elegancia imponente, con la madurez grabada en la fijeza de su mirada y el orgullo de quien ha levantado un imperio con sus propias manos.
Su vida estaba en perfecto orden. Athenea, su pequeña luz, crecía sana y feliz, y la academia marchaba con el compás exacto de una coreografía perfecta. Juliana había construido un muro de hielo y disciplina alrededor de su corazón, convenciéndose de que la quietud era lo mismo que la paz. Se decía a sí misma que el amor era un lujo que ya no podía permitirse.
Sin embargo, el destino no entiende de murallas.
La puerta del salón se abrió con un crujido suave, rompiendo la penumbra. No hizo falta que Juliana se girara para saber quién era; el aire de la habitación cambió instantáneamente, volviéndose más denso, más cálido. Los pasos de Andrés eran firmes, pausados, cargados de la gravedad de un hombre que había aprendido a caminar cargando el peso del luto sobre los hombros.
Andrés ya no era el trillizo impulsivo de los años universitarios. La pérdida de Juliette y la paternidad solitaria del pequeño Andreis Julián lo habían transformado en un hombre de una templanza inquebrantable, con la mirada oscura más profunda y los hombros más anchos, listos para sostener el mundo si fuera necesario.
Se detuvo a pocos pasos de ella, respetando esa distancia invisible que Juliana se esmeraba en marcar todos los días. En sus brazos, el pequeño Andreis Julián dormía profundamente, con la cabeza apoyada en su pecho, mientras que la pequeña Athenea venía tomada de su otra mano, bostezando con cansancio.
—Ya es tarde, Juli —dijo Andrés, con esa voz grave y serena que a ella siempre le provocaba un vuelco secreto en el estómago—. Los niños están cansados. Es hora de volver a casa.
Juliana se giró lentamente. Al verlos allí reunidos, una punzada de ternura y un miedo cerval la golpearon al mismo tiempo. Ellos ya parecían una familia. El lazo entre los niños era indisoluble, y la devoción con la que Andrés cuidaba de ambos era una verdad que sus ojos no podían negar.
Caminó hacia él para tomar a Athenea de la mano, pero al hacerlo, sus dedos rozaron la piel de Andrés. Fue un contacto de apenas un milisegundo, pero una corriente eléctrica, una fuerza invisible y antigua que ambos llevaban años intentando reprimir, congeló el tiempo en el salón.
Andrés la miró fijamente. En el fondo de sus ojos oscuros no había duda, solo una promesa silenciosa y eterna. Él no iba a presionar, él sabía esperar, pero tampoco iba a renunciar a ella.
Juliana dio un paso atrás, rompiendo el contacto y aclarándose la garganta, forzando una sonrisa profesional que no llegó a sus ojos.
—Sí... tienes razón. Es tarde. Vayamos a casa.
Caminaron hacia la salida en silencio, pero el aire ya estaba alterado. Juliana miró hacia el suelo de madera, sabiendo en lo más profundo de su ser que la resistencia era inútil. Por más que intentara frenar sus sentimientos por respeto a los fantasmas del pasado, la maquinaria del destino ya se había puesto en marcha.
El luto se estaba gastando, el invierno de su corazón estaba cediendo, y la fuerza de Andrés la estaba arrastrando hacia un abismo del que no quería salvarse. La inercia del amor había comenzado, y ya nada en el mundo la podría detener.