Jeremías Bustamante lo tiene todo: poder, una fortuna inmensa y un físico imponente, pero la vida lo redujo a una silla de ruedas, a la amargura perpetua y a un oscuro secreto sobre el abandono de su exesposa. Su existencia gris da un vuelco total el día en que cruza la puerta de la cafetería más alegre de la ciudad y una torpe, radiante y descarada arquitecta le baña la camisa en jugo de fresa. Ana Belén Gallego no le teme a su dinero ni a su carácter de demonio, y por primera vez en años, Jeremías encuentra a una mujer capaz de plantársele enfrente sin temblar. Entre risas, secretos del pasado y tazas de café, este magnate indomable descubrirá que la verdadera parálisis no está en sus piernas, sino en su corazón.
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EL FUEGO EN LA SANGRE Y LA LLAMADA DE AUXILIO
El trayecto de regreso a la Mansión Bustamante fue una pesadilla silenciosa y claustrofóbica. En el asiento trasero del automóvil, Jeremías se retorcía de una agonía física y emocional que superaba cualquier dolor que hubiera conocido tras el accidente automovilístico. Su cuerpo entero temblaba con sacudidas violentas; una fiebre súbita y devoradora le había encendido la piel, tiñendo su rostro blanco de un rojo febril, mientras una gota de sudor frío resbalaba por su frente y se perdía en el cuello de su camisa.
Pero el tormento principal residía entre sus piernas. El miembro viril de Jeremías se mantenía en una erección titánica, dolorosa y desesperante. La excitación desbordante que había sentido al besar a Ana Belén no se había disipado con la huida; al contrario, la adrenalina del rechazo imaginario, la frustración y la rabia habían actuado como un combustible radioactivo. Su anatomía sobredimensionada estaba tan dura y congestionada que la presión dentro de sus pantalones le provocaba calambres insoportables en el bajo vientre. Cada bache en la carretera se convertía en una puñalada de puro fuego.
—¡Federico, date prisa! ¡Maneja más rápido, maldición! —bramó Jeremías con una voz ronca, casi irreconocible, mientras se encogía sobre sí mismo en la silla de ruedas sujeta en el maletero adaptado, apretando los dientes con tanta fuerza que estuvo a punto de fracturárselos.
—Don Jeremías, ya casi llegamos a la mansión. Aguanté un poco, por favor —respondió Federico Montiel a través del retrovisor, con el rostro desencajado por la profunda preocupación al ver el estado crítico de su jefe.
En cuanto el vehículo se detuvo frente a las puertas de la mansión, Federico saltó del asiento del conductor, abrió la parte trasera y ayudó a Jeremías a descender. Al tocarlo, el asistente notó que la piel del empresario quemaba como si tuviera cuarenta grados de temperatura. Con un esfuerzo sobrehumano, lo trasladó hasta su habitación principal en la planta baja, ignorando las preguntas asustadas de doña Anahí y de la pequeña María Fernanda que acudieron al pasillo al escuchar el revuelo.
—¡Ay, Dios mío, ¿qué le pasa a mi hijo?! ¡Está ardiendo en fiebre! —exclamó doña Anahí, llevándose las manos al rostro con desesperación al ver a Jeremías desplomarse sobre la cama con los ojos inyectados en sangre y respirando con desesperación.
—¡Doña Anahí, por favor, mantenga a la niña en el salón! ¡Yo me encargo de esto! —ordenó Federico con voz firme, cerrando la puerta de la habitación de un golpe para preservar la intimidad y la dignidad del magnate.
Una vez a solas, Jeremías comenzó a rasgarse la ropa en un arrebato de delirio febril. Se arrancó los botones de la camisa de un tirón y se quitó el cinturón, gimiendo de frustración mientras su cuerpo se arqueaba espasmódicamente sobre las sábanas de seda. La erección seguía impertérrita, una roca hirviendo que desafiaba la lógica médica.
—Federico... me quemo... no baja... maldita sea, mi cuerpo está estallando... —gimió Jeremías con desesperación, aferrándose a las sábanas con nudillos blancos mientras un temblor incontrolable lo sacudía de pies a cabeza—. Siento que me voy a volver loco... es un fuego que no se apaga...
Federico, comprendiendo la gravedad extrema de la situación y sabiendo que los remedios convencionales no servirían de nada ante un cuadro de priapismo y excitación extrema de tal magnitud, no dudó ni un segundo. Sacó su teléfono móvil y marcó de inmediato el número del doctor Samuel Duarte, el médico personal y de absoluta confianza de la familia Bustamante, un viejo amigo que conocía todos los secretos médicos del magnate.
—¡Doctor Duarte, necesito que venga a la Mansión Bustamante de inmediato! ¡Es una emergencia con don Jeremías! —espetó Federico apenas le contestaron al otro lado de la línea.
—¿Qué ocurre, Federico? ¿Se trata de una complicación motora o de sus lesiones pasadas? —preguntó el médico con voz calmada pero profesional desde su consultorio.
—¡No, doctor! Es algo físico... un estado de excitación descontrolada que le provocó fiebre alta, delirio y una erección severa que no cede por nada del mundo. Está sufriendo horrores, parece... parece como si lo hubieran drogado con una sobredosis de afrodisíacos hiperpotentes, aunque sé que no ha consumido nada de eso. ¡Su cuerpo está colapsando del deseo y la frustración!
Del otro lado del auricular, el doctor Duarte guardó silencio unos segundos antes de suspirar profundamente.
—Escúchame bien, Federico. Lo que me describes no es una simple reacción química por sustancias externas; es una respuesta psicosomática extrema combinada con su fisiología particular y un nivel de represión acumulada durante cinco años. Su organismo ha liberado una carga brutal de hormonas y testosterona al entrar en contacto físico con la persona que su subconsciente ha elegido como su objeto de deseo. Si no se calma de inmediato o si no encuentra la forma de descargar esa energía con la mujer que provocó esta reacción, el cuadro puede derivar en un daño vascular grave o en un colapso cerebral por la fiebre.
—¿Deduces que... que necesita estar con ella? ¿Que solo esa mujer puede calmarlo? —preguntó Federico, con los ojos muy abiertos ante la crudeza del diagnóstico médico.
—Exactamente. Su mente y su cuerpo se han obcecado en un estímulo único. Ningún sedante farmacéutico convencional va a bajar esa erección ni a calmar la fiebre si su sistema nervioso sigue convencido de que está en peligro de pérdida o rechazo. Necesita estabilizarse mentalmente, y la única cura real para ese nivel de intoxicación pasional es la fuente que lo provocó. Búscalo, haz lo que tengas que hacer, pero que esa mujer esté cerca de él, o de lo contrario tendremos una tragedia esta misma noche.
La llamada se cortó abruptamente con un pitido seco. Federico bajó el teléfono lentamente, mirando hacia la cama donde Jeremías continuaba gimiendo de dolor y fiebre, atrapado en una jaula de deseo incontrolable. El asistente supo en ese preciso instante que tenía una misión imposible por delante: debía convencer a Ana Belén Gallego de regresar a la mansión para salvarle la vida al hombre que, apenas unas horas antes, había salido huyendo despavorido por culpa de su propio orgullo.