Empezó como una partida silenciosa de ajedrez, un juego peligroso de miradas calculadas, provocaciones sutiles y movimientos estudiados para ver quién caía primero. Cada palabra era un peón avanzado con premeditación; cada roce, una jugada de distracción en un tablero invisible donde ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder el primer jaque mate.
Pero se descuidaron. En el juego de adivinar las intenciones del otro, el orgullo se fracturó y el tablero terminó por romperse. Ya no quedaban estrategias ni tácticas de defensa, solo la certeza desesperada de que, de tanto jugar a lastimarse, habían terminado enredados en un amor tan intenso y ciego que quemaba, incapaces de rendirse aunque perder significara entregarlo todo.
NovelToon tiene autorización de Paula_noches de tintas para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
La verdad al descubierto
El asfalto todavía guardaba el eco chirriante de los neumáticos cuando el mundo se redujo a una sola cosa: la nada.
Miré mis manos vacías, el lugar exacto donde un segundo antes sostenía el brazo de Natalia, y sentí que el aire se congelaba en mis pulmones. La camioneta negra ya era solo un punto borroso esquivando autos a toda velocidad en medio del tráfico de Manhattan, llevándose lo único en este mundo por lo que estaba dispuesto a romper todas las reglas.
—¡Maldición! —bramé, golpeando con el puño cerrado el cofre de mi auto con tanta fuerza que el dolor apenas y rozó mi conciencia.
A mi lado, Noah y Fabián respiraban agitados, con los rostros desencajados por la furia y el pánico. Noah tenía los nudillos blancos de apretar los puños, mientras miraba la calle vacía con una desesperación oscura que reflejaba exactamente el mismo infierno que yo llevaba por dentro. En condiciones normales, los hermanos de Natalia me habrían saltado al cuello por no haberla protegido; pero esta vez, el enemigo no éramos nosotros.
Era alguien que sabía quién era ella, dónde vivía y exactamente qué golpe dar para destrozarnos.
—Averigua qué placa de matrícula tenía esa maldita camioneta, haz llamadas, mueve cada contacto que tengas en la ciudad —le ordenó Noah a Fabián con una voz helada, antes de girarse hacia mí con los ojos inyectados en sangre—. Y tú... se supone que eres el teniente de la policía. Es hora de que dejes de jugar a los civiles y uses tu maldita placa para encontrarla.
No necesité que me lo repitiera. Metí la mano en el bolsillo interno de mi chaqueta, saqué mi identificación oficial y la arrojé sobre el asiento delantero de mi auto sin importarme nada. El uniforme táctico que Natalia tanto había bromeado con imaginar ya no era una fantasía; era una necesidad absoluta.
—No voy a descansar hasta sacarla de donde sea que la tengan, Noah —le prometí con una voz baja, mortalmente seria, mientras abría la puerta del conductor—. Cuidarla era mi trabajo. Y si alguien cree que puede arrebatármela impunemente, va a conocer la peor versión de este oficial.
Pisé el acelerador a fondo, saliendo derrapando de la mansión con la sirena mental encendida y un solo objetivo clavado en la mente: cazar a los malditos que se habían atrevido a tocar a mi reina.
El motor rugía con violencia mientras esquivaba taxis y camiones en plena hora pico de Manhattan. El aire dentro del auto olía a desesperación pura, pero mi mente estaba fría, calculando cada segundo, cada ruta posible de escape, cada zona industrial y callejón sin salida donde una camioneta negra con placas falsas pudiera ocultarse.
Mi teléfono sonó conectado al altavoz del tablero antes de que pudiera doblar en la Décima Avenida.
—Habla Axel —escupí las palabras sin apartar la vista del camino, con el pie hundido a fondo en el acelerador.
—Teniente, soy yo —la voz de uno de mis hombres de mayor confianza en la comisaría retumbó al otro lado de la línea, tensa y rápida—. Revisé las cámaras de tráfico del área metropolitana y de los puentes. La camioneta cruzó el túnel hacia Brooklyn hace menos de diez minutos. Iba a toda velocidad, ignorando los semáforos.
—¿Ubicación exacta del último avistamiento? —pregunté, doblando bruscamente en una esquina y haciendo chillar las llantas contra el asfalto.
—Cerca de los almacenes abandonados en los muelles del este. Es una zona industrial vieja, casi sin movimiento a esta hora. Teniente... ¿pasó algo grave?
—Secuestraron a Natalia —respondí con una voz tan helada que congeló la línea por un segundo—. Declara código rojo extraoficial. Moviliza a los muchachos de confianza y rodéen el perímetro de los muelles antes de que llegue. Si veo una sola patrulla oficial haciendo preguntas antes de tiempo, los tipos van a matarla. ¿Entendido?
—¡Recibido, teniente! Voy para allá.
Corté la llamada de un golpe. Brooklyn. Los viejos muelles abandonados. El escondite perfecto para ratas que creen que pueden jugar con fuego.
Mientras el puente de Brooklyn desfilaba ante mis ojos a más de ciento veinte kilómetros por hora, apreté el volante con tanta fuerza que mis nudillos se volvieron translúcidos. Podía imaginar el miedo de Natalia, encerrada en la parte trasera de ese vehículo, rodeada de desconocidos. La idea de que estuviera temblando, esperando que alguien llegara a rescatarla, hizo que la ira se mezclara con un nudo asfixiante en el pecho.
Los hermanos de Natalia venían detrás de mí en otro auto; lo sabía. Podía ver sus luces altas parpadeando en mi espejo retrovisor a lo lejos. Por primera vez, Noah, Fabián y yo estábamos en el mismo bando con un solo propósito en la mira: desatar el infierno sobre quien se hubiera atrevido a tocarla.
Apagué las luces principales del auto a dos cuadras de los muelles, adentrándome en la oscuridad del sector industrial con el corazón golpeando mis costillas como un martillo.
Habían cometido el peor error de sus vidas al secuestrar a la mujer de un policía. Y yo pensaba demostrarles exactamente por qué era uno de los tenientes más temidos de la ciudad.
Apagué el motor a dos cuadras de los muelles abandonados, dejando que el auto se deslizara en completo silencio entre las sombras de los almacenes oxidados. El aire salado del río mezclado con el olor a óxido y asfalto mojado me golpeó el rostro en cuanto bajé.
Saqué mi arma reglamentaria de la guantera, comprobando el cargador con un movimiento mecánico y preciso, mientras el eco de otro motor frenando a distancia me indicaba que Noah y Fabián acababan de llegar.
—Manténganse atrás —les susurré con voz baja pero implacable en cuanto se acercaron a mi posición, con los rostros marcados por la tensión y la furia—. Si entramos todos a lo loco, lo único que vamos a conseguir es que la acorralen. Déjenme revisar el perímetro primero.
Noah apretó la mandíbula con tanta fuerza que estuvo a punto de romperla, pero por primera vez tragó su orgullo y asintió en silencio. Ambos llevaban armas que habían sacado de la guantera de su propio vehículo; estábamos listos para la guerra.
Avancé agachado entre las sombras, pegado a las paredes agrietadas del muelle principal. Las gaviotas graznaban a lo lejos y el viento azotaba las láminas de metal flojas del techo, creando una atmósfera fantasmal. El corazón me latía en los oídos con la fuerza de un tambor de guerra.
Llegué hasta el almacén central, una mole de concreto con las ventanas rotas y un portón de metal oxidado medio abierto. Me asomé con cautela, esperando ver el destello de una linterna, escuchar gritos, o tal vez el sonido de la voz de Natalia maldiciendo a sus captores como solía hacer cuando se enojaba.
Pero no había nada.
Silencio absoluto.
Empujé un poco más el portón y entré con el arma en alto, escudriñando cada rincón de la penumbra. El espacio era gigantesco, lleno de contenedores de carga apilados unos sobre otros y montones de escombros. En el centro, bajo un haz de luz tenue que se filtraba por los huecos del techo, estaba la camioneta negra.
Las puertas traseras estaban abiertas de par en par.
Me acerqué a zancadas, con los sentidos al límite, y sentí que el estómago se me caía al suelo. El vehículo estaba completamente vacío. No había rastro de Natalia. Solo una de sus pulseras tirada en el asiento trasero, brillando débilmente bajo la luz.
En ese preciso instante, un teléfono quemado, tirado sobre una caja de madera cercana, comenzó a sonar con un tono metálico y estridente.
Me volví hacia él con el arma apuntando a las sombras, mientras Noah y Fabián entraban corriendo al almacén detrás de mí, deteniéndose en seco al ver la escena. Me acerqué despacio y tomé el aparato. Contesté sin dudarlo, pegando el altavoz a mi oído mientras la rabia me quemaba por dentro.
—Ya la tienen muy lejos, teniente —una voz distorsionada por un modulador sonó al otro lado de la línea, acompañada de una risa fría y burlona—. Creía que la policía de Nueva York era más rápida. Si la quieren de vuelta... van a tener que jugar bajo nuestras reglas.
La llamada se cortó de golpe con un pitido seco.
Apreté el teléfono contra mi palma hasta que los nudillos se me pusieron blancos. Se la habían llevado. Esto apenas era el comienzo de un juego macabro, y los malditos que la tenían no sabían la fiera que acababan de despertar.
El pitido seco del teléfono resonó en la vastedad del almacén abandonado como una sentencia de muerte. Miré la pantalla negra durante un segundo más antes de dejar caer el aparato al suelo y girarme bruscamente hacia los hermanos de Natalia.
La paciencia, el respeto mutuo y la frágil tregua que habíamos construido se evaporaron en un instante.
—Se la llevaron —escupí con una furia sorda, cruzando el espacio entre nosotros a zancadas y tomando a Noah de la solapa de la chaqueta para empujarlo contra uno de los contenedores metálicos—. Y ahora me van a decir la verdad, maldita sea.
Noah ni siquiera intentó zafarse. Tenía los ojos oscuros, fijos en los míos, cargados de una culpa tan pesada que me dio un vuelco en el estómago antes de escuchar lo que iba a decir.
A nuestro lado, Fabián dio un paso al frente, con el rostro completamente pálido y la confusión reflejada en cada facción.
—¡Oye, espera! ¿De qué mierda hablas, Axel? ¡Suéltalo! —exclamó Fabián, intentando acercarse y tirando de mi brazo con desesperación—. ¡A nosotros nos acaban de secuestrar a nuestra hermana! ¿Qué diablos estás insinuando?
—¡Cállate, Fabián! —bramó Noah de repente, con una voz tan cortante y autoritaria que hizo que su hermano mayor se quedara congelado en el medio del movimiento.
Fabián parpadeó, mirándonos a los dos con los ojos abiertos como platos, totalmente estupefacto ante la tensión palpable que acababa de instalarse en el aire.
—¿De qué habla? —repitió Fabián, con la voz temblando ligeramente, mirándome a mí y a su hermano mayor—. Noah... ¿De qué está hablando Axel? ¿Qué es lo que se supone que sabes tú que yo no?
Noah exhaló un suspiro largo, un sonido cargado de años de secretos oscuros, antes de apartar lentamente mis manos de su ropa y enderezarse. Su mirada se desvió un segundo hacia el suelo polvoriento antes de regresar a nosotros.
—Fabián... Lo que pasa es que esa gente no vino a robar un auto ni a pedir un rescate al azar —comenzó Noah, con la voz rota pero firme—. Sabían exactamente quién era Natalia. Sabían dónde vivía. Y sobre todo... sabían a qué familia pertenecía.
—No entiendo nada —susurró Fabián, negando con la cabeza, dando un paso atrás como si no reconociera a su propio hermano—. ¿De qué familia hablas? Somos los mismos de siempre.
—Deudas, Fabián —le cortó Noah sin piedad, apretando los puños con rabia—. Negocios turbios del pasado que nuestro padre creyó enterrar hace años. Yo me enteré hace poco, intenté alejar a Natalia de todo esto, mantenerla a salvo en la mansión... pero los enemigos de esa gente no perdonan. Y vinieron por lo que más nos duele para cobrarse una cuenta vieja.
Me quedé helado. Así que todo este tiempo, el peligro no había estado solo en las calles que patrullaba como teniente; había estado agazapado en el árbol genealógico de Natalia, esperando el momento exacto para saltar.
—Si le pasa algo... —comencé, sintiendo que la sangre me hirvía en las venas y que el arma en mi mano pesaba como plomo—, juro por mi vida que no me importarán los apellidos. Voy a quemar esta maldita ciudad hasta encontrarla.