Pólux es un dios inmortal del Olimpo. Cástor, su hermano gemelo, es mortal y vive entre humanos. Desde que fueron separados, solo tienen un pacto: una vez al mes deben encontrarse bajo el árbol que ambos consideran sagrado.
Pero un día, Cástor no aparece.
Pólux siente que el vínculo que los une está herido y desciende a la Tierra. Lo encuentra inconsciente en un hospital, víctima de años de humillaciones, abusos y una conspiración que casi le cuesta la vida.
Entonces toma su lugar en la academia humana.
Nadie sospecha que el estudiante que regresó no es Cástor.
Es Pólux.
Y mientras descubre quién destruyó a su hermano, los culpables aprenderán demasiado tarde que meterse con un mortal es una cosa…
metérsete con el hermano de un dios es otra.
Porque Cástor podía perdonarlos.
Pólux no.
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LA IRA DE UN DIOS
La mesa estaba llena de comida caliente, y la casa olía a hogar, a risas y a vida. Cuando el padre de Marcela entró del trabajo, se quitó el sombrero, me miró y sin dudarlo ni un segundo, se acercó y me abrazó con fuerza, como si fuera un hijo que había regresado sano y salvo.
—Muchacho, oí que habías tenido un accidente —me dijo, dándome unas palmadas cariñosas en la espalda—. Pero eres como el gato. Tienes siete vidas. ¡Me alegro de verte de pie! Ya me comentó Marcela lo que ha pasado. No te preocupes por nada. Puedes quedarte aquí, en la pequeña habitación de invitados, el tiempo que necesites. Tiempo indefinido. Donde comen cuatro, comen cinco. Aquí hay lugar para ti, siempre. Todo para que estés bien, muchachito.
Antes de que pudiera responder, el hermano pequeño de Marcela se levantó de un salto, levantó los brazos y gritó lleno de alegría:
—¡Viva, viva! ¡Tengo un hermano mayor! ¡Yei!
Marcela lo miró fingiendo indignación:
—Oye, ¿y yo qué soy? ¡Yo soy tu hermana mayor!
—Sí, lo eres —respondió él con total naturalidad—, pero eres chica. En cambio Cástor es chico, es alto, es guapo e inteligente. Mejor como hermano mayor.
Marcela puso una mano sobre el pecho, exagerando el dramatismo:
—¡Dolor, traición! ¿Cómo voy a seguir adelante con este desprecio? ¡No quiero saber más de ti!
Todos rieron ante su actuación, incluidos los padres, y el niño se rió con ella, sabiendo que era broma. Y yo… yo sentí algo cálido y suave abrirse paso en mi pecho, algo que no conocía, algo que no dolía ni quemaba. Era la felicidad sencilla de una familia que se quiere.
Pero entonces, la televisión que estaba encendida en la sala captó nuestra atención. Las noticias interrumpieron la programación habitual. El presentador hablaba con tono serio y confundido:
—Es extraño el movimiento telúrico que hubo hoy en la ciudad. Ciertamente, los sismógrafos no registraron nada… y sin embargo, solo la mitad de la ciudad tembló. La otra mitad no sintió absolutamente nada.
Pasaron las imágenes y todos nos quedamos helados. Mansiones lujosas resquebrajadas, muros caídos, jardines destrozados, rejas torcidas como si fueran de papel. Y entonces, la cámara mostró la academia.
—Es la academia —dijo el presentador—. Uno de sus edificios colapsó totalmente. Según los especialistas, parece que fue justo debajo de este edificio donde se inició la onda expansiva. No hubo temblor generalizado… solo ahí. Solo en ese lugar.
Sentí cómo todos se quedaron en silencio. Yo sabía. Ese era el edificio desde donde lo empujaron. Desde donde arrojaron a mi hermano al vacío. Yo lo hice. A sabiendas. Con cada grieta, con cada muro que se derrumbó, estaba diciéndoles: esto es solo el comienzo. Esto es lo que les espera. Era una advertencia. Un símbolo. Y no pude evitar sonreír levemente, una sonrisa de satisfacción fría y tranquila.
—Vaya, qué extraña que es la naturaleza —dijo el padre de Marcela, meneando la cabeza—. Mira, nuestro lado de la ciudad no tiene nada. Ni una grieta. Todo está intacto.
—¿En verdad está tan terrible? —preguntó Marcela con voz baja.
—Terrible —respondió él—. Parece que hubiera caído una bomba. Las calles están agrietadas, las mansiones de los millonarios están destrozadas, muchas han colapsado por completo. Es increíble… pareciera como si la ira de un dios se hubiera ensañado exclusivamente contra esa gente.
—Bueno… a alguien deben haber molestado —dije yo, tomando un trozo de pan y masticándolo con calma, como si nada tuviera que ver conmigo.
Marcela me miró. Me miró fijamente, y tragó saliva. Lo entendió. En ese instante lo comprendió todo. Pólux no se anda con segundas tintas. Lo que dice, lo cumple. Y el primer aviso ya había llegado.