Isabella, una escritora huye a Italia a buscar algo que la inspiré para una historia de amor. Su novio la engaño con su mejor amiga y su jefa le dijo que no sirve para escribir.
No imagino que en aquel pueblo de Italia encontrará el amor, disfrazado de una coraza celosa, posición y amor.
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La trampa.
Pasaron dos semanas. El hombro de Pietro ya casi no le dolía. Solo tenía una cicatriz grande, rosada, en forma de luna.
Esa mañana, Pietro se fue a Siena con Marco a comprar botellas nuevas para el Brunello del año. 500 botellas de vidrio oscuro. Tenían que ir en la camioneta grande.
—Isabella, me voy a las 9 y vuelvo a las 4 — dijo, besándola en la cocina —. No salgas de la villa. No bajes al pueblo sola. Los LaBeouf todavía están en Toscana, me dijo mi padre. Quédate acá, en tu mesa de roble, escribiendo. ¿Sí?
—Sí, amor — dijo Isabella —. Me quedo, te amo...
Pietro se fue. La villa quedó sola. Con el viñedo verde de primavera y los cipreses.
A las 11 de la mañana, tocó la puerta una mujer.
Era *la mujer del velo negro.* La misma que entretuvo a Giulia. La que le había dicho a Renzo LaBeouf que Isabella lo esperabaen el baño. La que había mirado con odio el día del hospital. Se llamaba *Donata Bianchi*. 40 años. Dueña de una pequeña viña que los Valero habían comprado hace 10 años porque ella no podía pagar deudas. Desde entonces odiaba a los Valero. Pero quería a Pietro para ella.
—Signorina Isabella — Soy Donata, amiga de su suegro dijo, con voz de falsa preocupación —. Tu suegro Franco me mandó. Está esperándote en las afueras del pueblo, en la capilla de San Antimo. Se cayó del tractor. Se rompió la pierna. Está tirado ahí y no puede caminar. Me dijo que vengas rápido, que no llames a Pietro porque no quiere preocuparlo con su hombro herido.
Isabella se asustó. Franco era como un padre para ella ahora.
—¿Se cayó? ¿Dónde?
—En las afueras, en la capilla vieja. Donde no hay señal. Ven, yo te llevo. Tengo mi moto.
Isabella dudó. Pietro le había dicho que no saliera. Pero era su suegro. No podía dejarlo tirado.
Se puso una chompa y se subió a la moto vieja de Donata. No llevó celular porque no había cargado. No le avisó a nadie.
El camino a la capilla de San Antimo era de tierra, vacío, con cipreses altos y sin casas. A 3 kilómetros del pueblo.
Cuando llegaron, la capilla estaba vacía. No había tractor. No había Franco. Solo polvo y silencio.
—Donata, acá no hay nadie — dijo Isabella, bajándose de la moto, con miedo de golpe.
Donata no respondió. Se subió a su moto otra vez y se fue. Rápido. Dejándola sola en el camino vacío.
—Donata! ¡Donata! — gritó Isabella.
En ese momento, del otro lado de los cipreses, salió la camioneta negra de Roma...
Se bajó Dante LaBeouf. Solo. Sin primos. Con la cara seria.
Isabella retrocedió contra la pared de la capilla vieja. Temblando.
—No grites — dijo Dante —. No te voy a hacer nada. Solo quiero hablar. Quiero que le digas a tu marido que saque a mi padre de la cárcel. Que retire la denuncia. Si no, no se va a poder quedar tranquilo nunca en Montalcino. Nunca.
Vine con otras intenciones, pero tu belleza me ha cautivado, ahora veo porque Valero te cuida tanto.
—Mi marido no va a retirar nada — dijo Isabella, llorando —. Tu padre me tocó. Me quiso besar a la fuerza. Le disparó a mi marido. Está preso porque es culpable.
Dante se acercó un paso más. No la tocó. Pero la dejó encerrada contra la pared de piedra, indefensa, sin celular, sin nadie, en las afueras donde nadie la podía ver.
—Entonces dile a tu marido Valero que esto no se acaba acá — dijo —. Dile que los LaBeouf no olvidamos. Que no tenemos miedo de los Valero, sí, pero más miedo tenemos de quedar como cobardes en Roma. Así que dile que se cuide. Y que te cuide a ti. Porque la próxima vez no va a ser una charla en una capilla. Te salvó tu belleza, tengo un nuevo capricho, y si eres mía dejo a la familia Valero en paz. Se acercó para oler su perfume más de cerca.
Isabella cerró los ojos. Pensó en Pietro. Pensó en la escopeta de su suegro.
En ese momento se escuchó otra moto. Otra camioneta.
Era Martha, la panadera, que venía de entregar pan por ese camino y vio la camioneta negra de Roma y a Isabella contra la pared.
Martha gritó:
—¡ISABELLA! ¡¿QUÉ PASA ACÁ?!
Dante retrocedió. Vio a Martha. Vio que venían dos tractores más atrás por el camino de tierra.
No le convenía.
Se subió a su camioneta negra y se fue, rápido, dejando polvo otra vez, pero esta vez con rabia, porque no había logrado su venganza completa.
Martha corrió y abrazó a Isabella, que se cayó al piso llorando, temblando.
—Me puso una trampa Donata esa mujer— dijo —. Me dijo que mi suegro estaba herido.
Martha entendió todo. Donata Bianchi odiaba a los Valero y había vendido a Isabella a los LaBeouf por 10000 euros. Eso se supo después.
A las 4 de la tarde, Pietro volvió de Siena con las botellas. Entró a la villa y no encontró a Isabella. Su mesa de roble estaba vacía. Nadie le dio razón por Isabella. Un viejo del pueblo le dijo que vio cuando una mujer le dijo a Isabella que su suegro se puso mal y se la llevó.
Se volvió loco. Llamó a Franco. Franco estaba en su casa, bien, sin caerse de ningún tractor. Sin romperse ninguna pierna.
—Pietro, yo estoy bien — dijo Franco —. ¿Quién te dijo eso?
Pietro entendió. Agarró la camioneta y bajó al pueblo a 100 por hora, con el hombro todavía vendado, con la cara de peligro que no le salía desde hacía años.
Encontró a Isabella en la panadería, con Giulia y Martha, con una manta, tomando té, todavía temblando, con tierra en los zapatos. Giulia había venido porque Isabella la llamo desde la panadería, no quería que Pietro se preocupe.
La abrazó. La levantó del piso. La apretó contra su pecho, con su brazo bueno, con todo su cuerpo, como si la quisiera meter dentro de él para que nadie más la tocara.
— Estoy bien, Dante LaBeouf no me hizo daño.
—¿Te tocó? — preguntó, con voz baja, peligrosa —. ¿Te tocó ese hijo de puta?
—No — dijo Isabella llorando —. Solo me habló. Me amenazó. Me dijo que no nos va a dejar tranquilos.
Pietro no dijo nada. Miró a Giulia. Giulia le dijo:
—Fue Donata. La Bianchi. Ella la trajo.
Pietro dejó a Isabella con Giulia y Martha, se fue caminando, solo, con el hombro vendado, a la casa de Donata Bianchi, en la esquina del pueblo.
No se sabe qué le dijo. No se sabe qué hizo. Solo se sabe que Donata Bianchi vendió su casa dos días después y se fue de Montalcino para siempre, a vivir a Arezzo con su hermana. Y nunca más volvió.
Y esa noche, en la villa, con la escopeta ya no al lado de la cama sino debajo de la cama, cargada, Pietro le dijo a Isabella mientras la abrazaba en la cama grande:
—Nadie más te va a poner una trampa. Nadie más te va a dejar indefensa. Porque de ahora en adelante, a donde tú vas, voy yo. ¿Entendiste? Si vas a la panadería, voy yo. Si vas a la capilla, voy yo. Porque eres mi mujer y en este pueblo ya todos saben que si te tocan a ti, me tocan a mí. Y si me tocan a mí, tocan a todos los Valero.
Isabella, con miedo todavía, se metió más en su pecho.
—Tengo miedo, Pietro.
—Yo también tengo miedo — dijo Pietro, sincero por primera vez —. Tengo miedo de perderte. Por eso soy posesivo. Por eso soy peligroso. Por eso te tengo acá, guardada en mi villa. Porque afuera hay LaBeouf, hay Donatas, hay hombres que miran tu cuerpo. Y yo no dejo que te miren. Solo yo.
Y la besó toda la noche, con el hombro que ya no dolía, pero con el corazón que latía fuerte, como si todavía tuviera la bala adentro.
Declaró tomar Vino es más peligroso que tomar Ron puro.
Atrapa
afloja
y habré lo que se debe mantener cerrado.
y acá va a:
calentar.
subir la temperatura y abrir lo que estaba cerrado pero entrando en calor y poniendo más aguado que gelatina fuera del enfriador. ( nevera o heladera)
ahora lo culpan😭