Leonardo Fontana, es un joven de 22 años, italiano, heredero de una importante casa de moda. Acostumbrado a una vida de excesos, se ve forzado a madurar de la noche a la mañana, y reacomodar su vida a los nuevos desafíos que le trae.
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capitulo 18
Valeria
A la cuarta semana, algo cambió.
Los mellizos empezaron a gatear.
Fue Lucía la primera. Una tarde en que Leonardo estaba en la cocina preparando biberones y yo estaba en la sala con los dos bebés en la alfombra, ella se impulsó con sus brazos diminutos, movió una rodilla, y avanzó quince centímetros hacia el juguete que yo tenía en la mano.
—Leonardo
dije, sin apartar la vista de ella.
— Ven aquí. Rápido.
—¿Qué pasa? ¿Están bien?
—Ven. Ahora.
Apareció en la puerta de la sala con un biberón en cada mano, la expresión de pánico que todavía no había logrado perder del todo cuando algo inesperado ocurría.
—Mira
dije, señalando a Lucía.
La pequeña volvió a impulsarse. Otra rodilla. Otros quince centímetros. Su carita de concentración era la cosa más seria que había visto en mi vida.
—Está gateando
susurró Leonardo, con los ojos tan abiertos que parecían dos lunas.
—Sí.
—Lucía está gateando.
—Sí.
—¿Y Tomas?
Como si hubiera oído su nombre, Tomas se puso boca abajo, movió sus piernas con torpeza, y se quedó exactamente donde estaba. No avanzó. Pero lo intentó.
—Va a aprender
dijo Leonardo, dejando los biberones en la mesa y arrodillándose en la alfombra junto a mí.
— Los dos van a aprender.
—Y cuando aprendan
dije, con un nudo en la garganta.
—no vas a poder apartarlos de ningún lado.
—¿Y tú?
preguntó, con esa voz que ya conocía, la que usaba cuando quería decir algo importante.
— ¿Vas a estar aquí para verlos gatear, Para verlos crecer?
—Leonardo...
—No te estoy pidiendo nada
dijo, con la misma prisa de siempre, como si tuviera miedo de que me fuera antes de terminar
— Solo quiero saber si vas a estar.
Lo miré. En sus ojos azules había algo que no había visto antes. No era el pánico de los primeros días, ni la gratitud de la segunda semana, ni la ternura de la tercera. Era algo más profundo. Algo que se parecía peligrosamente a lo que yo sentía cada vez que entraba por esa puerta.
—Voy a estar
dije, sin pensarlo
—Mientras me necesites, voy a estar.
—¿Y si te necesito siempre?
El aire se quedó atrapado en mis pulmones. Lucía gateó otros quince centímetros hacia mí, y Tomas hizo otro intento fallido. Y yo me quedé mirando a Leonardo, con el corazón latiendo tan fuerte que podía sentirlo en las sienes.
—Eso no es justo
dije finalmente.
—¿Qué no es justo?
—Preguntarme eso cuando tengo alos niños aquí y no puedo irme.
Sonrió. Era una sonrisa pequeña, casi tímida, pero llegó a sus ojos.
—Por eso lo he preguntado ahora.
—Eres un imbécil.
—Lo sé.
—Un imbécil con mucha suerte.
—También lo sé.
Lucía llegó hasta mis rodillas y se agarró a mi pantalón con una fuerza que me sorprendió. La levanté en brazos y la puse contra mi pecho, donde empezó a jugar con el collar que llevaba puesto.
—No voy a irme
dije, sin mirarlo.
— Pero no te hagas ilusiones. No soy una princesa de cuento. Soy una chica que limpia casas y estudia diseño gráfico en sus ratos libres. No soy lo que tu familia espera.
—Mi familia ya te quiere más que a mí.
—Eso no es verdad.
—Es verdad. Mi madre te trae tarta. A mí nunca me trae tarta.
Me reí a pesar de todo. Lucía también se rió, ese sonido contagioso que tenían los bebés cuando algo les parecía divertido.
—Bueno
dijo Leonardo, poniéndose de pie.
— Ya que Lucía ha aprendido a gatear, creo que hoy toca celebración.
—¿Otra tarta?
—No. Hoy toca que yo cocine.
—Leonardo, la última vez que cocinaste, Tomas escupió la papilla.
—Eso fue porque no le gustó la zanahoria. Hoy voy a hacer pasta.
—No sabes hacer pasta.
—Aprendo rápido. Como los mellizos.
Se fue a la cocina con una determinación que me hizo reír. Yo me quedé en la sala con Lucía en brazos y Tomas gateando torpemente hacia mí, y por un momento, en medio de ese penthouse que ya no era frío, que ya no era solo de Leonardo, que ya tenía olor a leche de fórmula y a crema de pañalitis y a algo que se parecía a un hogar...
Por un momento, dejé de pensar que no merecía estar allí y me dedique a disfrutarlos.