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Me casé con el papá de mi ex

Me casé con el papá de mi ex

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Mujer poderosa / Amor a primera vista / Casada Con Mi Ex's Familiar / Completas
Popularitas:322
Nilai: 5
nombre de autor: Vivi

Después de encontrar a Emilio con Paola en la habitación 1208, Ximena no quiere volver a saber de ninguno de los dos. Por eso le sorprende que, al día siguiente, Leonardo Aldama —el padre de Emilio— aparezca para disculparse. No intenta justificar a su hijo. Solo le dice que no la merecía.
Ximena tiene veintiséis años y una vida que se ha construido sola. Leonardo, cuarenta, enviudó hace años y está acostumbrado a resolverlo todo. Con ella aprende a esperar: primero un café, luego otro; una llamada que se alarga y un beso que ninguno sabe cómo explicar.
Emilio sigue siendo parte de sus vidas, y Ximena no piensa hacerse pequeña para encajar en la familia Aldama. Pero cada vez le cuesta más fingir que Leonardo es solo el padre de su ex.

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Capítulo 23

Capítulo 23: Por mi vida

Leonardo no se sentó. Se quedó de pie frente al sillón, con las manos todavía húmedas del lavabo, como se queda uno frente a un juez que no ha terminado de leer.

—Que nadie me la vuelva a lastimar —dijo la tía Chayo—. Ni usted.

Lo dijo mirándolo a los ojos. Una señora bajita, con un pañuelo doblado en cuatro en el puño y un ramo de alcatraces en el regazo. Leonardo había negociado con bancos, con sindicatos, con un fiscal. Nadie lo había mirado así.

—Se lo prometo.

—Prometer. —La tía hizo un gesto con la mano, como quien espanta una mosca—. Prometer es fácil, licenciado. Siéntese. Le voy a contar algo, para que sepa qué es lo que me está prometiendo.

—Tía… —empezó Ximena.

—Tú te callas, que es mi casa.

Leonardo se sentó en la silla frente a ella. Ximena se sentó a su lado, en la orilla del otro sillón.

El tío Neto había sacado al perro al patio y había vuelto con el café; se quedó parado junto a la mesa del comedor, con la taza en la mano, sin tomársela.

—Cuando se murieron mi hermana y su esposo, en la autopista, esta niña tenía nueve años. —La tía señaló a Ximena con la barbilla—. Se la quedaron los de Atlixco. La familia del papá. Y yo pensé, bueno, son sus tíos, son su sangre, la van a querer.

Se detuvo. Apretó el pañuelo.

—La pusieron a barrer la tienda. A cargar cajas. A dormir en la bodega de atrás, entre los costales, con un petate. Le daban de comer lo que sobraba, si sobraba. Y una noche de aguacero, porque se tardó en cerrar la cortina, la dejaron afuera. Toda la noche. Tocando la puerta. Nueve años.

Leonardo sintió algo en la garganta, algo que no bajaba.

—Y luego los oí por teléfono. Que si mejor a una casa hogar. Que si se la daban a una comadre, para que le ayudara en la casa. De muchacha. A una niña de nueve años. —La voz se le rompió y la tía la volvió a juntar a la fuerza—. Esa misma noche agarré el carro y me fui. Manejé hasta Atlixco. Me paré en la puerta de esa tienda y les dije nadie se la lleva.

Leonardo sabía que a Ximena la había criado su tía. Nada más. Ella nunca le había contado del petate. Ni de la puerta.

—Y luego —siguió la tía, más bajo— me aguanté meses de juzgado en Puebla hasta que el juez de lo familiar me nombró su tutora. Con papel. Y les saqué lo que quedaba del seguro, que ya se lo estaban gastando.

—Tía, ya. —Ximena se rio, una risa ligera, puesta encima de todo como una servilleta—. Soy feliz. Mírenme.

Leonardo no dijo nada. No podía. Por debajo de la mesa de centro buscó la mano de Ximena y la encontró fría. La apretó. Ella tardó un segundo y luego le devolvió el apretón, fuerte, sin mirarlo.

Pensó en el cuarto de Lomas. En la alfombra, la tele, la voz de su papá diciendo heredero. Había crecido con la idea de que a él lo habían tenido como se tiene un certificado. A ella ni eso. A ella la habían querido regalar.

Y los dos se habían pasado la vida sin pedirle nada a nadie.

El tío Neto dejó la taza en la mesa. Se acercó despacio y se quedó frente a él.

—Mira, mijo.

Era la primera vez. Leonardo lo oyó y se enderezó sin darse cuenta.

—Si algún día se pelean, y se van a pelear, porque todos se pelean —dijo el tío—, nunca le toques esa herida. Nunca. Ni enojado. Ni para ganar. —Hizo una pausa—. Si no, te las ves conmigo.

Leonardo se puso de pie. Soltó la mano de Ximena. Se abrochó el saco con un botón, como se lo abrochaba antes de hablar en una asamblea, y se inclinó frente al tío Neto. Una reverencia larga, profunda, con la espalda recta.

—Por mi vida.

Nadie dijo nada. De afuera llegaba, amortiguado, el ladrido del perro contra la puerta del patio.

El tío le puso la mano en el hombro. Le dio dos palmadas.

—Bueno.

Y se volvió a su café como si hubieran cerrado un trato de separadores.

La tía se sonó otra vez, largo, sin ninguna elegancia. Luego se secó los ojos, se acomodó el pelo y lo miró de arriba abajo con otra cara.

—Ahora sí. Ya no me digas doña Rosario, que me haces sentir de la parroquia. Tía Chayo.

—Tía Chayo —dijo él.

—Así. —La tía asintió, satisfecha—. Y vas a venir a comer los domingos, mijo. Aunque sea de vez en cuando.

—Con mucho gusto, tía Chayo. Cuando usted me invite.

Se levantó y juntó las tazas de la mesa de centro, las tres, con los platitos, y se las llevó a la cocina antes de que nadie pudiera detenerlo. Oyó a la tía decir a sus espaldas, en un susurro que no era susurro: ¿viste, Neto? Las levantó solo.

Cuando volvió, se quedó de pie junto a Ximena.

—Tengo algo que decirles a los dos. —Miró a la tía y luego al tío—. El sábado veintidós la llevo a Chimalistac a conocer a mi familia. Y después vengo yo formalmente, con ustedes, como se debe.

—¿Y tu hijo? —preguntó el tío. Directo, como siempre.

—A mi hijo se lo digo yo. En persona. Antes que nadie.

El tío lo sostuvo con la mirada un momento. Luego asintió una vez.

A las once, la tía decretó que ya era muy tarde para que Ximena manejara, que Regi llegaba temprano, que su cuarto estaba tendido y que no había más que hablar. Ximena ni discutió. Salió con él hasta la esquina, donde estaba la camioneta.

Hacía frío. Ella traía solo el suéter. Leonardo sacó del asiento de atrás el abrigo gris oscuro, se lo puso encima de los hombros y le cerró las solapas con las dos manos.

Ximena se quedó mirando el abrigo.

—Te va a dar frío a ti.

—Traigo calefacción. —Le acomodó el cuello—. Xime.

—¿Qué?

—¿Llegué tarde a tu vida?

Ella lo pensó en serio. Se le notaba en la frente.

—Justo a tiempo.

Se quedaron un momento así. La calle estaba vacía; en la casa de enfrente alguien había dejado prendido un foco en el zaguán.

—¿Y lo del sábado? —dijo ella—. ¿No es muy pronto? ¿Y si no les caigo bien? ¿Y si digo algo que no?

—No les pido permiso. —Le quitó un pelo de la cara—. Les aviso.

Ximena se puso de puntitas, le echó los brazos al cuello y se colgó de él con todo el peso, con la cara metida en su hombro.

—Ya no estás solo —le dijo ahí, contra la camisa.

Leonardo cerró los ojos. La abrazó más fuerte de lo que había abrazado a nadie en años. Luego le buscó la boca y la besó, mucho rato, en una esquina de Coyoacán, con el zaguán de enfrente prendido y la tía, estaba seguro, detrás de la cortina.

Ella regresó caminando a la casa, envuelta en el abrigo hasta las rodillas. Él esperó a que la puerta se cerrara y se subió a la camioneta.

Le picaban los ojos desde que el perro se le había subido a las piernas. Ahora ya le ardían. Abrió la guantera, sacó una tableta de un blíster y se la pasó en seco, sin agua.

Antes de cerrar, los dedos le rozaron la cajita amarilla que viajaba siempre ahí, al fondo, junto a los papeles del seguro. La tocó. Seguía en su lugar.

Cerró la guantera.

Iba a arrancar cuando el celular vibró en el tablero. Un número que había guardado hacía una hora, cuando la tía se lo pidió por si acaso.

Tía Chayo: Regina aterriza mañana. Y viene a revisarte.

Leonardo se quedó viendo la pantalla. Y se rio, solo, en la camioneta a oscuras, una risa de verdad.

Se acordaba perfectamente de Regina Uribe. Una mesa de juntas en Nueva York, hacía unos años, y una mujer de traje gris que, con una sola hoja de cálculo, le había bajado tres millones de dólares a una valuación sin despeinarse.

Y ahora venía a revisarlo.

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