Dante Vassari es un poderoso alfa y jefe de una de las organizaciones mafiosas más temidas. Hace años perdió el olfato tras un misterioso atentado, y con él perdió toda posibilidad de encontrar a su destinada. Hasta que una nueva becada llega a su empresa. Aria Moretti es inteligente, obstinada y demasiado sincera para su propio bien. No le teme a Dante y no duda en señalar los errores de sus proyectos, aunque eso signifique enfrentarse al hombre más poderoso de la empresa. Lo que ninguno de los dos sabe es que su encuentro no es una casualidad. Porque quizá la destinada que Dante lleva años buscando siempre estuvo más cerca de lo que imaginaba.
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La primera semana de Aria
La primera semana de Aria Moretti en Vassari Group fue suficiente para que todo el piso supiera quién era.
No porque ella buscara llamar la atención.
Todo lo contrario.
Aria llegaba temprano, hacía su trabajo, tomaba notas, revisaba cada documento dos veces y se marchaba cuando había terminado lo que tenía pendiente.
Pero tenía una pequeña costumbre que, en una empresa como aquella, resultaba casi peligrosa.
No se quedaba callada cuando encontraba un error.
—Esta cifra no coincide con el informe anterior.
—Está bien así.
—No, no está bien.
—Moretti, soy el encargado de este proyecto.
Aria levantó la mirada de la pantalla.
—Y yo soy la persona que acaba de encontrar el error.
Silencio.
—Podemos discutir quién tiene razón después —añadió ella con absoluta tranquilidad—. Primero corrijamos la cifra.
Así era Aria.
No levantaba la voz.
No insultaba.
No buscaba humillar a nadie.
Simplemente señalaba el problema y esperaba que alguien lo solucionara.
Y eso comenzó a convertirse en su reputación.
Para el cuarto día ya había quienes la llamaban la becaria que no tenía miedo.
Para el quinto, la pequeña inspectora.
Y para el final de la semana…
—¿Ya escuchaste lo que hizo Moretti esta mañana?
—¿Otra vez?
—Le devolvió un informe a uno de los directores.
—¿En serio?
—Le dijo que estaba incompleto.
—¿Y él?
—Lo corrigió.
Los murmullos recorrían el piso.
Aria, mientras tanto, seguía trabajando como si nada.
No sabía que los hombres que trabajaban directamente para Dante habían empezado a fijarse en ella.
Y tampoco sabía que aquellos comentarios terminaban, tarde o temprano, llegando a los oídos de su jefe.
......................
—Moretti volvió a encontrar un error.
Dante levantó la mirada de los documentos.
Uno de sus hombres estaba frente a su escritorio.
—¿Qué error?
—Un informe financiero. Lo revisó antes de que llegara a dirección.
Dante dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—¿Y tenía razón?
El hombre dudó.
—Sí.
Dante asintió y volvió al documento.
—Entonces no veo el problema.
—No hay problema.
Una pausa.
—Solo que…
Dante levantó lentamente la mirada.
—¿Solo que?
—Que parece no tener miedo de nadie.
La expresión de Dante apenas cambió.
—Eso no es necesariamente malo.
—No.
El hombre sonrió ligeramente.
—Pero tampoco parece entender cuándo debería tenerlo.
Dante lo observó durante unos segundos.
—Déjala trabajar.
—Sí, señor.
El hombre salió.
Dante volvió a sus documentos.
Intentó concentrarse.
No pudo.
La imagen de Aria apareció en su mente.
Pequeña.
Demasiado pequeña, incluso.
Él había conocido personas capaces de enfrentarlo.
Hombres mucho más grandes que ella.
Hombres armados.
Hombres que habían intentado matarlo.
Pero ninguno tenía aquella manera tan particular de mirarlo.
Aria no necesitaba imponerse.
No necesitaba levantar la voz.
Simplemente hablaba.
Y esperaba que él escuchara.
Dante frunció el ceño.
Había algo extraño en ella.
Algo que no terminaba de comprender.
......................
—El jefe preguntó por ti.
Aria levantó la cabeza.
—¿Dante?
—Sí.
—¿Qué quiere?
—No lo sé.
Aria suspiró.
—Espero que no sea porque corregí otro informe.
El hombre frente a ella soltó una risa.
—¿Te das cuenta de que eres la única persona en este piso que habla del jefe como si fuera un compañero de universidad?
Aria parpadeó.
—¿Cómo debería hablar de él?
—Con miedo.
—¿Por qué?
El hombre la miró incrédulo.
—Porque es Dante Vassari.
Aria volvió a mirar su pantalla.
—Eso ya lo sé.
—No parece.
Ella sonrió apenas.
—No puedo equivocarme menos en mi trabajo solo porque mi jefe sea intimidante.
El hombre negó con la cabeza.
—Definitivamente estás loca.
Aria soltó una pequeña risa.
—Eso me han dicho.
Aquella tarde, Dante caminaba por el piso acompañado de dos de sus hombres.
No había avisado que saldría de su oficina.
Y, como siempre, su presencia bastó para cambiar el ambiente.
Las conversaciones bajaron de volumen.
Las personas enderezaron la espalda.
Algunos dejaron de hablar.
Dante avanzó sin prestar atención.
Hasta que escuchó su nombre.
—…y entonces Moretti le dijo que no iba a firmar el informe porque—
Dante se detuvo.
Sus hombres también.
La conversación murió inmediatamente.
Dante giró ligeramente la cabeza.
Al otro lado del piso estaba Aria.
Sentada frente a su computadora.
Con el cabello recogido de cualquier manera.
Una taza de café junto al teclado.
Completamente concentrada.
No parecía darse cuenta de que él estaba allí.
Uno de los hombres de Dante carraspeó.
—Es ella.
Dante la observó.
—¿Quién?
—Moretti.
Dante ya lo sabía.
Pero no respondió.
La miró unos segundos más.
Era pequeña.
Mucho más pequeña de lo que había imaginado.
Cuando se había enfrentado a él en su oficina, la tensión y la seguridad con la que hablaba habían hecho que pareciera mucho más grande.
Ahora, viéndola desde aquella distancia, apenas llegaba a su pecho.
Dante entrecerró los ojos.
¿Cómo podía haber tanto carácter dentro de una mujer tan pequeña?
Aria levantó la mirada en ese momento.
Sus ojos se encontraron.
Ella se quedó quieta.
Dante también.
Durante un segundo ninguno dijo nada.
Después, Aria simplemente inclinó la cabeza a modo de saludo.
Sin nervios.
Sin bajar la mirada.
Sin esa expresión de miedo que él estaba acostumbrado a provocar.
Dante continuó caminando.
Pero algo había cambiado.
Porque mientras regresaba a su oficina, una pregunta comenzó a instalarse en su cabeza.
¿Por qué aquella mujer le resultaba tan difícil de ignorar?
Y, por primera vez en mucho tiempo, su lobo pareció despertar ligeramente.
No habló.
No rugió.
Solo abrió los ojos.
Como si también él hubiera comenzado a prestar atención.
Dante se detuvo frente a las puertas de su oficina.
Frunció el ceño.
Aquello no podía ser una coincidencia.
Todavía no sabía qué significaba.
Pero estaba empezando a sospechar que Aria Moretti iba a convertirse en un problema mucho mayor de lo que había imaginado.