Rosaly es una loba Alfa de pura sangre, primogénita de la manada Tierra de Fuego. Sin embargo, para huir de las guerras y de la presión por encontrar a su pareja ideal, se exilia en la ciudad y abre el Spa Serenidad Azul junto a su mejor amiga Thais. Su pacífica vida de oficina cambia por completo cuando dos hombres imponentes vestidos de traje entran exigiendo un masaje VIP.
Al cruzar miradas, su loba ruge una palabra: «¡MATE!». El cliente de ojos carmesí es Asmodeo Vane, el mismísimo Rey del Inframundo. Él busca a unos demonios traidores compinchados con brujas oscuras y con el tío rebelde de Rosaly para destruir a su familia.
Rosaly no es una sumisa damisela en apuros y Asmodeo no acepta un «no» por respuesta. En medio de un sensual tira y afloja entre la CEO de la ciudad y el Soberano del Abismo, se sellará la alianza más peligrosa de sus vidas. ¿Podrá el fuego del infierno domar el orgullo de la manada?
NovelToon tiene autorización de SIKEVALEN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 20. EL HILO DE ORO Y LA SOMBRA DEL ALTAR
La entrada a las viejas minas abandonadas parecía la boca de un lobo hambriento abierta en la ladera de la montaña. La niebla negra del Valle de las Sombras se colaba por el túnel, pero Celeste se mantenía en primera línea, sosteniendo su báculo de madera blanca. El cristal de la punta emitía una luz dorada que flotaba en el aire como un hilo de oro brillante, marcando el camino exacto por el que Morgana me había llevado.
Se adentraron en los túneles a paso rápido. Asmodeo caminaba justo detrás de la bruja blanca, con los ojos rojos encendidos y una tensión en los hombros que delataba que estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano por no echar a correr y tirar las paredes de piedra abajo con su poder. A su lado, mi padre, el Alfa Arthur, y mi hermano Saúl avanzaban con las garras fuera, olfateando el aire húmedo.
—El rastro es claro —susurró Saúl, apretando los dientes—. Huelo la magia podrida de esa bruja, pero también noto el aroma a lavanda de Rosaly. Está viva.
—Y más le vale seguir así a esa sabandija —siseó Asmodeo, con una voz tan fría que hizo que las gotas de agua congelada de las paredes de la mina se rompieran.
—A ver, rey del abismo, modera el tono —intervino mi padre, Arthur, de reojo, intentando aliviar la tremenda presión del ambiente con ese orgullo típico de suegro licántropo—. Sé que estás desesperado por tu mate, pero te recuerdo que es a mi hija primogénita a la que tenemos ahí abajo. Los lobos Tierra de Fuego sabemos rescatar a los nuestros sin necesidad de que nos recuerden el peligro en cada esquina.
Asmodeo detuvo el paso un segundo y miró a mi padre con una ceja levantada y una sonrisa ladina que, dadas las circunstancias, resultó casi cómica.
—Con todo el respeto, Alfa Arthur, vuestra manada es excelente rastreando árboles y riachuelos, pero Morgana es un problema de mi plano. Si no fuera por el lazo que me une a Rosaly y la contramagia que yo traje del norte, ahora mismo estaríais dando vueltas en círculo en la entrada. Así que un poco de reconocimiento no os vendría mal.
—¡Bueno, ya basta los dos! —les espetó Thais desde atrás, dándole un empujón suave a mi padre para que siguiera caminando y clavándole una mirada de advertencia a Asmodeo—. Mi mejor amiga está encadenada en algún rincón oscuro y vosotros dos estáis midiendo a ver quién tiene el rango más largo en mitad de una mina abandonada. Caminad y callaos.
Damian soltó un carraspeo que sonó a risa ahogada detrás de su habitual máscara de granito.
—La loba de la ciudad tiene razón, señor. Discutir con el suegro en mitad del territorio enemigo no es una buena estrategia de convivencia futura.
Asmodeo resopló, divertido a su pesar por el comentario de su general, y reanudó la marcha. Sin embargo, la comedia familiar se terminó en seco cuando el hilo de oro de Celeste chocó contra una serie de hilos de energía violeta que cruzaban el túnel de lado a lado, como una telaraña mística.
—¡Cuidado! —advirtió Celeste, deteniendo al grupo con el báculo—. Trampas de sangre. Si tocáis uno de esos hilos, la piedra del techo se colapsará y el túnel se inundará de fuego oscuro.
Celeste dio un paso al frente y comenzó a recitar un cántico de luz, haciendo que sus brujas alzaran los báculos para empezar a disolver las barreras oscuras centímetro a centímetro. El rescate iba a contrarreloj.
Mientras tanto, en lo más profundo de la caverna central de las minas, la cuenta atrás ya había comenzado.
Morgana se movía alrededor de mi posición con una velocidad frenética. Sus seguidoras del clan de la Sombra de Ébano habían colocado cuatro pebeteros de piedra alrededor de los grilletes que me ataban al suelo. El fuego que brotaba de ellos ya no era verde; era de un violeta intenso que proyectaba sombras monstruosas en las paredes de roca.
En el centro del altar improvisado, Morgana comenzó a dibujar runas de transferencia con un puñal de obsidiana, utilizando los restos de la sangre oscura que le quedaban de los amuletos rotos. El aire de la cueva se volvió tan pesado que me costaba respirar. Sentía una presión horrible en el pecho, como si un cabo invisible estuviera tirando de mi propia alma, conectándose directamente con el lazo que me unía a Asmodeo.
—El puente ya está abierto, Rosaly —siseó Morgana, deteniéndose frente a mí con el puñal en alto. Sus ojos completamente negros reflejaban una locura total—. Puedo sentir los latidos del Rey Demonio a través de ti. Está cerca. Muy cerca. Su furia y su desesperación solo hacen que la energía del lazo vibre con más fuerza, lo que facilitará la succión. En cuanto la luna alcance el punto más alto sobre esta montaña, clavaré esta daga en el suelo del altar, activando el circuito. Tu energía de Alfa servirá de conductor y toda la divinidad del abismo pasará a ser mía.
Intenté mover las manos, pero los grilletes reforzados con plata me quemaban las muñecas cada vez que Kala intentaba rasgar las barreras mentales. Estaba físicamente atrapada, el frío me calaba los huesos y la tipa tenía todo listo para el sacrificio místico.
Sin embargo, miré el puñal de obsidiana, miré las runas del suelo y luego clavé mis ojos zafiro directamente en los suyos oscuros, forzando una sonrisa de lo más burlona.
—Tienes una imaginación desbordante, Morgana, de verdad te lo digo —le espeté, manteniendo un tono fuerte y seguro a pesar del dolor de las cadenas—. Tu plan de negocio sobre el papel es fantástico: absorción de activos, fusión de poderes, deidad absoluta... Pero has cometido tres errores de contabilidad que van a llevar a tu aquelarre a la bancarrota en cinco minutos.
Morgana entornó los ojos, deteniendo el cántico a medias, visiblemente irritada por mi falta de miedo.
—¿De qué demonios hablas, maldita loba? Estás encadenada y a mi merced.
—Primero —dije, enderezando la espalda todo lo que las cadenas me permitían—, has asumido que la sangre de una Alfa de la manada Tierra de Fuego es un simple cable conductor que puedes usar a tu antojo. Mi loba Kala no es un canal místico pasivo; es una fuerza de la naturaleza. Si intentas forzar mi energía para succionar a Asmodeo, mis defensas licántropas van a colapsar tu circuito antes de que el primer chispazo llegue a tu cuerpo.
Di un tirón a las cadenas, haciendo que el metal resonara con fuerza en la cueva.
—Segundo —continué, disfrutando del destello de duda que cruzó sus ojos negros—, crees que Asmodeo viene a salvar a una damisela indefensa. No tienes ni idea de lo que pasa cuando el Rey del Inframundo trabaja en equipo con un Alfa Supremo tradicional y una reina bruja de magia blanca que te conoce mejor que tu propia madre. Tus hilos de ocultación en los túneles ya deben de estar cayendo uno tras otro.
Morgana apretó los dientes, y vi cómo miraba de reojo hacia la entrada de la caverna, donde un eco sutil, como el crujido de la piedra al romperse, empezó a resonar a lo lejos. El hilo de oro de Celeste estaba funcionando.
—¡Cállate! —rugió la exreina bruja, levantando la daga de obsidiana con furia—. ¡No me importa tu palabrería humana! El ritual va a comenzar ahora mismo, quieras o no. ¡Mis chicas, encended el núcleo!
Las brujas oscuras alzaron las manos y el fuego violeta de los pebeteros se elevó hasta el techo, conectándose en una red de rayos oscuros que impactaron directamente en mis grilletes. Un latigazo de dolor puro me recorrió el cuerpo, haciéndome soltar un grito ahogado. Sentí cómo el puente del lazo con Asmodeo se encendía, quemándome por dentro.
—¡Eso es! ¡Siente el fuego! —celebró Morgana, acercándose al centro con el puñal listo para dar el golpe final.
A pesar del dolor que me nublaba la vista, saqué las pocas fuerzas que me quedaban, clavé los talones en el suelo de piedra y miré hacia la entrada de la caverna con una sonrisa de triunfo absoluta.
—Y el tercer error, Morgana… —susurré, con la voz entrecortada pero cargada de una promesa de muerte—, es que pensabas que tenías tiempo. Escucha el techo.
¡BOOM!
Un estallido ensordecedor destrozó la gran pared de roca que sellaba la entrada de la caverna central. Una lluvia de cascotes y polvo inundó el lugar, y de entre la humareda, una silueta inmensa envuelta en llamas carmesí purísimas avanzó a una velocidad sobrehumana, haciendo que el suelo del altar se agrietara bajo sus botas.
Los ojos rojos de Asmodeo brillaron en medio del polvo con la furia del mismísimo apocalipsis.
—¡¡MORGANA!! —el rugido del Rey Demonio hizo que los pebeteros violetas se apagaran de golpe, rompiendo el circuito del dolor al instante.
Detrás de él, mi padre en su forma de lobo Alfa, Saúl y Damian irrumpieron en la caverna con las garras listas para la masacre, mientras Celeste levantaba su báculo para inundar la cueva con una luz dorada que cegó a las brujas oscuras.
El tiempo de Morgana estaba a punto de llegar a su fin, con mi familia y mi amor a mi lado el verdadero infierno estaba a punto de desatarse sobre el aquelarre de la traición.