✅️🦋Bruno Koch es un brillante sonidista que trabaja en las sombras del backstage, atrapado en un doloroso dilema: lleva años enamorado en secreto de Nash Wright, un exitoso cantante pop. Bruno ha sido el testigo silencioso de cómo una relación destructiva y los excesos arrastran a Nash hacia el abismo, ocultando sus sentimientos. Tras un colapso público en el escenario, Nash toca fondo y es diagnosticado con trastorno afectivo bipolar. Junto a Harper, una ruda y leal compañera técnica, Bruno se convierte en la red de seguridad de Nash mientras este inicia su camino hacia la rehabilitación.🦋✅️
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La Corriente
La vida en la capital tenía un compás acelerado que Bruno Koch tardó un par de semanas en sintonizar, pero que terminó por agradecer. El distrito artístico estaba plagado de pequeñas cafeterías con mesas en las veredas, galerías de arte independiente y, sobre todo, una constante vibración musical que subía desde los sótanos y los teatros subterráneos. Lejos de la pesadez claustrofóbica del penthouse de Nash y del silencio frío de la clínica de reposo, el aire de esta ciudad se sentía ligero, frío y renovador.
Para la tercera semana de producción, el trabajo de masterización del álbum de Ekoss marchaba sobre rieles. Bruno pasaba las tardes metido en la consola principal de Frecuencias Urbanas, puliendo los agudos de las guitarras y equilibrando los matices de la batería. Ya no sentía la necesidad obsesiva de revisar su teléfono celular cada cinco minutos. Se había acostumbrado a la paz de un canal limpio.
El viernes por la noche, tras dar por finalizada una sesión maratónica donde lograron cerrar la mezcla del cuarto tema del disco, Mateo entró a la cabina aplaudiendo con entusiasmo.
—¡Es un golazo, muchachos! Esa última pista quedó para prender fuego la radio —exclamó el dueño del estudio, frotándose las manos—. Hoy no se admiten excusas. El trabajo de la semana está listo y nos vamos todos a festejar al bar de la esquina de la avenida. Invito yo.
Los cuatro integrantes de la banda soltaron un grito de alegría, dejando los instrumentos a un lado de inmediato. El guitarrista, se acercó a la mesa de control y le dio un empujón amistoso a Bruno en el hombro.
—Ni se te ocurra decir que tienes que quedarte a ordenar los archivos. Hoy te vienes a tomar unas cervezas con nosotros. Es una orden.
Bruno sonrió de lado, sintiendo que los colores se le subían un poco a la cara. Su primer instinto fue buscar una excusa para regresar a la pensión pequeña donde se estaba hospedando, pero al mirar el rostro alegre del joven y la mirada expectante de la cantante de la banda, se dio cuenta de que no tenía ninguna razón real para encerrarse solo a mirar el techo.
—Está bien, de acuerdo. Me sumo —aceptó Bruno, apagando las pantallas de la consola digital.
El lugar elegido era un local llamado La Corriente, un bar con paredes cubiertas de afiches de conciertos antiguos, mesas de madera gastada y un escenario pequeño al fondo donde un grupo de jazz fusión improvisaba melodías con un saxo y un teclado. El aire olía a comida, madera húmeda y lúpulo. La energía del bar era ruidosa pero cálida, un ambiente vibrante donde nadie conocía a la gran estrella del pop comercial, Nash Wright, y donde Bruno no era el empleado oculto detrás del vidrio acústico.
Sentados alrededor de una mesa larga cerca del escenario, el grupo compartía jarras de cerveza artesanal y platos de papas fritas. La conversación fluía sin esfuerzo entre anécdotas de grabaciones fallidas y debates eternos sobre qué marca de micrófonos era mejor para registrar una voz en vivo.
—Les juro que el primer concierto que dimos, a Enci se le cortó la cuerda del medio en el primer compás —contaba la cantante entre risas, haciendo que todos estallaran en carcajadas—. Estuvo todo el tema haciendo mímica con los dedos mientras el bajista inventaba notas sobre la marcha.
—¡Oye, pero nadie en el público lo notó! Eso se llama profesionalismo —se defendió Enci, levantando su vaso de cerveza en señal de brindis.
Bruno se descubrió riendo a carcajadas, una risa limpia, suelta, que no recordaba haber emitido en años. Se sentía extrañamente cómodo. Durante seis años, sus salidas sociales se habían limitado a acompañar a Nash a fiestas exclusivas de la industria musical, eventos donde él se quedaba arrinconado en una esquina de la barra, observando de reojo cómo Nash se emborrachaba por los celos de Grace o discutía con productores engreídos. En esos lugares, Bruno siempre había sido un accesorio invisible, una sombra encargada de cuidar que la estrella no cometiera una locura frente a los fotógrafos.
Aquí, en cambio, los chicos de Ekoss lo escuchaban con una atención que lo conmovía. A mitad de la noche, el bajista de la banda se inclinó hacia él con curiosidad genuina.
—Bruno, de verdad, la forma en que ecualizaste la batería en el segundo tema es una locura. ¿Cómo aprendiste a capturar los golpes secos sin que saturen el micrófono ambiental? —preguntó el músico, mirándolo con un respeto profesional absoluto.
Bruno tomó un sorbo largo de su cerveza fría y se acomodó la campera de jean. Por primera vez en mucho tiempo, comenzó a hablar de su trabajo con pasión individual, sin necesidad de mencionar el nombre de Nash para validar su conocimiento.
—Es un truco que descubrí trabajando en salas pequeñas con mala acústica —explicó Bruno, moviendo las manos en el aire como si tuviera los controles frente a él—. Colocas un micrófono dinámico un poco más alejado del parche del bombo, apuntando en un ángulo de cuarenta y cinco grados, y luego usas un filtro de frecuencias bajas para limpiar el ruido del suelo. El secreto no está en el equipo que usas, sino en aprender a escuchar cómo rebota el sonido en las paredes reales.
Mateo, que escuchaba desde el otro lado de la mesa, asintió con aprobación, levantando su vaso hacia él.
—Lo dije, muchachos. Este tipo tiene un oído de oro. Deberías mudarte definitivamente a la capital. En Frecuencias Urbanas nos vendría excelente tener un máster técnico como tú en el equipo fijo. Piénsalo. Hay muchas bandas nuevas buscando este nivel de sonido.
La propuesta de Mateo quedó flotando en el aire de la mesa, suave y tentadora como una melodía de jazz. Bruno miró el vaso de vidrio entre sus manos, sintiendo que una oleada de calidez le llenaba el estómago. Mudarse a la capital. Dejar atrás la ciudad vieja, los estudios comerciales de la discográfica, el fantasma de Grace Gallagher y, sobre todo, la cercanía dolorosa de Nash. Era una opción real, un camino limpio que se abría frente a él, invitándolo a ser el protagonista de su propio destino por primera vez en su juventud.
A eso de la medianoche, el concierto de jazz fusión terminó y una música ambiental más moderna comenzó a sonar por los parlantes del bar. Los chicos de la banda se levantaron para ir a hablar con el dueño del local sobre una posible fecha para tocar el mes siguiente, dejando a Bruno a solas con Mateo en la mesa.
Bruno sacó su teléfono celular del bolsillo, impulsado por una costumbre que ya no tenía la misma fuerza destructiva de antes. Entró a la aplicación de mensajería y vio que tenía un mensaje de Harper enviado hacía unas horas: “Nash terminó de grabar las últimas guitarras de guía hoy por su cuenta. Está tranquilo, tomando sus pastillas y saliendo a caminar con su terapeuta. El disco acústico entra en preventa el lunes. Todo está bajo control por aquí, Koch. Concéntrate en tu música”.
Bruno leyó el mensaje dos veces. Sintió un sutil y profundo alivio al saber que su amigo estaba bien, progresando en su tratamiento de la bipolaridad sin necesidad de que él estuviera allí haciendo de red de seguridad. Sin embargo, lo más maravilloso no fue saber que Nash estaba sano, sino notar que su propio corazón ya no experimentaba esa punzada agónica de codependencia. El vacío en su pecho se sentía menos pesado. La distancia y el aire nuevo de la capital estaban haciendo su trabajo de cirugía interna, cicatrizando la herida del amor no correspondido peldaño a peldaño.
Guardó el teléfono en el bolsillo y levantó la vista hacia el ventanal del bar, contemplando las luces parpadeantes de la gran avenida de la capital. Se dio cuenta de que Harper tenía toda la razón en el estudio: él era Bruno Koch, un sonidista brillante, un hombre con talento, deseos y una vida entera que no tenía por qué extinguirse en las sombras del escenario de alguien más. El espejo roto de su alma finalmente se estaba volviendo a armar, y la imagen que le devolvía ya no era la silueta demacrada de un cuidador silencioso, sino la de un profesional libre, listo para sintonizar su propia melodía.
Mateo regresó a la mesa cargando dos vasos pequeños de licor artesanal para cerrar la noche.
—Un brindis por el futuro —dijo Mateo, pasándole uno de los vasos—. Por las consolas y por aprender a escuchar lo que uno lleva dentro.
Bruno tomó el vaso de vidrio grueso, chocándolo con firmeza contra el de su nuevo colega. El tintineo del cristal sonó limpio, nítido y afinado en medio del murmullo del bar.
—Por el futuro —respondió Bruno con una sonrisa grande, bebiendo el líquido amargo de un solo trago.
Mientras la música continuaba sonando en la penumbra acogedora de La Corriente, Bruno Koch sintió que el aire nuevo de la capital finalmente había llenado sus pulmones por completo. Estaba sanando. El proceso de superación de ese amor que jamás logró confesar seguía su marcha, pero en seis años, Bruno no sentía miedo del silencio; sabía que estaba construyendo una canción propia que merecía ser escuchada.
caer y tocar fondo también te muestra que podes levantarte (siempre y cuando quieras, aunque sea en un rincón de tu corazón) y después los que te apoyan y acompañas son vitales!!!
sería mucho pedir más capítulos?? 😅 🥰
Diferente, pero completamente realista y repleta de amor!!