"Tras ser abandonada bajo la lluvia, cruza la puerta del hombre más temido de la ciudad para cuidar a su sobrino, desatando una obsesión tan cruda que está dispuesta a quemarlo todo."
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Capítulo 15: Sombras en la mesa (Perspectiva de Matteo)
Llegué a la mansión antes de lo previsto. Apenas crucé el vestíbulo, busqué con la mirada a doña Clara para asegurarme de que todo estuviera en orden.
—La señorita Katherine ya está instalada en su habitación, señor. Ella está descansando antes de la cena —me informó Clara con una sonrisa satisfecha.
Asentí en silencio y me dirigí primero al pasillo del segundo piso. Pasé por delante de la puerta de la habitación de Katherine. Estaba levemente entreabierta. Me detuve un segundo y eché un vistazo al interior. La vi de reflejo en la cama, acurrucada y envuelta en las sábanas, descansando por fin sin el peso del mundo sobre sus hombros. Un calor extraño me recorrió el pecho. Cerré la puerta con suavidad, sin hacer ruido, y seguí mi camino hacia la recámara de Leo.
Apenas abrí la puerta, el pequeño, que estaba sentado en el suelo apilando bloques de madera, levantó la vista. Al reconocerme, dejó caer las piezas y corrió hacia mí a toda velocidad, lanzándose a mis brazos. Me arrodillé para recibirlo, abrazándolo con fuerza contra mi pecho.
—Tio... llegaste —murmuró Leo con su vocecita frágil, articulando apenas las palabras justas que solía reservarme a mí y a nadie más.
Lo levanté en brazos, respirando hondo. Olfateé su cabello en broma y le dije:
—Estás apestoso, campeón. Hueles a sudor y bloques de plástico. Necesitamos un baño antes de cenar.
Leo se rio apenas, un sonido corto pero cristalino, y asintió con la cabeza.
Mientras lo bañaba en su tina, jugando con el jabón y las burbujas —un ritual que solo yo podía hacer porque él se negaba a que cualquier otra persona lo tocara—, aproveché para prepararlo para lo que venía.
—Oye, Leo —le dije, pasando la esponja con cuidado por su espalda—. Mañana... bueno, hoy en la cena, habrá alguien a quien quiero presentarte. Es una señorita muy amable que se quedará en casa para cuidarte y jugar contigo mientras yo estoy trabajando en el puerto.
Leo se detuvo de golpe, con las gotitas de agua resbalándole por la frente. Frunció el ceño, cruzó los brazos sobre el borde de la tina y negó con la cabeza rotundamente.
—No quiero...
Me acerqué a su altura, mirándolo fijamente a los ojos oscuros que tanto se parecían a los de mi difunto hermano.
—Escúchame, viejo —le dije con absoluta suavidad, tomándole las manitas mojadas—. Solo dale una oportunidad de conocerla. Prométeme que la vas a ver en la cena. Si en una semana no te agrada, te juro que la echaré de aquí y no la verás jamás. ¿Trato hecho?
Leo lo pensó unos segundos, con sus pequeños engranajes mentales analizando la oferta, hasta que dio un suspiro y asintió en silencio.
Lo saqué de la bañera, lo secué con una toalla suave y lo vestí con su pijama limpio. Antes de bajar, llamé a doña Clara para que lo llevara al comedor mientras yo me duchaba y me ponía una camisa oscura y formal para la cena.
Ya cambiado, antes de bajar las escaleras, me detuve frente a la puerta de Katherine y di dos golpes secos. Al no haber respuesta inmediata, abrí un poco. Ella ya estaba despierta y terminaba de ordenar con esmero la cama de invitados. Al verme aparecer en el umbral, se puso rígida de inmediato.
—Estás lista —le dije, apoyándome contra el marco de la puerta.
—Sí, señor Montenegro... solo esperaba que me avisaran —respondió ella, arreglándose los bordes de la ropa nueva que le habíamos comprado.
Entré un paso a la habitación, bajando un poco la voz para que nadie más nos escuchara.
—Quiero advertirte algo antes de que conozcas a Leo —le dije, mirándola a los ojos con seriedad—. Él no es un niño común. Tuvo que afrontar la tragedia del accidente de sus padres... y fue el único sobreviviente. Desde entonces, construyó un muro a su alrededor. No deja que nadie se le acerque demasiado y habla muy poco.
No hacía falta revelarle los detalles crudos: que no había sido un simple "accidente", sino una masacre perpetrada por mis enemigos en medio de una guerra de mafias que casi le cuesta la vida también a él.
Katherine me escuchó con atención, y una profunda empatía se reflejó en sus ojos marrones, suavizando el golpe de su pómulo amoratado.
—Entiendo perfectamente, señor Montenegro. No lo abrumaré. Tendré paciencia con él.
—Bien —le respondí, ofreciéndole el brazo con un gesto cortés pero imponente—. Entonces vamos a cenar. Es hora de que conozcas a mi mundo.