NovelToon NovelToon
Me casé con el papá de mi acosadora

Me casé con el papá de mi acosadora

Status: Terminada
Genre:CEO / Diferencia de edad / Ascenso de clase social / Casada con el millonario / Romance oscuro / Venganza por acoso / Completas
Popularitas:243
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

—Ve y acúsame con mi papá —se burló Daniela Solana después de humillarla una vez más.
Maite Guzmán hizo exactamente eso.
Con veintidós años, una beca que no podía perder y un celular lleno de pruebas, entró en la oficina del hombre más poderoso de Monterrey. Esperaba que Rodrigo Solana comprara su silencio. En cambio, él castigó a su propia hija, le dio de comer cuando Maite se desmayó de hambre y decidió que nadie volvería a tocarla.
Rodrigo tiene cuarenta y seis años, una fortuna de esas que abren cualquier puerta, una exesposa que todavía lo reclama y la costumbre de controlarlo todo. Maite es la compañera de universidad de su hija, viene de un rancho y no piensa deberle nada a ningún hombre.
Pero la gratitud se convierte en deseo. Las miradas clandestinas terminan detrás de una puerta cerrada, y el hombre más frío de Monterrey descubre que con Maite no sabe ser prudente: quiere protegerla en público, hacerla temblar en privado y convertirla en su esposa.
Daniela todavía no sabe que la becada a la que humilló duerme en la cama de su padre.
Cuando lo descubra, ya será demasiado tarde: Maite no será su víctima. Será su madrastra.

NovelToon tiene autorización de VivianMansano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 23

Capítulo 23: La futura señora de esta casa

Maite abrió los ojos con un papelito pegado a la mejilla. Se lo despegó. Tenía la letra de él, derechita, apretada, de alguien que había escrito sin lentes:

Salí a correr al jardín. Te amo. —Tu tío.

Se rio sola, en voz alta, con la cara en la almohada. Eran las ocho y diez. Del otro lado de la ventana, allá abajo entre los rosales, una figura de camiseta gris daba vueltas al jardín a trote parejo.

Cuando él entró, sudado y con la respiración todavía cortada, ella ya lo esperaba de pie. Se le colgó del cuello y lo besó. Él la levantó un poco del piso.

—Espérate. —Maite se separó apenas y le habló bajito, contra la camiseta—. Todavía me duele un poquito.

Rodrigo la bajó en el acto. No preguntó nada más. La abrazó, nada más eso, con la barbilla encima de su cabeza.

—Hoy no. Hoy te consiento.

* * *

A las nueve llegó un tocador. Blanco, con espejo ovalado y un banquito tapizado. Lo subieron dos muchachos de una mueblería, mandados por Tomás, y lo pusieron junto a la ventana de la recámara.

—Siéntate.

Maite se sentó. Rodrigo se paró detrás, le juntó el pelo con las dos manos y empezó a separarlo en tres. Lo hacía rápido. Demasiado rápido para un señor que dirigía una empresa de lavabos.

—¿Dónde aprendiste?

—Le hacía trenzas a Dani cuando era chiquita. —Cruzó un mechón sobre otro—. Todas las mañanas, antes del kínder.

Maite lo miró por el espejo. Él tenía los ojos en el pelo, muy concentrado, con la boca apretada.

—¿Y qué le voy a decir a Dani el día que se entere?

Las manos de él no se detuvieron.

—Que tú eres la futura señora de esta casa y ella es mi hija. Si un día te falta al respeto aquí, Imelda la acompaña a la puerta. —Otro cruce—. Y Gisela no entra. Nunca.

Lo dijo igual que decía la hora. Maite sintió que algo se le acomodaba en el pecho, en su lugar.

Él llegó a la punta de la trenza y le pidió una liga con la mano abierta. Ella se la dio.

—Mira nada más qué historia —dijo él, mientras la amarraba—. Mi hija te molestó todo el año escolar… y tú, en vez de rendirte, te volviste su madrastra.

Maite soltó una carcajada tan fuerte que se tuvo que agarrar del tocador. Se rio hasta que le salieron lágrimas, y en el espejo él también se estaba riendo, callado, con los hombros.

* * *

A las diez y media estaban todos en la sala. Formados otra vez, igual que el día anterior, pero ahora con Chuy en la punta de la fila. Ocho personas con las manos juntas al frente, y el sol entrando por la pared de vidrio.

Rodrigo le tomó la mano. La argollita quedó entre los dedos de los dos.

—La señorita Maite es la futura señora de esta casa. Lo que ella decida, se hace.

Hubo un silencio de un segundo. Luego Imelda dio medio paso al frente.

—Bienvenida, señorita Maite.

—Bienvenida, señorita Maite —repitieron los demás, desparejo, las muchachas un poquito después.

Maite no sabía dónde poner las manos. Se las metió en las bolsas de atrás del pantalón y las volvió a sacar.

—Gracias. De verdad. Nada más les pido una cosa. —Tragó saliva—. Ya no me den más sorpresas, porque me da miedo despertar.

Chencho se rio. Toña le dio un codazo.

—Y otra. —Maite levantó un dedo, como en el estudio—. Mi ropa interior la lavo yo. —Se volteó hacia Rodrigo—. Y la suya también, ingeniero.

Las muchachas se pusieron coloradas tratando de no reírse. Adolfo miró el piso. Rodrigo se aclaró la garganta y se quedó viendo el techo, muy interesado en una lámpara.

Cuando se dispersaron, Maite alcanzó a oír en el pasillo de la cocina a una de las muchachas:

—Qué linda la señora chiquita.

—Señorita Maite —la corrigió Imelda, sin voltear.

* * *

A las once y media, el departamento de Residencial Arboleda olía todavía a pintura. Piso veintiuno, unos doscientos metros, todo puesto. Villarreal esperaba en la barra de la cocina con una carpeta abierta. A su lado, el licenciado Sepúlveda destapaba la misma pluma fuente de la noche anterior.

—Escritura de donación del inmueble —dijo el notario—. A favor de la señorita Maite Guzmán Robles.

Maite miró la hoja. Luego miró por el ventanal, Valle Oriente entero allá abajo. Luego miró su mano izquierda.

No agarró la pluma.

—No.

Villarreal levantó la vista de la carpeta.

—Si me das un departamento, y un anillo, y diez millones, y luego te quedas sin nada… —Maite cruzó los brazos—. No. Hasta que de verdad seas mi esposo.

Rodrigo se quedó callado dos segundos. Ella los contó.

—Entonces hoy.

—¿Hoy qué?

—Registro Civil. Hoy.

Maite abrió la boca. La cerró.

—Me dijiste que no a escondidas de mi amá.

—Hoy se mete la solicitud. El trámite tarda semanas. —Le sostuvo la mirada—. El día que firmemos, tu mamá ya lo va a saber.

Maite lo pensó. Lo pensó de verdad, con el notario esperando y la pluma destapada secándose.

—¿Hoy?

—A la una.

Agarró la pluma y firmó. Maite Guzmán Robles, con la G bien derecha esta vez.

—La inscripción en el Registro Público tarda unas semanas —dijo Villarreal, guardando la hoja—. Pero ya es suyo, señorita.

* * *

La Oficialía del Registro Civil de San Pedro tenía aire acondicionado demasiado fuerte y una fila de sillas de plástico azul. A la una y cinco, la señorita de la ventanilla les deslizó una hoja impresa por debajo del vidrio.

—Acta de nacimiento de los dos, INE, CURP, análisis prenupciales. —Miró a Rodrigo por encima de los lentes—. ¿Usted es divorciado?

—Sí.

—Entonces también su acta de matrimonio anterior, con la anotación del divorcio al margen. Sin eso no le puedo recibir nada.

Villarreal abrió su carpeta. Pasó hojas. Las volvió a pasar. Maite le vio la cara y supo la respuesta antes que él.

—Traje las actas de nacimiento, ingeniero. Nada más.

—Hoy lo más que les puedo dar es la solicitud en blanco —dijo la señorita, y la deslizó también por debajo del vidrio.

Maite la agarró. Una hoja. Espacios vacíos para dos nombres.

Rodrigo se inclinó hacia la ventanilla.

—¿Hay forma de…?

Le sonó el celular. Lo iba a rechazar. Vio el nombre y contestó.

—Ingeniero, es grave. —La voz de Tomás se oía hasta donde estaba ella—. Seis tractocamiones. Lo del latón y los cartuchos de cerámica que venían de Manzanillo. Se los llevaron en la autopista a Guadalajara. Si no aparecen, el lunes se para la línea en Apodaca.

Maite vio pasar algo por la cara de él. No fue miedo. Fue más chiquito y más feo: el color que se le iba de la boca, la mano libre que se cerraba. Por primera vez estaba viendo al ingeniero Solana, el de las juntas y los noticieros, y no al señor que le hacía trenzas.

—Voy para allá. Llama a la aseguradora. Y a la Guardia Nacional. Ya.

Colgó. Se volteó hacia ella.

—Maite…

—Vete.

Él le apretó los dedos, la argollita entre los suyos.

—Chuy te lleva a donde quieras. Come algo. No me esperes.

Villarreal ya tenía su carro prendido en la banqueta. Rodrigo se subió sin voltear. El carro dio la vuelta en la esquina.

Maite se quedó en los escalones de la Oficialía, con el sol de la una y media pegándole en la cabeza y la solicitud en blanco entre las manos.

El celular le vibró en la bolsa. Una notificación de noticias:

Roban seis tractocamiones en la autopista Manzanillo-Guadalajara.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play