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Renací: se acabó la niña buena

Renací: se acabó la niña buena

Status: Terminada
Genre:Timetravel / Venganza / Mujer poderosa / Reencarnación / Amante arrepentido / Villana / Completas
Popularitas:2.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Mi hermana me empujó por las escaleras. Yo estaba embarazada de nueve meses. Mi marido se quedó arriba, arrullando al bebé que había tenido con ella.
No bajó a ayudarme.
Morí. Y desperté con doce años.
Mi abuela seguía viva. Mi hermana aún sonreía como un ángel. Y mi familia todavía creía que podía decidir por mí.
Esta vez recuerdo cada mentira. Sé quién va a traicionarme y quién merece que lo salve. Puedo sonreírles, seguirles el juego y esperar el momento de devolver el golpe.
Voy a proteger a mi abuela, recuperar mi voz y conquistar los escenarios que abandoné por amor. Entre cámaras, trampas y escándalos, quienes quisieron verme de rodillas tendrán que verme triunfar.
Pero ni siquiera mis recuerdos me preparan para Emiliano, sus secretos y el riesgo de volver a confiar.
¿Quieren una villana?
Que se acomoden. Mi historia apenas comienza.

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Capítulo 22

Cap 22: Cartas de amor

Hice algo que nadie en el Monteverde entendió: reprobé a propósito.

El colegio partía el segundo de secundaria en grupos por un examen. El grupo de arriba, el de los "de excelencia", se quedaba interno, encerrado en el plantel de lunes a viernes. Yo, la primera de la generación, la del año pasado, entregué el examen a medias, con errores de a peso, y caí al último grupo, el de los burros. La maestra Beatriz me miró como si me hubiera visto la cara. Rogelio, que ya no me hablaba —cumplió—, torció el gesto de lejos. Nadie supo por qué la niña lista se había echado el examen encima.

Yo sí sabía. Interna no podía cuidar a nadie. Y yo tenía a quién cuidar.

Porque en el último grupo se salía a las tres, se caminaba a casa, y en esa casa vivía Emiliano. Ulises ya no —a ese ninguna escuela lo aguantó; se volvió vago de esquina, le sacó a Herminia lo que pudo y se largó a otro estado a arrimarse con no sé qué primos. Un problema menos. Pero Emiliano seguía ahí, callado, con esa espalda recta y ese futuro que yo había visto y que pensaba, esta vez, torcer para el otro lado.

Así que todos los días, a la salida, me plantaba en la puerta de su salón de prepa a esperarlo. Lloviera o tronara. Como perro fiel, se burlaba Lucero. Yo la dejaba burlarse.

En la ceremonia de apertura, el discurso de estudiante ya no lo dio Rogelio. Lo dio Emiliano. Nuevo, becado, primero de su grado, subió al templete con la camisa abotonada hasta arriba, habló tres minutos con una voz baja y clara que dejó al auditorio en silencio, y bajó sin sonreír. A partir de esa mañana, medio colegio de faldas suspiró por "el primo misterioso".

Y a mí me convirtieron en buzón.

—Se la das a Emiliano, ¿sí? Porfa. —Cartas dobladas en forma de corazón, con corazoncitos, con perfume, que me metían en la mochila entre clase y clase—. Tú eres su prima, tú puedes.

La compañera de banca de Emiliano era Estefanía Duarte, a la que todos decían Fani: guapa, de ropa cara, la reina del salón, con una manera de mirarme de arriba abajo, midiéndome el uniforme remendado, que me la aprendí de memoria. Cada vez que yo aparecía en la puerta, Fani levantaba una ceja como diciendo "¿y esta qué?". No le hacía caso. Ya vería después de qué palo era Fani; por lo pronto, era paisaje.

En el camino a casa, yo iba en la parrilla de la bici de Emiliano —él pedaleaba, yo atrás, con las piernas de lado— leyéndole las cartas en voz alta para molestarlo.

—"Tus ojos son dos pozos de noche donde mi alma se ahoga" —leía, aguantándome la risa—. Uy. Contéstale, corazón de pozo. Es tu público.

—Trae faltas de ortografía —dijo, sin voltear—. "Ahoga" sin hache. Dos.

—Ay, qué exigente el galán. A ver, escríbele tú.

Frenó, sacó una pluma, y en la orilla de la misma carta escribió, con esa letra suya recta: "Estudia. No pierdas el tiempo." Cinco palabras. Nada más.

—Eres un témpano —le dije, muerta de risa.

—Y tú hablas de más. —Arrancó otra vez la bici, y agregó, sin darle importancia—: ¿No que éramos parientes tan lejanos que ni contábamos? Se lo oí decir a tu amiguito el del coche. "Ni somos nada, es un primo por parte de nadie." Palabras tuyas.

Se me subió el color. Me había cachado. Yo, que me creo tan lista, y este muchacho me guardaba las frases para devolvérmelas cuando menos lo esperaba.

—Eso fue para que Santiago no se pusiera celoso —mentí a medias.

—Ajá —dijo. Y por el retrovisor imaginario de su nuca, juraría que sonrió.

Llegamos al edificio ya oscureciendo. Y en la escalera, antes de abrir, se oía adentro a Herminia y a Genaro, con esa voz de creerse solos.

—...pobre criatura, ni apellido decente. Mi hermana nunca dijo de quién era. Padre desconocido, de a tiro. Sabrá Dios con quién se revolcó para...

Emiliano se quedó tieso en el escalón, con la llave a medio meter. No se le movió la cara. Pero vi cómo se le puso blanco el nudillo en la llave.

No lo pensé. Le tapé las orejas con las dos manos, de golpe, palma contra palma, tapándole el murmullo. Nos quedamos así, en la escalera oscura, él con mis manos en la cabeza, yo de puntas, los dos sin decir nada, mientras adentro seguían royendo el hueso de su madre muerta.

—No oigas eso —le dije—. No vale lo que dicen. Ellos no saben nada de ti.

Me miró de un modo que no le había visto. Como quien no está acostumbrado a que alguien le tape los golpes antes de que lleguen. Despacio, me bajó las manos, una en cada muñeca. No dijo gracias. Los que traemos la infancia rota no sabemos decirlo. Pero no me soltó luego luego.

Adentro, aparte del hueso de Emiliano, había estreno: Bianca, a mes y pico de haber entrado a la secundaria, ya tenía novio. Diego Marín, un chavo de prepa con dinero, de los que le compraban a Bianca lo que señalara con el dedo —tenis, celular, peluches enormes— y ella caminaba por el pasillo enseñándolo como trofeo. Herminia estaba encantada. "Ese muchacho sí sabe tratar a una señorita", decía, mirándome de reojo, como si tratar bien fuera comprar mucho.

Yo pensé, sin decirlo: pobre Diego. No sabía en la olla que se estaba metiendo.

Esa noche, ya tarde, sonó el teléfono de la casa y Genaro colgó con la cara enfadada.

—Bianca no llega —dijo—. Anda con el noviecito en un karaoke, ya son las diez y no contesta. —Me señaló a mí, y luego a Emiliano—. Ustedes dos, que están frescos. Vayan por ella. Tráiganla. Y sin escándalo.

Emiliano ya tenía la chamarra en la mano. Yo agarré la mía.

No lo sabíamos todavía, pero esa noche, en ese karaoke, no íbamos a encontrar solo a Bianca.

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