Yo tenía veintitrés años y necesitaba quinientos mil pesos para salvar a mi mamá.
Por eso acepté darle un hijo a un viudo de cincuenta.
Pero marqué el número equivocado.
Adrián Valdés tenía treinta y cinco, una fortuna inmensa y gustos peligrosamente dominantes. Me dejó la luz encendida, me ató las muñecas y me enseñó a pedirle más.
A la mañana siguiente, el dinero estaba en mi cuenta.
Debió ser una sola noche.
Ahora mi sugar daddy me llama su niña… y no permite que ningún otro hombre me toque.
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Capítulo 21
Capítulo 21: Ella es mi novia
Don Lupe dejó dos sudaderas dobladas sobre la isla de la cocina, una roja y una gris, cada una con un conejito blanco bordado en el pecho y dos orejas cosidas en la capucha. Adrián las vio desde la puerta, con la corbata a medio anudar.
—Las mandó doña Queta —dijo don Lupe—. Dice que en los hospitales hace frío. Y que son de pareja.
—No.
—¿No qué? —Dulce ya se estaba metiendo la gris por la cabeza. Le llegaba a medio muslo. Sacó la cara por el cuello, despeinada—. La roja es tuya.
—Tengo treinta y cinco años.
—Por eso. Ya te tocaba algo con orejas.
Desde los treinta no se ponía nada con capucha, y con un animal nunca. Se quitó la corbata. Dulce le jaló la sudadera por la cabeza, le acomodó el cuello de la camisa por dentro y le paró las dos orejas con los dedos. Don Lupe se puso a ver el techo con los labios apretados.
—Lupe.
—Ya voy por las cajas, patrón.
Don Lupe cargó en la camioneta los dos regalos de Monterrey y un termo de café para el camino. Salieron a las seis y media, con el tráfico de Reforma ya parado.
* * *
El estacionamiento de San Rafael estaba casi lleno. Don Lupe se metió en un cajón del segundo nivel y Adrián, al bajar, se topó de frente con un sedán blanco estacionado del otro lado del pasillo, con el motor prendido.
El que iba al volante tenía más o menos su edad y lo estaba viendo por el parabrisas sin disimular. Cejas pesadas, ojos hundidos. Eran las cejas y los ojos de su papá en las fotos de la boda, antes de las canas. En el asiento del copiloto, una señora de unos sesenta años le puso la mano en el brazo al hombre, y el sedán arrancó despacio y se fue hacia la rampa.
Adrián alcanzó a ver los últimos tres números de la placa y los anotó en el celular. Dulce le jaló la manga.
—¿Qué ves?
—Nada. Vámonos.
—Patrón, allá abajo hay prensa —dijo don Lupe, que venía detrás con las cajas, asomado por la barda hacia la entrada principal—. Es por el actor ese, Zárate, el que se cayó del caballo. Llevan tres días. ¿Esperamos a que se vayan?
—No.
Adrián tomó la mano de Dulce. La tenía mojada. Bajaron por la escalera del estacionamiento y salieron a la banqueta, justo frente a las puertas de vidrio, donde había unos quince reporteros con cámaras y micrófonos, un guardia de seguridad y varias familias fumando junto a las jardineras. Un muchacho con gafete de prensa volteó primero.
—¡Es Adrián Valdés!
—¿El de Grupo Valdés? —dijo otro—. ¿El que nunca sale con nadie?
Los flashes empezaron antes de que dieran tres pasos. Dulce se frenó medio paso. Adrián no le soltó la mano. Una reportera de chamarra negra, con el micrófono de Portal Farándula MX, se abrió camino hasta quedar enfrente; detrás de ella, un camarógrafo gordo con gorra de beisbol ya los tenía en cuadro.
—¡Licenciado Valdés! Buenas noches. ¿Quién es la señorita?
Adrián bajó la cabeza hacia Dulce primero. Ella tenía la capucha medio caída y las orejitas de conejo chuecas.
—Acostúmbrate —le dijo—. Los vas a ver seguido.
Luego levantó la vista hacia la cámara.
—Estoy enamorado. Ella es mi novia.
Hubo un segundo de puros clics. Después todos hablaron al mismo tiempo.
—¿Desde cuándo andan?
—¿Es del medio? ¿Es modelo?
—¿Cómo se conocieron?
Las uñas de Dulce se le clavaron en la palma. Adrián adivinó por qué: el poste, el anuncio, el viejo de cincuenta años.
—Por una llamada equivocada.
La reportera esperó el resto con el micrófono estirado. No hubo resto. Dulce soltó el aire por la nariz.
—¿Y ella cómo le dice? —gritó alguien de atrás.
Adrián abrió la boca, pero Dulce se le adelantó. Levantó la barbilla hacia las cámaras.
—Mi viejo.
La carcajada fue general; se rieron hasta el guardia y el camarógrafo detrás de la lente. Adrián se permitió media sonrisa.
—Ya la oyeron.
En eso se abrieron las puertas de vidrio. Salió Coni con lentes oscuros en la cabeza y el celular en la mano, y detrás de ella una mujer de traje sastre con dos teléfonos, que iba diciendo algo del comunicado de la tarde. Coni vio a los reporteros, vio a su hermano, vio la mano de Dulce en la de él. Se quitó los lentes de la cabeza.
—¡Coni! —La reportera giró el micrófono—. ¿Cómo sigue Rodolfo Zárate?
—Estable, gracias, ya mandamos comunicado —contestó la de los dos teléfonos—. Soy Maité, su representante, cualquier cosa…
—Mi hermano me dio una sorpresota —la interrumpió Coni, y se metió hasta la primera fila.
—¿Y qué opina de la novia de su hermano? ¿La aprueba?
Coni recorrió a Dulce de arriba abajo: la sudadera, los tenis blancos, el pelo corto.
—Cuando entre a la familia —dijo—, si es que entra, la voy a observar.
Adrián la miró y no le dijo nada. A Coni le había aguantado berrinches toda la vida, hasta los gritos en el pasillo de Querétaro, y nunca le había puesto esa cara. Ella sostuvo la sonrisa un segundo más de lo que podía.
—Tengo cosas que hacer.
Se dio la vuelta y se fue hacia el estacionamiento. Maité salió corriendo detrás, los tacones sonando en la rampa.
Dulce se le pegó más al brazo. Adrián sintió que se le acomodaba contra el costado, y cuando volteó a verla, ella le estaba sonriendo de oreja a oreja a la espalda de Coni, y luego a las cámaras, con los dientes. A él se le aflojaron los hombros. No era de las que se dejaban.
En la primera fila, alguien había empujado a un reportero para ganarle el lugar. Traje blanco, nuevo, con los dobleces de la bolsa todavía marcados en las piernas, y un ramo de peonías rosas envuelto en papel kraft. Rafa. Tenía los ojos en las manos entrelazadas.
Adrián caminó hacia las puertas sin cambiar el paso, y el hombro le dio a Rafa de lado. El muchacho se hizo medio paso atrás.
—Oiga…
Las puertas de vidrio se cerraron detrás de ellos.
* * *
En el cuarto del quinto piso, Chayo estaba sentada en la cama con el rosario enredado en los dedos y la tele sin volumen. Mari salía con una charola de medicamentos y casi se va de espaldas.
—Güey —le dijo a Dulce en voz baja—. ¿Y esos conejos?
—Cállate.
Mari se fue por el pasillo, riéndose. Chayo les tendió los brazos.
—¡Ay, mijo! ¡Pero qué bonitos se ven! Parecen de peluche.
—Buenas noches, suegrita. —Adrián dejó las cajas en la mesita—. Glorias de Linares y machacado. De Monterrey.
—¿Y dónde lo pongo? Mira nomás cómo tengo la cocinita. —Chayo señaló con la barbilla—. Julián me trajo avena y amaranto, y el joven Rafa unos frascos de vitaminas con puras letras en inglés. Ya no cabe nada.
—Ya sé. Aquí tengo quien me cuente.
—¿Quién te cuenta?
—El doctor Villegas.
—¡Ay, no! —Chayo soltó una carcajada y se agarró la panza—. No me hagas reír, que todavía me jala. —Se limpió los ojos con la sábana y se puso seria de golpe—. ¿Y para cuándo la boda?
Dulce se atragantó con el agua que se estaba sirviendo. Adrián le dio dos palmadas en la espalda.
—Primero quiero ser su novio unos meses, suegrita. Nunca he sido novio de nadie.
—Pues apúrate a aprender, mijo. —Chayo lo miró a él y luego a Dulce, que estaba roja hasta las orejas de la capucha—. Porque yo ya no estoy para esperar.
Se quedaron una hora. Chayo les contó que esa mañana la habían dejado caminar hasta el elevador y que la de nutrición le prometió gelatina de limón.
* * *
En el vestíbulo de la planta baja, junto a la máquina de café, estaba Rafa. Había esperado todo ese tiempo con las peonías en la mano. Cuando los vio salir del elevador, se paró enfrente, a un metro de Adrián.
—Buenas noches —dijo, y se le fue un poco la voz. Carraspeó—. Tres días. Gimnasio Titán, en Polanco, cinco de la tarde. Vencidas, dos de tres. El que pierda se hace a un lado.
—Hecho.
—¡Oigan! —Dulce se soltó de Adrián y se les plantó en medio—. ¡Yo no soy premio de nadie!
—No apuestas tú —le dijo Adrián, sin quitarle los ojos a Rafa—. Apuesta él su orgullo.
Rafa apretó la quijada. Miró a Dulce como si ella fuera a decir algo más. Luego dejó las peonías en el mostrador de informes, frente a la recepcionista, y salió por las puertas de vidrio sin voltear. La recepcionista olió el ramo y lo metió en un bote con agua.
—¿Estás loco? —Dulce le pegó en el brazo—. ¡Es un chavo de gimnasio! ¡Te va a romper la muñeca!
—Tú escoge dónde cenamos.
* * *
A las nueve y media iban por el Periférico. Adrián tenía el celular en la mano y Dulce ya cabeceaba contra su hombro, con la capucha puesta.
Sam le había mandado un enlace sin comentario. Era la nota de Portal Farándula MX, y arriba de la nota, la foto que había tomado el camarógrafo, un tal Gus según el crédito: ella con la barbilla levantada y las orejas chuecas, él viéndola desde arriba, los dos en la misma luz blanca de las puertas del hospital. El título decía: Adrián Valdés rompe el silencio: Estoy enamorado.
Debajo, alguien en X había escrito: Le dice mi viejo y él se derrite, no puedo. Otro: Yo también quiero un viejo de ese tamaño. En menos de una hora ya existía #ElViejoYSuDulce, y estaba en el tercer lugar de tendencias, entre un partido del América y el actor del caballo. Chismecito Semanal ya había subido el video de la carcajada.
—Ya salió, patrón —dijo don Lupe por el retrovisor—. Me lo mandó doña Queta con tres corazones.
Adrián buscó la foto con el hashtag y la compartió. Escribió una sola palabra: Sí.
El celular vibró otra vez. Una historia de Coni, subida hacía diez minutos: una captura del video, Dulce colgada de su brazo con las orejas de conejo, y encima, en letra blanca: Qué rápido se consigue un apellido.
Adrián bloqueó la pantalla y la puso bocabajo sobre la rodilla. Dulce se acomodó mejor contra él, dormida, y se le dobló una de las orejas de la capucha contra la mejilla. Él se la enderezó con un dedo.
El viernes a las cinco, el muchacho de las peonías se iba a hacer a un lado.