Años después, Chiara y Markus han construido algo más que un imperio: tienen una hija que se convierte en lo único que realmente los une.
Pero los enemigos del pasado no han desaparecido.
Las guerras que comenzaron años atrás vuelven con más fuerza, y esta vez el precio es mucho más alto. Traiciones, venganzas y viejos secretos provocan una caída devastadora.
Muchos aliados mueren, las familias se destruyen y el imperio que tanto costó mantener empieza a desmoronarse.
Chiara tendrá que enfrentarse a la decisión más difícil de su vida: seguir luchando por el poder o salvar a lo único que queda de su mundo: su familia.
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Capitolo 2
...🥀...
Valeria había heredado mucho más que el apellido Becker.
Había heredado la disciplina de Markus, su capacidad para analizar cada situación antes de tomar una decisión y, sobre todo, aquella necesidad casi obsesiva de mantenerlo todo bajo control.
A sus veinticuatro años ya dirigía una de las empresas tecnológicas más importantes de la familia. Había aprendido a desenvolverse entre reuniones, accionistas, contratos y decisiones que podían afectar a cientos de empleados.
Aquella tarde, después de casi diez horas de reuniones, cerró el último documento de su escritorio y se recostó en la silla.
La oficina estaba completamente en silencio.
Las luces de los edificios de Londres se reflejaban sobre los enormes ventanales.
Valeria miró el reloj.
Todos se habían marchado.
—Por fin...
Guardó algunos documentos en su bolso, apagó el ordenador y tomó su abrigo.
Cuando llegó al parqueadero privado del edificio, encontró a Charlotte apoyada contra su auto, fumando tranquilamente un cigarrillo.
Valeria levantó una ceja.
—Charlotte Astor, quita tu maldito trasero de mi auto.
Charlotte la observó de arriba abajo antes de sonreír.
—Parece que alguien terminó el día de mal humor.
—Agotada. Es diferente.
—¿Cuál es la diferencia?
—Que todavía no he matado a nadie.
Charlotte soltó una carcajada.
—Vamos, miss CEO. Necesitas descansar.
—No sé cómo permito que me hables así si soy tu jefa.
—De pronto porque somos amigas.
Valeria intentó mantener la seriedad, pero terminó sonriendo.
—Sube.
Charlotte apagó el cigarrillo y entró en el automóvil.
Mientras abandonaban el lugar, Valeria aumentó el volumen de la música.
Charlotte la miró.
—¿En serio?
—¿Qué?
—¿Otra vez esto?
—No empieces.
Charlotte comenzó a cantar exageradamente.
—Hey, I just met you, and this is crazy...
Valeria negó con la cabeza.
—No entiendo cómo puedes escuchar eso.
—Y yo no entiendo cómo puedes pasar todo el día escuchando música clásica.
—Es relajante.
—Es aburrida.
—Tú eres la aburrida.
Charlotte sonrió.
—Entonces mañana pondré esta canción cuando te levantes.
Valeria la miró de reojo.
—Ni me lo recuerdes.
—Vamos, Val. No todos los días la CEO de una de las empresas tecnológicas más importantes del mundo cumple veinticuatro años.
—Precisamente por eso quiero dormir.
—¿No quieres celebrar?
—No lo sé.
Charlotte guardó silencio unos segundos.
—Eso significa que sí quieres.
—Eso significa que quiero descansar.
—Como digas.
Valeria volvió la mirada hacia la carretera.
No le gustaban demasiado los cumpleaños.
Desde pequeña, aquella fecha siempre había estado acompañada de demasiada atención, demasiadas llamadas y demasiadas expectativas.
Quizá porque detrás de cada felicitación existía algo que nunca podía olvidar.
Su apellido.
Becker- Vindicta.
Incluso a miles de kilómetros de Lombardía, seguía siendo una sombra sobre su vida.
Llegaron a la mansión privada poco después.
Era una propiedad amplia y discreta, protegida por altos muros y un sistema de seguridad que Valeria apenas utilizaba conscientemente.
Para ella era simplemente su casa.
Valeria dejó el bolso sobre una mesa de la entrada.
—Voy a dormir.
—Buenas noches, mujer que fuma demasiado.
—Buenas noches, mujer que habla como una
lora mojada.
Charlotte sonrió.
—Mañana será un día diferente.
Valeria no respondió.
Subió las escaleras y entró en su habitación.
Durante unos segundos permaneció frente a la ventana.
Londres brillaba bajo la oscuridad.
Todo parecía tranquilo.
Normal.
Era exactamente la vida que sus padres habían querido para ella.
Una vida lejos de Lombardía.
Lejos de las armas.
Lejos de las guerras.
Valeria suspiró.
Por mucho que intentara ignorarlo, algunas noches se preguntaba cómo habría sido su vida si no hubiera nacido dentro de aquella familia.
Si nadie supiera quién era.
Si pudiera caminar por una calle sin escoltas.
Si su apellido no significara nada.
Sacudió la cabeza.
—Mañana será otro día.
Se cambió de ropa y se acostó.
No tardó demasiado en quedarse dormida
05:32 a. m.
La alarma sonó.
Valeria abrió los ojos y permaneció unos segundos mirando el techo.
—Cinco minutos más...
La alarma volvió a sonar.
—Está bien.
Se levantó.
Después de una ducha rápida, se vistió con un conjunto elegante: un corsé blanco acompañado de un abrigo claro, pantalón ancho y unos tacones de punta baja.
Cuando salió de su habitación, esperaba encontrar la casa en silencio.
Pero el aroma de comida recién preparada llegó hasta ella.
Frunció el ceño.
Entró al comedor.
Y se quedó inmóvil.
La mesa estaba completamente preparada.
Frutas, crepes, waffles, pancakes, café y diferentes tipos de jugos ocupaban casi toda la superficie.
Charlotte apareció desde la cocina con una sonrisa.
—Buon compleanno.
Valeria sonrió.
—Veo que lo practicaste.
—Toda la noche.
—Grazie, Char.
—Es tu día. Quería prepararte algo antes de que te fueras a trabajar.
Charlotte señaló la mesa.
—Come antes de que se enfríe.
Valeria se sentó.
—Debo admitir que eres una excelente chef.
—Lo sé. A mí todo me queda bien.
—Excepto firmar bien los papeles que se te envían.
—Eso también me queda bien.
Valeria soltó una pequeña risa.
Durante unos minutos simplemente comieron.
Sin reuniones.
Sin llamadas.
Sin problemas.
Solo ellas.
Se habían conocido años atrás durante su etapa universitaria en Oxford y, desde entonces, Charlotte se había convertido en una de las pocas personas en las que Valeria confiaba plenamente.
Provenía de una familia británica influyente, pero había decidido construir su propia carrera.
Y había sido una de las pocas personas a las que Valeria había permitido conocer parte de su verdadera historia.
—A las siete te necesito en casa —dijo Charlotte.
Valeria levantó la mirada.
—¿Y eso por qué?
—No preguntas.
—Charlotte...
—Boss.
—No me gusta cuando haces eso.
—Precisamente por eso lo hago.
Valeria rodó los ojos.
—Te pareces demasiado a mi madre.
Charlotte sonrió.
—Esa es la idea.
La jornada laboral de Valeria transcurrió entre llamadas, reuniones y felicitaciones tanto de sus empleados como de sus socios y directivos. Todos parecían recordar que era su cumpleaños.
Valeria agradecía cada felicitación con una sonrisa reflejada en su rostro, aunque en el fondo solo quería terminar el día.
Finalmente, cuando el reloj de su iPad marcó las ocho de la noche, cerró su última reunión.
Tomó su bolso y bajó al aparcamiento.
Charlotte ya la esperaba junto al auto.
—¿A dónde vas, Val?
—A casa. ¿Dónde más?
—Bien. Yo conduzco.
Valeria entrecerró los ojos.
—¿Algo te picó hoy?
—Puede ser.
Charlotte tomó las llaves antes de que Valeria pudiera protestar.
El auto comenzó a avanzar.
Pero después de varios minutos, Valeria notó algo extraño.
No iban por la ruta habitual.
—¿Por qué estamos yendo por aquí?
—Tráfico.
—No hay tráfico.
—Ahora sí.
Valeria la observó.
Charlotte fingió concentrarse en la carretera.
Después de veinte minutos, tomaron otra calle.
Luego otra.
Valeria cruzó los brazos.
—Charlotte.
—¿Sí?
—¿A dónde demonios vamos?
—Ya lo verás.
Valeria soltó un suspiro.
Media hora después, finalmente regresaron.
Charlotte estacionó.
Valeria bajó del automóvil y observó la entrada.
Algo no cuadraba.
Miró a Charlotte.
—Sé que me escondes algo.
—¿Yo?
—Sí, tú.
Charlotte carraspeó.
—Pasa.
Valeria caminó hacia la puerta.
La abrió.
Las luces se encendieron.
—¡Sorpresa!
Valeria se quedó inmóvil.
La sala estaba completamente decorada.
Había globos, luces, flores y una enorme mesa llena de comida.
En el centro había un pastel de fresas.
Su favorito.
Valeria llevó una mano a la boca.
—No puede ser...
Charlotte apareció detrás de ella.
—Te dije que celebraríamos.
Valeria la miró sorprendida.
—Vaya, vaya... Así que por eso estabas tan extraña.
—Sorpresa.
Charlotte se acercó y la abrazó.
—Feliz cumpleaños, Val.
Valeria sonrió.
Por primera vez en todo el día parecía realmente feliz.
—Grazie.
Después de unos minutos, Charlotte desapareció entre los invitados y regresó con una pequeña caja.
—Esto es de parte de tus padres.
Valeria la tomó.
La abrió lentamente.
Dentro había un delicado collar con una pequeña letra V
Debajo había una carta escrita en italiano.
Valeria reconoció inmediatamente la letra de su madre.
Sonrió mientras la leía.
Por un momento olvidó todo lo demás.
—Esto sí que no me lo esperaba.
Charlotte levantó una copa.
—Entonces deja de ser la CEO por una noche.
Valeria tomó otra.
—De acuerdo.
Miró a todos.
—Entonces... ¿esto es una fiesta?
Charlotte sonrió.
—Exactamente.
Valeria levantó la copa.
—Entonces a bailar.
La música comenzó.
Por unas horas, Valeria olvidó el trabajo.
Olvidó las reuniones.
Olvidó su apellido.
Olvidó incluso aquella sensación constante de estar siendo observada.
Solo era Valeria.
Una mujer de veinticuatro años celebrando su cumpleaños con las personas que quería.
Hasta que, varias horas después, una de sus amigas se acercó.
—Val, ¿puedes hacernos un favor?
—Dime.
—Se acabó el alcohol.
Valeria soltó una carcajada.
—¿En serio?
—Por favor.
—Está bien. Iré.
Tomó su abrigo.
Charlotte la miró desde el otro lado de la habitación.
—¿Estás segura?
—La tienda está a unas calles.
—Llámame si necesitas algo.
—Charlotte, solo voy por unas botellas.
Charlotte asintió y Valeria solo cerró la puerta detrás de ella. La noche estaba fría. Ella caminaba tranquilamente por la calle. Al principio, no notaba nada. Hasta que llegó a la primera esquina.
Una sensación extraña recorrió su espalda.
Se detuvo.
Miró hacia atrás.
Nada.
Solo una calle casi vacía.
Continuó caminando.
Unos metros después volvió a detenerse.
Esta vez escuchó pasos.
Se giró rápidamente.
Nada.
Frunció el ceño, por un momento pensó que estaba paranoica.
Continuó.
Entró en la tienda, compró las bebidas y salió nuevamente.
Entonces lo vio.
Un auto oscuro estacionado al otro lado de la calle.
Valeria se quedó observándolo.
El permaneció inmóvil.
Ella continuó caminando.
Al doblar la esquina, miró nuevamente.
El auto ya no estaba.
Aceleró el paso.
Su respiración se volvió ligeramente más rápida.
Al llegar a la última calle antes de la casa, escuchó nuevamente unos pasos detrás de ella.
Esta vez no se giró inmediatamente.
Siguió caminando sin mirar atrás. Ella apretaba las bolsas contra su cuerpo. Al llegar, entró rápidamente y cerró la puerta.
Permaneció unos segundos apoyada contra ella pensando que solo era su imaginación, pero esta vez no estaba tan convencida.
Desde una ventana cercana, una cortina se movió ligeramente.
Valeria levantó la mirada.
No vio nada.
Respiró profundamente y regresó a la fiesta.
Lo que no sabía era que, al otro lado de la calle, una figura permanecía oculta entre las sombras.
...CONTINUARÁ......