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La Esposa Silenciosa

La Esposa Silenciosa

Status: Terminada
Genre:Mujer poderosa / Novia sustituta / Matrimonio arreglado / Venderse para pagar una deuda / Venganza de la protagonista / Secuestro y encarcelamiento / Enfermizo / Completas
Popularitas:132
Nilai: 5
nombre de autor: Flaviana Silva

En una trama de poder, engaño y silencio, Cecília Mendes se ve obligada a reemplazar a su hermana prometida en un matrimonio con Arthur Alencar, un hombre rico e implacable, para salvar a su padre de una deuda familiar. Sorda desde un accidente provocado por el temperamento violento de su hermana, Cecília es enviada como un peón en un juego cruel, sin poder defenderse ni explicarse.

Al descubrir el engaño, Arthur reacciona con furia y transforma lo que debía ser una unión prestigiosa en un castigo de humillación y cautiverio: Cecília es obligada a asumir el rol de sirvienta en la mansión, vistiendo uniforme y obedeciendo órdenes con miedo a ser castigada o expuesta. Aislada y en silencio, intenta adaptarse, convirtiéndose en una sombra dentro de la lujosa residencia mientras lucha por sobrevivir a la crueldad de su esposo y al peso de la traición de su padre.

Entre el lujo de la mansión y la tensión de un secreto que nadie puede revelar, esta historia se adentra en temas de poder, sumisión, venganza y resistencia silenciosa, en una atmósfera cargada de odio, deseo y secretos capaces de cambiarlo todo.

NovelToon tiene autorización de Flaviana Silva para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7

Arthur rugió para que saliera de la cama, pero Cecilia permaneció estática.

Ella entendió la orden, el gesto agresivo de él apuntando al suelo, pero no conseguía moverse. Sus ojos descendieron hacia donde el peso del cuerpo de Arthur aún la aplastaba contra el colchón; las piernas de él estaban pesadas y firmes, atrapando las de ella en un embrollo de sábanas y deseo residual.

Al darse cuenta de lo que la impedía, levantó la mirada demasiado rápido, el rostro siendo tomado por un rojo violento que subía del cuello hasta las sienes.

Sus ojos estaban muy abiertos, rebosantes de una mezcla de pánico y una conciencia vergonzosa de la proximidad íntima.

Arthur acompañó la mirada de ella.

Vio dónde se cruzaban sus piernas y sintió el calor que aún emanaba de aquel contacto forzado.

En vez de alejarse con prisa, una sonrisa descarada y perversa jugueteó en sus labios cortados.

Infló el pecho, casi orgulloso de la reacción física que su masculinidad provocaba en ella, saboreando el poder de dejarla en aquel estado de shock.

Con una lentitud calculada para intimidar, finalmente bajó de la cama, liberándola.

—¡Sal! —Repitió, ahora de pie, observándola como un señor observa una posesión rebelde.

Cecilia se arrastró hacia el borde opuesto de la cama, los pies tocando la alfombra fría y sus ojos presos en el tapete evitando la desnudez de él a toda costa.

No conseguía parar de temblar; el choque térmico entre el calor de los cuerpos y el hielo de la furia de Arthur la dejó en estado de trance.

Él dio la vuelta a la cama, parándose frente a ella.

La agarró por el brazo, no con la lujuria de antes, sino con una rigidez punitiva, y la jaló en dirección al espejo de cuerpo entero del closet.

—¡Mírate! —La empujó para que viera su propio reflejo, manteniéndose detrás de ella, aprisionándola.

—¿Tú y tu padre creen que soy algún aficionado que se deja llevar por una carita bonita, algunas lágrimas y un uniforme de sirvienta? ¿De verdad crees que puedes seducirme así?

Cecilia se miró a sí misma.

El uniforme gris y demasiado corto estaba desalineado, el cuello exhibía marcas rojizas de la barba rala y de los besos brutos de Arthur.

Ella veía la boca de él moviéndose en el espejo, las palabras saliendo como latigazos metálicos.

Llevó la mano al oído por un segundo, un gesto reflejo para intentar procesar la presión que sentía en la cabeza, un gesto que Arthur notó con extrañeza.

Él paró de hablar por un instante, estudiándola.

—¿Qué pasa? ¿El ruido de mi voz te molesta? —Él rió, un sonido sin alma.

—Pues acostúmbrate. Porque voy a hacer de tu vida un infierno hasta que implores para volver a aquel agujero de donde Heitor te sacó.

Él la soltó y se puso una bata de seda oscura que estaba sobre el sillón del closet, él miró en los ojos de ella y sintió una molestia extraña.

—Ahora, ve a la cocina. Rosa debe estar esperando. Y limpia la sangre antes de salir. No quiero vestigios de tu agresividad en mi suite.

Cecilia se arrodilló, agarrando la toalla desechada para frotar una pequeña mancha de sangre en la alfombra, no percibiendo lo que estaba en las sábanas.

Arthur la observaba desde arriba, la mandíbula tensa.

Había algo en la sumisión absoluta de ella, en la forma como ella aceptaba la humillación sin decir una única palabra de defensa, que comenzaba a perturbarlo más que la propia traición del suegro.

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