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Azúcar Amargo

Azúcar Amargo

Status: En proceso
Genre:Romance / CEO / Reencuentro
Popularitas:2.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Sarita King

Samantha Torres solo quería salvar su pastelería y cuidar de su hermana menor; jamás imaginó que una bandeja de crema pastelera la llevaría directamente a los brazos del hombre más peligroso, arrogante y fascinante de la ciudad: Viktor D'Angelo.

NovelToon tiene autorización de Sarita King para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Crema sobre un traje italiano

Samantha Torres

Hay personas que llegan a tu vida para cambiarlo todo.

En mi caso, llegó cinco minutos antes de que terminara mi turno, con cara de pocos amigos, un reloj que probablemente costaba más que mi matrícula universitaria y un traje italiano que terminó cubierto de crema pastelera.

Pero estoy adelantándome.

Permítanme comenzar por el principio.

Mi nombre es Samantha Torres.

Tengo veintidós años, estudio Economía y Administración de Empresas por las mañanas, trabajo por las tardes en una pequeña pastelería llamada Crema Chantilly y sobrevivo gracias a una combinación peligrosa de café, terquedad y milagros financieros.

No es una exageración.

La noche anterior había pasado tres horas intentando decidir qué factura pagar primero.

¿Electricidad?

¿Internet?

¿Agua?

La respuesta correcta era todas.

La respuesta real era ninguna.

Porque mi cuenta bancaria estaba tan vacía que hasta el cajero automático parecía sentir lástima por mí.

—Samantha, deja de mirar los números como si fueran a multiplicarse solos.

Levanté la cabeza.

Mi mejor amiga, Olivia Fisher, estaba apoyada sobre el mostrador con un delantal cubierto de harina.

—Solo intento convencer a la realidad de cooperar.

—¿Y funciona?

—No.

—Qué sorpresa.

Le lancé una servilleta.

Ella me sacó la lengua.

Era una escena completamente normal.

Tan normal como el olor a vainilla recién horneada que llenaba el local.

Tan normal como la música suave que sonaba de fondo.

Tan normal como las preocupaciones que llevaba acumulando desde hacía años.

Desde que mis padres murieron.

Todavía había días en los que despertaba esperando escuchar la voz de mamá.

O la risa de papá.

Luego recordaba que ya no estaban.

Y que ahora todo dependía de mí.

Especialmente Evelyn.

Mi hermana pequeña.

Mi razón para levantarme cada mañana.

Mi mayor responsabilidad.

Y también mi mayor alegría.

—¿A qué hora sales hoy? —preguntó Olivia.

—En veinte minutos.

—¿Vas por Evelyn?

—Como siempre.

Mi hermana tenía doce años y la costumbre de adoptar cualquier animal callejero que encontrara.

La última vez había intentado convencerme de quedarnos con una cabra.

Una cabra.

Todavía no entendía de dónde la había sacado.

—Te juro que algún día esa niña traerá un tigre a casa.

—Mientras no me pida alimentarlo.

Olivia soltó una carcajada.

Yo también.

Por un momento olvidé las facturas.

Las responsabilidades.

El cansancio.

Todo.

Hasta que la campanilla de la puerta sonó.

Y el ambiente cambió.

No sé cómo explicarlo.

Simplemente cambió.

Varias personas entraban cada día a la pastelería.

Estudiantes.

Oficinistas.

Parejas.

Familias.

Pero aquel hombre parecía completamente fuera de lugar.

Alto.

Demasiado alto.

Cabello oscuro perfectamente peinado.

Mandíbula marcada.

Expresión fría.

Traje negro impecable.

Zapatos brillantes.

Y una mirada capaz de congelar una habitación entera.

Entró como si el local le perteneciera.

Como si el mundo entero le perteneciera.

—Vaya —murmuró Olivia—. ¿Eso es un cliente o una portada de revista?

—Parece alguien que demandaría a una nube por llover sobre él.

—También parece millonario.

—Exactamente mi punto.

El desconocido se acercó al mostrador.

Observó los postres.

Luego observó el reloj en su muñeca.

Después nos observó a nosotras.

Y claramente no parecía impresionado.

—Necesito un café.

Ni siquiera dijo hola.

Ni buenas tardes.

Ni por favor.

Nada.

Solo:

Necesito un café.

Mi sonrisa profesional apareció automáticamente.

La misma que utilizaba para clientes difíciles.

—Buenas tardes. ¿Qué tipo de café desea?

—El más fuerte que tengan.

—Tenemos varias opciones.

—Entonces elija una.

Parpadeé.

Olivia me miró.

Yo la miré.

Ella bajó la cabeza para ocultar una sonrisa.

Perfecto.

Uno de esos clientes.

—¿Desea algo para acompañarlo?

—No.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿Completamente seguro?

Sus ojos grises se clavaron en mí.

—¿Siempre interroga a los clientes?

—Solo a los que parecen convencidos de que el resto de la humanidad es una molestia.

Silencio.

Olivia casi se atragantó.

Yo también.

Porque acababa de decir eso en voz alta.

Los ojos del hombre se estrecharon.

—Interesante.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Tampoco mi comentario.

Por alguna razón, eso pareció irritarlo.

Y divertirme.

Lo cual probablemente era una mala señal.

Muy mala señal.

Tomé una bandeja con varios postres recién preparados.

Mi intención era llevarlos a la vitrina.

Nada complicado.

Nada peligroso.

Nada que pudiera destruir el resto de mi día.

Entonces ocurrió.

Porque el universo tiene un sentido del humor terrible.

Una niña pequeña pasó corriendo cerca de mí.

Intenté esquivarla.

Mi pie resbaló.

La bandeja se inclinó.

Y el tiempo pareció detenerse.

Vi la crema elevarse en el aire.

Vi el horror reflejado en los ojos de Olivia.

Vi la expresión impasible del desconocido.

Y luego...

Impacto.

Directo.

Perfecto.

Catastrófico.

La crema pastelera aterrizó sobre el traje negro.

Sobre la camisa blanca.

Sobre la corbata.

Sobre absolutamente todo.

El silencio que siguió fue tan intenso que incluso la música pareció dejar de sonar.

Yo me quedé inmóvil.

Él también.

La diferencia era que yo estaba horrorizada.

Y él parecía capaz de ordenar mi ejecución.

—Oh.

Brillante, Samantha.

Muy elocuente.

—Oh.

—¿Oh? —repitió él.

—Puedo explicarlo.

—Adelante.

—Fue un accidente.

—Qué alivio.

—No suelo atacar clientes con productos lácteos.

Olivia dejó escapar un sonido extraño que parecía una risa ahogada.

El hombre cerró los ojos durante un segundo.

Como si estuviera reuniendo paciencia.

O considerando un homicidio.

Cualquiera de las dos opciones parecía posible.

Tomé varias servilletas.

—Lo siento muchísimo.

—¿Tiene idea de cuánto cuesta este traje?

—No.

—Se nota.

Ah.

Perfecto.

Era rico.

Y arrogante.

Mi combinación favorita.

—Bueno, disculpe por no estar familiarizada con el mercado internacional de ropa para hombres insoportables.

Olivia soltó una carcajada.

Yo quería desaparecer.

El hombre me observó durante varios segundos.

Largos.

Incómodos.

Interminables.

Y entonces ocurrió algo extraño.

Muy extraño.

Porque la comisura de sus labios se movió ligeramente.

Como si estuviera reprimiendo una sonrisa.

Solo por un instante.

Después desapareció.

—¿Siempre es así?

—¿Así cómo?

—Problemática.

—¿Siempre es tan desagradable?

—Sí.

—Entonces tenemos algo en común.

Sus ojos brillaron.

No de enojo.

De interés.

Y eso me inquietó más que cualquier otra cosa.

Porque era la primera vez que me observaba como si realmente me estuviera viendo.

No como una empleada.

No como una desconocida.

No como alguien insignificante.

Y por alguna razón, eso me puso nerviosa.

Muy nerviosa.

Finalmente tomó una tarjeta de presentación de su bolsillo.

La dejó sobre el mostrador.

—Mi asistente se pondrá en contacto con ustedes por los daños.

—¿Va a demandarme?

—Todavía no lo he decidido.

—Qué considerado.

—Nos volveremos a ver, Samantha Torres.

Fruncí el ceño.

—¿Cómo sabe mi nombre?

Señaló mi identificación del uniforme.

Genio.

Absoluto genio.

Tomó su café.

Giró sobre sus talones.

Y salió de la pastelería.

Así de simple.

La puerta se cerró.

La campanilla volvió a sonar.

Y el silencio permaneció durante varios segundos.

Hasta que Olivia tomó la tarjeta.

La leyó.

Y abrió los ojos como platos.

—Samantha...

—¿Qué?

—Creo que acabas de lanzarle crema pastelera a uno de los hombres más poderosos de la ciudad.

—¿Qué?

—Mira esto.

Tomé la tarjeta.

Leí el nombre.

Y sentí que el estómago se me caía hasta el suelo.

Viktor D'Angelo.

Director Ejecutivo del Grupo D'Angelo.

El empresario más famoso de la ciudad.

El multimillonario que aparecía constantemente en las noticias.

El hombre del que todos hablaban.

Y al que yo acababa de bañar en crema pastelera.

—Oh, no.

Olivia sonrió.

—Oh, sí.

Y sin saberlo, aquel fue el inicio del mayor desastre de mi vida.

Fin del capitulo 1 🍰

Samantha Torres

1
Dany 🇨🇱🥰
jajajaja 🤣🤣
Náyade
pobre Samantha 😅
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