no estaba buscando amor cuando descargó una app de citas.
Solo quería escapar de la vida asfixiante que tenía en Londres.
Sin trabajo y desesperada por irse de casa de sus padres, acepta la extraña propuesta de , un hombre frío, reservado y marcado por un divorcio escandaloso.
Él le ofrece ayudarla.
A cambio, solo debe acompañarlo a Emiratos Árabes Unidos.
Sin sentimientos.
Sin preguntas.
Sin involucrarse demasiado.
Pero entre el lujo, los silencios y la distancia que Nael impone entre ambos, Liora descubre que algunas personas esconden más dolor del que dejan ver.
Y que enamorarse de alguien como Nael Al-Hadid nunca fue parte del plan.
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Capitulo 8
Liora
Le había escrito a mi familia apenas desperté para decirles que estaba bien.
Error.
Mi madre insistió en hacer una videollamada inmediatamente.
—Muéstrame dónde estás —exigió apenas respondí.
Suspiré intentando mantener la calma y giré un poco el teléfono.
La habitación de huéspedes era más grande que todo el apartamento donde había vivido los últimos años. Las cortinas blancas, los muebles elegantes y el enorme ventanal con vista al jardín hicieron que mi madre abriera los ojos exageradamente.
—¿Dónde estás metida?
Mi padre apareció detrás de ella.
—Eso parece un hotel de ricos.
—Estoy bien, solo vine a acompañar a un amigo.
Mi madre soltó una risa incómoda.
—Claro. Un amigo millonario.
Ignoré el comentario.
—Envíanos tu ubicación —pidió mi padre—. Necesitamos saber dónde estás exactamente.
La ansiedad volvió inmediatamente.
Incluso a miles de kilómetros seguían intentando controlarme.
—Debo salir —dije rápidamente—. Hablamos luego.
Corté antes de escuchar algo peor.
Respiré profundo varias veces intentando tranquilizarme cuando escuché pasos en la planta baja.
Nael.
Bajé las escaleras rápidamente y lo encontré esperándome junto a la entrada.
No estaba vestido formalmente como en Londres.
Llevaba pantalones beige, una camisa blanca arremangada y gafas oscuras.
Y honestamente… se veía absurdamente bien.
—¿Lista? —preguntó.
—¿Para qué?
—¿Quieres conocer la ciudad?
Sonreí casi automáticamente.
—Claro que sí.
La expresión de Nael se suavizó apenas.
—Espero ser un buen guía.
Caminamos hacia la entrada principal y entonces vi el automóvil.
Un Bugatti Veyron Super Sport negro brillante estacionado frente a la casa.
Me detuve unos segundos mirándolo.
—Eso parece ilegalmente costoso.
Eso lo hizo reír por lo bajo.
Un joven filipino le entregó las llaves a Nael y luego cerró mi puerta cuidadosamente cuando subí al automóvil.
—Gracias —le dije.
El joven sonrió con amabilidad antes de alejarse.
Mientras Nael conducía por las enormes avenidas de Abu Dabi, observé la ciudad fascinada.
Todo parecía limpio, moderno y perfectamente organizado.
—¿Aquí no hay límites de velocidad? —pregunté viendo cómo algunos autos avanzaban rápidamente.
Nael levantó una ceja.
—Claro que sí.
—¿Cuál es el máximo permitido?
—En Abu Dabi normalmente ciento cuarenta kilómetros por hora en algunas autopistas. Aunque no recomiendo descubrir qué tan rápido puede ir este auto.
Sonreí.
—Definitivamente no quiero morir hoy.
Eso volvió a hacerlo reír un poco.
Y cada vez que lo hacía parecía más joven.
Me llevó primero a Sheikh Zayed Grand Mosque.
Cuando vi la enorme mezquita blanca quedé completamente sin palabras.
—Es preciosa…
Nael estacionó el automóvil y caminó a mi lado mientras observábamos la arquitectura.
—Mi madre solía traerme aquí cuando era niño —dijo—. Decía que este lugar ayudaba a recordar que incluso la belleza necesita paz para existir.
Lo miré en silencio.
Había tristeza en algunas cosas que decía.
Después visitamos Louvre Abu Dhabi y luego caminamos cerca de la Corniche mientras el mar reflejaba la luz del sol.
Por momentos olvidaba completamente mis problemas.
Y eso daba miedo.
Porque comenzaba a sentirme cómoda junto a él.
Más tarde, Nael miró la hora.
—Tenemos que ir por algunos vestidos para ti.
Parpadeé confundida.
—¿Para mí?
—Sí. Hay varios eventos antes de la boda.
Antes de que pudiera protestar, ya conducía hacia una elegante boutique en una zona exclusiva de la ciudad.
Apenas entramos, una mujer elegante sonrió ampliamente al ver a Nael.
—¡Nael!
Ella se acercó y luego me observó con curiosidad amable.
—¿Ella es tu linda acompañante?
Nael asintió con tranquilidad.
—Liora, ella es mi tía Myriam.
La saludé respetuosamente.
—Mucho gusto, señora.
Ella tomó mis manos cálidamente.
—Vamos a buscar lo mejor para que te sientas cómoda con nuestra cultura, cariño.
Sonreí un poco nerviosa.
La tienda era impresionante.
Vestidos bordados a mano, telas brillantes, joyas delicadas, perfumes árabes.
Myriam comenzó a mostrarme distintos atuendos.
—Necesitarás un vestido elegante para la boda principal, otro para la cena familiar y algunos kaftanes ligeros para reuniones privadas.
Me mostró vestidos color esmeralda, dorado suave y azul noche con bordados delicados.
Todo parecía demasiado hermoso… y demasiado costoso.
—No te preocupes por el precio —dijo ella con una sonrisa—. Gracias por acompañarlo.
Negué rápidamente.
—Creo que estoy más agradecida yo.
Myriam me observó unos segundos mientras sostenía un vestido color marfil.
—¿Estás triste, cariño?
Abrí la boca para responder.
—No, no señora. Estoy muy feliz.
Pero las lágrimas comenzaron a salir solas.
Ni siquiera entendía por qué estaba llorando.
Quizá porque nadie había sido amable conmigo en muchísimo tiempo.
Myriam tomó mi rostro con delicadeza.
—Ay, mi niña…
Me limpié rápidamente intentando avergonzada.
—Perdón.
Ella llamó a Nael con un gesto.
Cuando apareció, me puse de pie enseguida.
—Estoy bien.
Myriam miró a Nael seriamente.
—Cuídala.
Él frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué pasó?
—Nada —respondí demasiado rápido.
Myriam sonrió con ternura.
—Allah siempre envía alivio después de la dificultad, cariño.
La frase me hizo llorar otra vez, aunque esta vez intenté ocultarlo riendo un poco.
Cuando finalmente terminamos, Myriam volvió a llamar a Nael.
Él estaba hablando por teléfono, una mano dentro del bolsillo del pantalón y el ceño ligeramente fruncido mientras discutía algo en árabe.
Se acercó apenas terminó la llamada.
—Te enviaré todo mañana por la tarde —dijo Myriam—. ¿Pagas ahora o después?
—Ahora.
Ni siquiera preguntó el precio.
Ella sonrió satisfecha antes de despedirse de nosotros.
—Nos vemos el sábado.
Cuando salimos de la boutique, el aire cálido de la noche golpeó mi rostro.
Nael abrió la puerta del automóvil para mí y esperó hasta que subí.
Durante unos minutos condujo en silencio.
Luego habló suavemente.
—¿Por qué llorabas?
Miré por la ventana intentando ordenar lo que sentía.
—No lo sé.
Él me observó brevemente antes de volver la vista al camino.
—Sí lo sabes.
Tragué saliva.
—Creo que… no estoy acostumbrada a que la gente sea amable conmigo sin esperar algo a cambio.
El silencio llenó el automóvil.
Y cuando Nael volvió a hablar, su voz sonó más suave que nunca.
—Entonces espero que algún día eso deje de sorprenderte, Liora.
Casa de Nael Al-Hadid en Abu - Dhabi