Blanca lo dio todo por el hombre que amaba y por la amiga que consideraba una hermana. Su recompensa fue una cama de hospital, una traición susurrada al oído y una muerte que ellos mismos apuraron para quedarse con todo.
Pero el destino le devuelve algo que casi nadie recibe: una segunda oportunidad.
Blanca despierta diez años en el pasado, joven, sana y con un arma que sus enemigos jamás sospecharán: sabe exactamente cómo termina cada historia. Sabe quién miente, quién engaña y quién caerá primero. Esta vez no será la esposa ingenua ni la amiga bondadosa. Esta vez, ella mueve las piezas.
Con una sonrisa dulce y un plan letal, empieza a tejer la caída de quienes la destruyeron… y en el camino se cruza con Vittorio Moretti, el poderoso dueño de la empresa, un hombre acostumbrado a mandar que, por primera vez, encuentra a alguien capaz de ponerlo de rodillas.
Venganza servida en bandeja, secretos que estallan como bombas y una pasión que arde tan fuerte como el odio. Blanca aprendió por las malas que el amor ciego mata. Ahora va a demostrar que una mujer con el corazón roto y la mente afilada es lo más peligroso que existe.
Porque quien siembra vientos… recoge tempestades. Y esta vez, la tormenta lleva su nombre.
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Capítulo 1: El Beso de la Muerte
El aire en la habitación del hospital era pesado, frío, impregnado del olor penetrante a desinfectante y a medicinas. Blanca estaba acostada, los huesos marcándose bajo la piel pálida y fina, el cabello ralo y sin vida desparramado sobre la almohada. El cáncer había ganado la batalla hacía mucho; ahora era solo cuestión de días, quizá de horas. Los médicos ya lo habían dicho: no quedaba nada por hacer salvo esperar.
Pero el dolor físico que le consumía el cuerpo era insignificante comparado con la herida abierta y sangrante que llevaba en el pecho.
Oía los murmullos del pasillo, risitas ahogadas que intentaban ser discretas pero le cortaban los oídos como navajas. Sabía perfectamente quién estaba al otro lado de la puerta. Frank, el marido al que le había dedicado diez años de su vida, cuidándolo, consintiéndolo, manteniéndolo, aunque él jamás moviera un dedo por nada. Y a su lado, Lucia. Su mejor amiga. Su hermana del alma. O eso creyó ella durante toda la vida.
La manija giró despacio. La puerta se abrió con un crujido silencioso. Los dos entraron, con esas caras de lástima que Blanca ahora sabía completamente falsas, máscaras que usaban para esconder la ansiedad y la impaciencia.
—¿Cómo te sientes, cariño? —preguntó Frank, acercándose a la cama. Aquellas manos que un día le parecieron tan seguras y acogedoras ahora se sentían heladas y ajenas, cargadas de una tensión que ella percibía incluso débil como estaba.
—Duele… —susurró Blanca, con la voz ronca y quebrada—. Pero ya sabía que iba a terminar así.
Lucia se acercó por el otro lado de la cama y le tomó la mano libre. Tenía la piel sudada de nervios. Llevaba un collar que Blanca reconoció al instante: un regalo que ella misma le había hecho a Frank años atrás, y que ahora colgaba del cuello de la otra. La prueba material de una traición que había durado años.
—No hables así, Blanca —dijo Lucia, pero sus ojos evitaban el contacto directo, huidizos—. Estamos aquí contigo. Vamos a quedarnos a tu lado hasta el final.
Blanca reunió las pocas fuerzas que le quedaban, obligando a los pulmones a trabajar para poder hablar. Lo había descubierto todo días atrás, cuando escuchó una conversación de ellos en el pasillo, escondida tras la cortina. El amorío que duraba desde el principio del matrimonio. El dinero que gastaban a costa suya. Y lo peor de todo: el plan.
Con el diagnóstico terminal, Frank vio caer del cielo la oportunidad perfecta. No tendría que esperar mucho. Pero esperar seguía siendo tiempo perdido. Quería el dinero del seguro de vida, quería la casa, quería la libertad para por fin hacer pública su relación con Lucia. Y decidieron que "ayudarla" a partir antes de tiempo sería lo mejor para todos.
—Ustedes dos… —logró decir Blanca, con la voz apenas un hilo, pero cargada de una intensidad que los hizo retroceder medio paso—. ¿Creen que van a ser felices después de esto? ¿Creen que van a poder vivir con esa culpa?
Frank y Lucia se miraron. La máscara cayó del todo. Ya no hacía falta fingir piedad ni amor. La frialdad se apoderó de los ojos de él.
—Blanca, ya has sufrido demasiado —dijo Frank, con una calma escalofriante. Extendió la mano y empezó a manipular los controles del suero y de los monitores, ajustando las dosis y bajando el flujo de oxígeno—. Es mejor así. Una partida tranquila. No vas a sentir nada. Solo vas a… dormir.
—Merecemos ser felices —completó Lucia, con los ojos llenos de lágrimas, pero no de tristeza, sino de una mezcla de alivio y codicia—. Ya cumpliste tu papel en esta vida, Bran. Ahora déjanos seguir adelante. Nos amamos de verdad. Siempre fue así.
La vista de Blanca empezó a nublarse. El aire parecía más ralo, más difícil de entrar en los pulmones. El corazón le latía descompasado, acelerado, gritando por un auxilio que no llegaría. La rabia la consumió más fuerte que cualquier tumor, más caliente que cualquier fiebre.
—Yo… yo daría todo… por verlos pagar… —susurró, mientras las lágrimas le rodaban por los pómulos salientes y secos—. Si pudiera volver… Si tuviera otra oportunidad…
—Descansa, Blanca —le susurró Frank al oído, mientras bajaba del todo el volumen de la alarma del monitor cardíaco para que nadie oyera los cambios.
La oscuridad llegó rápida, sofocante, caliente y fría a la vez. El último sonido que oyó antes de que todo se apagara no fue el pitido constante de las máquinas, sino el de un beso robado, dado allí mismo, junto a su cuerpo que ya empezaba a enfriarse.
La última sensación fue la certeza absoluta de que la habían usado, desechado y matado quienes más amaba en el mundo.
Voy a vengarme… Aunque sea desde el infierno…
Y el vacío se la tragó por completo.