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Un Corazón De Acero: El Precio De Amar

Un Corazón De Acero: El Precio De Amar

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Traiciones y engaños / Amor-odio
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Guadalupe Garza

Trilogía: Pecados de Élite

Libro 1: Un Corazón De Acero: El Precio De Amar

Ella es la Teniente Morgan de la Fuerza Especial de Élite Militar (F.E.E.M.), una mujer de hierro acostumbrada a tener el control. Durante años, ha construido una relación estable y segura con su novio, el capitán Cross, el hombre que representa su futuro y su puerto seguro.

Pero tras dos semanas de ausencia de ella por un luto familiar, todo cambia al volver a la base. Allí es recibida por la imponente presencia del nuevo coronel: un hombre magnético que se convierte en su tentación más oscura, un pecado inconfesable y, probablemente, su mayor error.

El verdadero peligro se revela cuando descubre la verdad: ambos hombres comparten la misma sangre.

Ahora, atrapada en un triángulo de lealtad y deseo, su mente jura que su corazón le pertenece al capitán, pero su cuerpo arde por el coronel.

Cuando el deber militar choca contra una pasión prohibida entre hermanos, el peligro aumenta.

¿Qué podría salir mal?

NovelToon tiene autorización de Guadalupe Garza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 19: La jaula de oro, el fuego de Essex

Alec Cross.

Verla reír, moverse y girar en medio de la pista de baile me provocaba una sensación extraña, un nudo áspero y desconocido en la boca del estómago. Me gustaba verla feliz, con el rostro iluminado por una genuina chispa de vida; prefería mil veces eso antes de recordarla pálida, atrapada en una cama de hospital, o consumida por el veneno del enojo, aunque, maldita sea, incluso enojada lograba verse completamente letal y sexi de una manera que me desequilibraba por completo

La forma en que su cuerpo se movía bajo el vestido de terciopelo era una provocación constante para cualquiera con pulso, pero lo que realmente me encendía la sangre era el destello de desafío en sus ojos cada vez que cruzábamos miradas. Sin embargo, la tensión se me petrificó en las manos cuando vi a Dante acercarse a ella en el pasillo, intentando sacarla a la fuerza. Oí cada maldito insulto que le soltó, cada intento vil de reducirla. Por un segundo, intenté contenerme recordando que su desastrosa relación con mi hermano no era asunto mío, pero se colmó la paciencia que jamás he tenido. Cuando la arrinconó y le apretó el brazo con esa violencia innecesaria, algo dentro de mí se rompió. No iba a permitir que nadie la dañara. Menos que nadie, él.

Ahora la tenía frente a mí, sentada tranquilamente en los sofás de cuero del reservado, flanqueada por Megan y Katrina. Parecía ignorar por completo la charla animada de sus amigas; cada cinco segundos, sus ojos verdes, esa maldita mirada magnética que tenía el poder absoluto de volverme loco, se desviaban hacia mí. Esos ojos brillantes que me recordaban a una ninfa moderna, a un ser místico con algo de amazona, una guerrera indomable que superaba con creces la perfección física capaz de enloquecer a cualquier hombre en este mundo de mierda. Y yo me incluía en la lista de los idiotas caídos a sus pies. Por eso me enfermaba de celos con solo pensar en los demás, en cómo la miraban, en cómo la deseaban, en la forma en que se atrevían a sentir algo por ella cuando ella me pertenecía por completo.

De la nada, los acordes inconfundibles de "Do I Wanna Know?" de los Arctic Monkeys comenzaron a sonar en el sistema de sonido del local. Katrina y Megan empezaron a tararear la letra con entusiasmo, pero Victoria levantó la vista de inmediato y me clavó los ojos, como si supiera perfectamente que esas preguntas de la canción eran exactamente las mismas que yo me venía haciendo desde el día en que la conocí. Se puso de pie con una elegancia felina, caminó con paso firme hasta donde estábamos Liam y yo, y recogió su saco del respaldo. Miró a todos con una media sonrisa, se bebió de un solo trago el resto de su copa de whisky, se acercó a sus amigas para decirles algo al oído que las hizo asentir de inmediato, y se volvió hacia mí.

—Coronel... —su voz sonó ligeramente arrastrada, impregnada por el alcohol y por una urgencia que me quemaba las entrañas—... ¿Me puede acercar a mi casa?

Asentí despacio, poniéndome de pie de inmediato ante la mirada asesina que Liam me clavó desde el otro extremo de la mesa. Ignoré por completo su advertencia silenciosa. En ese momento, lo único que importaba en el universo era ella; nadie más existía. Solo ella y yo, a solas, preparándonos para culminar esta noche de la manera más destructiva posible.

La ayudé a salir del local y a subir al asiento del copiloto de mi Ferrari. Al mirarla de reojo mientras abrochaba su cinturón, noté que su mirada estaba perdida, navegando en un mar de pensamientos confusos y alcohol.

—¿Todo bien, teniente? —le pregunté con voz ronca mientras pisaba el acelerador con decisión, incorporándonos a la vía rápida.

Ella se limitó a asentir en silencio, recostando la cabeza contra el vidrio de la ventanilla.

No tardé en exprimirle al motor hasta los 250 km/h, perdiéndonos en la oscuridad de la carretera que serpenteaba fuera de la ciudad. A partir de esta noche, y por los próximos dos días enteros, ella iba a ser mía. Estábamos a menos de noventa minutos de la capital, adentrándonos en un paraje boscoso y solitario. La cabaña que había elegido estaba oculta en los lindes de Layer de la Haye, en medio de un bosque antiguo de árboles inmensos y cerrados. Contaba con detalles arquitectónicos sacados de otra época, una bañera de cobre independiente en el centro de la habitación principal, una cama con dosel envuelta en cortinajes pesados y una terraza privada totalmente camuflada por la vegetación circundante. Tenía una vibra lujosa, casi decadentista, pero profundamente resguardada del mundo exterior. Y eso era exactamente lo que necesitaba para nosotros dos.

Al detener el auto frente al porche de madera, Victoria contempló el refugio con curiosidad, mientras yo descendía en silencio para bajar las dos maletas y las bolsas de la despensa expréss que ella misma había comprado horas antes. Abrí la puerta principal, la guié hacia adentro y la dejé explorar con la mirada cada rincón del lugar...

Dos días.

Ese era el maldito precio que le había impuesto a su sumisión antes de que desapareciera en las fauces de una misión de inteligencia en el extranjero que bien podría convertirse en un viaje sin retorno. Miré de reojo el perfil de mi teniente, recortado magistralmente contra la penumbra de la cabaña. Este santuario de madera y piedra no era un refugio romántico, y ella lo sabía perfectamente; era una jaula de oro que yo mismo había diseñado para aislarla de la realidad, un rincón donde su rango militar no valía absolutamente nada y mi autoridad se convertía en ley absoluta. El reflejo parpadeante de la chimenea bailaba sobre la superficie pulida de la bañera de cobre, proyectando sombras sinuosas que trepaban por los postes de la cama con dosel, como si las paredes mismas anticiparan la inevitable rendición que estaba a punto de cobrarme.

Afuera, el bosque profundo de Essex guardaba un silencio sepulcral, convirtiéndose en el cómplice perfecto de nuestro aislamiento. Ella creía que esto era una tregua, un último respiro antes de infiltrarse en territorio enemigo; lo que no terminaba de entender era que tenerla aquí, atrapada bajo mi techo y bajo el peso de mi mirada, solo avivaba la posesividad ciega que me calcinaba el pecho. Tenía la firme intención de devorar cada uno de sus minutos, de marcar su piel con tanta profundidad que ningún operativo, ninguna misión y ninguna distancia lograra borrar el recuerdo de a quién le pertenecía, porque ni siquiera estaba seguro de poder soportar seis malditas semanas de ausencia ahora que me había permitido cruzar la línea.

Dejé las cosas caer al suelo, me acerqué a ella sin mediar palabra y la tomé con fuerza de la cintura, estrellándola contra mi cuerpo para besarla con una rudeza desesperada. Mi mano grande se cerró con firmeza alrededor de su cuello, inclinando su rostro hacia arriba, y ella, lejos de apartarme o ponerme resistencia, gimió contra mis labios y me pegó aún más a su cuerpo, hundiendo los dedos con desesperación en mi cabello.

Sin romper el beso, la levanté del suelo en un solo movimiento fluido; ella enredó de inmediato sus esbeltas piernas alrededor de mi cintura y la cargué a zancos hasta la habitación, directo hacia la cama. Sus manos volaron hacia los botones de mi camisa, pero la impaciencia la derrotó, optó por no batallar y tiró con tanta fuerza que los botones saltaron, volando por los aires y golpeando contra el suelo de madera. Con un gruñido sordo, levanté las capas de su vestido negro de terciopelo y se lo deslicé por el cuerpo, dejando al descubierto su piel caliente antes de volver a fundir mis labios con los suyos en un frenesí salvaje.

—Sabes perfectamente que después de esto ya no hay camino de retorno, Darling —le susurré al oído con la respiración pesada, mordisqueándole el lóbulo de la oreja mientras mis ojos se clavaban en los suyos—. Eres My Rebellion, la única criatura en este maldito planeta capaz de hacer que mande al demonio todas mis reglas, mis principios y la cordura. Así que dime de frente... ¿Estás dispuesta a soportar todo lo que va a pasar a partir de hoy?

Ella me sostuvo la mirada, con el pecho agitado y los ojos verdes encendidos por una mezcla de deseo y rendición absoluta.

—Sé muy bien que eres mi ruina, Coronel... Lo sé cada maldita vez que te miro a los ojos —me respondió con un susurro áspero, rozando sus labios contra los míos—. Y aun así, aquí estoy, exactamente donde quise estar, completamente lista para que me destruyas. Sé perfectamente que esto me va a cobrar la vida, que me va a desarmar por dentro... pero prefiero mil veces arder en tu infierno que salvarme en cualquier otro maldito lugar del mundo...

Con esas palabras rompiéndose en su garganta, terminamos de desatar el infierno que ambos llevábamos guardado en el pecho durante meses. Se entregó a mí con una intensidad cruda, salvaje y magnética que jamás creí posible encontrar en una mujer alguna. Sus manos recorriendo mi espalda, sus uñas encajándose con fuerza en mi piel marcando surcos de fuego, sus gemidos pronunciando mi nombre como una plegaria desesperada y la forma en que su cuerpo se acoplaba al mío en una sincronía perfecta... Ella era, sin lugar a dudas, el único lugar en todo este universo jodido donde yo encajaba a la perfección.

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Estefanny Castro
me encanta la novela me gustaría que subieras más capitulos o que hicieras un maratón
Estefanny Castro: cuál es el nombre de la otra plataforma para leer las historias que has hecho
total 3 replies
Nairobis Cardozo Portillo
Alec estás jugando con fuego y te vas a quemar 🔥
Guadalupe Garza: yo diría que los dos 🤭
total 1 replies
Nairobis Cardozo Portillo
Peligroso muy peligroso 🔥
Nairobis Cardozo Portillo
Dios mío ésto está que arde🔥
Guadalupe Garza: Y lo que falta
total 1 replies
Nairobis Cardozo Portillo
Excelente comienzo
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