Sofía Nieto reservó una habitación de hotel para entregarle su primera vez al novio con quien llevaba dos años.
Pero, en la oscuridad, terminó abrazando al hombre equivocado.
A la mañana siguiente despertó desnuda junto a Damián Godoy: un magnate diez años mayor que ella, dueño de un imperio empresarial y conocido en toda Ciudad Aurora como el Verdugo. Frío, dominante y peligrosamente poderoso, Damián estaba acostumbrado a conseguir todo lo que deseaba.
Y desde aquella noche, empezó a desearla a ella.
Sofía quiso olvidarlo y volver con su novio. Sin embargo, descubrió que él la había traicionado y acababa de casarse con la mujer que provocó el error del hotel. Como si eso no bastara, un accidente dejó a su padre al borde de la muerte y a su familia con una deuda de medio millón de pesos.
Damián pagó la deuda.
Pero no pensaba dejarla desaparecer después.
—Me debes medio millón, nena. Y pienso cobrarlo.
Sofía entra así en el mundo del hombre más temido de la ciudad: su empresa, su casa y una relación que debía terminar en cuanto la deuda quedara saldada.
Para Damián, ella solo sería un antojo pasajero.
Hasta que comenzó a ponerse celoso de cualquier hombre que la mirara.
Hasta que fue incapaz de dormir sin tenerla entre sus brazos.
Hasta que estuvo dispuesto a enfrentar a su familia, a sus enemigos y al mundo entero con tal de protegerla.
Pero Sofía no quiere cambiar una deuda por una jaula. Mientras lucha por construir una carrera, comprar su propia casa y dejar de vivir para los demás, deberá descubrir si Damián realmente la ama… o si solo desea poseerla.
Él creyó que terminaría cansándose de ella.
No sabía que aquella muchacha que entró por error en su cama acabaría convirtiéndose en su única debilidad.
En su antojo.
En su adicción más dulce.
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Capítulo 18
Capítulo 18: Quién te entregó a quién
Unos días después, a mediodía, en plena hora de trabajo, Brenda me emboscó.
Yo andaba distinta esos días. Como si de tanto ver a Renata plantarse sin gritar, y de tanto ganarle carácter al Prieto en la nave, algo se me hubiera enderezado por dentro. Ya no era la muchacha que aguantaba en silencio para no armar pancho. Ya no contaba hasta diez tragándome todo. Había descubierto que se podía contestar. Que el mundo no se acababa por defenderse.
Y ese día el mundo me puso la prueba.
Pero antes había pasado otra cosa, del otro lado de la ciudad, que yo no vi.
—————
Brenda dejó plantado a Kevin en la puerta del registro civil.
Iban a firmar el divorcio. Filas de parejas felices entrando a casarse, y ellos dos ahí, para lo contrario. En el último momento, Brenda se cruzó de brazos y dijo que no firmaba. Que primero los "bienes del matrimonio". Que Kevin no se iba a zafar tan barato.
Pero su verdadero plan era otro, y lo traía apuntado desde hacía días: cobrarme a mí los veinte mil que Kevin me había prestado para la operación de mi papá.
Y mientras esperaba a Kevin en la banqueta, a Brenda le cayó encima, tarde y con rabia, una verdad que la carcomió.
Se acordó de aquella primera noche. De la tarjeta de la habitación del hotel. De cómo ella misma, con sus propias manos, para quitarme de en medio, había empujado los hilos para que yo terminara en la cama equivocada. En la cama de Damián Godoy.
Había sido ella. Ella misma había sido la casamentera. Sin querer, por pura intriga, había unido a la pareja que ahora envidiaba con toda el alma. La ironía la revolcó por dentro. Aquella noche del hotel, tanto tiempo atrás, cuando movió la tarjeta de la habitación para deshacerse de mí, para empujarme al cuarto equivocado y quitarme de en medio de Kevin, se había reído creyendo que me hundía. Y en realidad me había abierto la puerta de la vida que hoy le quemaba los ojos. El destino le había cobrado la maldad con la peor de las burlas: hacerla, a ella, madrina de mi fortuna.
Pero no dijo nada. No podía. Decirlo en voz alta era quedar en ridículo para siempre, y encima confesar que había sido ella la de la intriga. Se tragó la ironía entera, como quien se traga un vidrio, y la convirtió en más rabia contra mí. Que fue lo único que supo hacer siempre con lo que le dolía.
Kevin llegó con los papeles del divorcio en un folder, ojeroso, con esa cara de derrota que traía desde la boda. La vio ahí plantada, con los brazos cruzados, y suspiró.
—No firmaste.
—No me da la gana.
—Brenda. —Kevin se pasó la mano por la cara—. Déjala en paz a Sofía. Sea lo que sea que estés pensando, déjala.
—¿La defiendes? —chilló Brenda—. ¿Todavía la defiendes?
—Le deseo que le vaya bien —dijo Kevin, y lo dijo de verdad, con una tristeza noble—. Es honrada. Es echada pa'delante. Ojalá encuentre a alguien que la trate como se merece. Que no fui yo, ya lo sé. —La miró—. Pero tú déjala.
Brenda no lo dejó. Al contrario. Se fue directo a buscarme.
—————
Me emboscó en la explanada, abajo de la empresa, junto al puesto de tacos, a la vista de todos los que salían a comer.
—¡Tú! —me gritó—. ¡Arrimada! ¡Me debes dinero!
Se me hizo un hueco en el estómago. Los curiosos empezaron a juntarse.
—Yo no te debo nada a ti, Brenda.
—¡Los veinte mil que te prestó Kevin! ¡Con intereses son treinta! ¡Perdí en la bolsa por tu culpa! —Infló la cifra sin pudor, gritando para el público—. ¡Miren a la mosca muerta! ¡La que se acuesta con el jefe por dinero! ¡La interesada!
Antes me hubiera hecho chiquita. Antes hubiera bajado la cara y me hubiera ido llorando. Pero yo ya no era esa.
—El préstamo se lo debo a Kevin, y a Kevin se lo pago —le dije, fuerte, para que también me oyeran—. A ti no te debo ni las gracias. Y de lo del jefe, cuídate tú, Brenda, no vaya a ser que el que se acostó con quien no debía haya sido más cercano tuyo de lo que crees.
Se puso morada. Y se me fue encima.
Me agarró del pelo y me jaló al piso. Sentí el jalón hasta la nuca, el golpe del suelo en la cadera, las risas y los "¡uy!" de los mirones. Pero justo cuando Brenda echaba la mano para volver a jalarme, unos brazos la sujetaron por detrás.
El Prieto. Que pasaba por ahí. La agarró de los codos y la detuvo en seco.
—Órale, órale, señora, más despacio.
Y esa fue toda la ventaja que necesité. Me levanté con el pelo revuelto y la sangre hirviendo, y le solté a Brenda lo que traía atorado desde el principio: una cachetada, y otra, y le agarré el mechón que ella me había jalado a mí, y se lo arranqué de un tirón. Se quedó con un hueco despeinado sobre la oreja, gritando, y la corretée dos pasos y ella salió corriendo entre las carcajadas de todo el puesto de tacos, despeinada, humillada, huyendo por primera vez de mí.
Me quedé ahí, temblando de adrenalina, con el mechón de Brenda todavía en el puño y la blusa desacomodada.
El Prieto se rió, encantado, soltándola por fin.
—Oiga, pos qué genio. Así me gustan. —Se limpió las manos en el pantalón—. Oiga, ¿y si somos amigos? Nomás amigos, ¿eh? Yo la defiendo y usté me invita unos tacos.
—Gracias por la mano —le dije, sin coquetería ninguna, acomodándome la blusa—. Pero tengo novio. Y lo quiero.
—Uy. —Se hizo el ofendido—. El novio bueno, ¿verdad? El del carrazo negro.
—Ese. —Lo miré firme—. Así que amigos, si acaso, de lejitos.
Se encogió de hombros, medio divertido, medio picado, y se fue silbando hacia la nave. No le di importancia. No sabía todavía que ese "amigos, de lejitos" iba a costarme, más adelante, un pleito de celos con Damián que ni yo me esperaba.
Los mirones se fueron dispersando, comentando el pleito como quien comenta un partido. El del puesto de tacos hasta me regaló un refresco "por la función". Yo me lo tomé de un trago, con la mano temblando, sintiendo bajar la adrenalina de a poquito y subir, en su lugar, una cosa nueva: no vergüenza. Orgullo. Por primera vez no me había hecho chiquita. Por primera vez la que salió corriendo fue la otra.
Y con el corazón todavía galopando, saqué el teléfono. Porque lo primero que pensé —y eso me sorprendió a mí misma— no fue esconderle nada a Damián. Fue contárselo. Todo. La deuda, Kevin, el pleito, antes de que se enterara por otro lado. Porque ya confiaba en él de un modo que no me había pasado con nadie.
Marqué su número con la mano temblando y el mechón de Brenda todavía en el puño.
Sonó una vez. Dos.