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EL RUIDO QUE DEJASTE

EL RUIDO QUE DEJASTE

Status: Terminada
Genre:Autosuperación / Escuela / My Hero Academia / Completas
Popularitas:520
Nilai: 5
nombre de autor: Melisa Britos

Es la historia de Elena, una joven de 24 años que vuelve a la facultad de Derecho que abandonó por bullying para recuperar su voz, y en el camino encuentra en Luz, una compañera de pelo azul, la amistad que le enseña que superarse no es olvidar lo que pasó, sino aprender a caminar de nuevo acompañada.

NovelToon tiene autorización de Melisa Britos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 18: EL CASO QUE CRUZÓ EL OCÉANO

El caso que nos hizo famosos a nivel mundial no llegó con traje caro. Llegó en ojotas.

Era un martes de febrero, con 38 grados en Buenos Aires y el aire del estudio roto otra vez. Estábamos los cinco en remera, con los pies en un balde con agua que había traído Luz, porque no teníamos plata para arreglar el aire todavía, a pesar de que ya no comíamos fideos con manteca.

Entró una chica. Tendría 24 años, como nosotros. Ojotas, mochila de tela, pelo atado, acento misionero. Se llamaba Anaí.

"¿Ustedes son los del caso de Tiziano? Los vi en TikTok", dijo.

"¿En TikTok?", preguntó Santi, que era el que manejaba las redes del estudio y subía videos explicando derecho con cumbia de fondo.

"Sí, mi prima me mandó el video. Ustedes le ganaron a una obra social gigante. Yo necesito eso".

Se sentó. Nos contó.

Anaí era de Puerto Iguazú. Trabajaba como moderadora de contenido para una empresa tercerizada que le prestaba servicios a Orion, la red social más grande del mundo. Sí, esa. La que usamos todos.

Su trabajo era ver videos todo el día. Ocho horas. Videos que nadie más quería ver. Violencia, abuso infantil, suicidios. Tenía que decidir en 15 segundos si se borraba o no. Si se equivocaba, la sancionaban. Cobraba 180 mil pesos por mes. Sin psicólogo. Sin obra social. Con un contrato que decía que no podía contar lo que veía.

A los seis meses, Anaí empezó a tener ataques de pánico. No podía dormir. Soñaba con los videos. Fue al médico. Le diagnosticaron estrés postraumático severo. La empresa la echó por "bajo rendimiento" y le hizo firmar un acuerdo de confidencialidad a cambio de dos sueldos. Si hablaba, le iniciaban juicio por 10 millones de dólares.

"Yo no quiero plata", nos dijo, llorando. "Yo quiero que me dejen de ver en sueños. Y quiero que no le pase a nadie más. Somos 400 pibes en Misiones haciendo lo mismo. Todos rotos".

Nos miramos los cinco. Sabíamos lo que eso significaba.

Demandar a Orion. La empresa más grande del mundo. Con un equipo de abogados de 2000 personas en California. Contra un estudio de 40 metros en Tucumán con el aire roto y un balde con agua para los pies.

"¿Por qué viniste acá?", le pregunté.

"Porque ustedes no le tienen miedo a los grandes. Y porque vi que en la pared tienen el caso de un nene con leucemia. Yo soy como Tiziano. Solo que lo mío está en la cabeza".

Marcos, que estaba al lado mío, me agarró la mano por debajo de la mesa. Ya sabía lo que iba a decir.

"Anaí, te vamos a representar. Gratis. Y no vamos a demandar solo por vos. Vamos a demandar por los 400", le dije.

Esa noche no dormimos. Pero no por un amparo. Por otra cosa.

Santi se puso a investigar y encontró que Orion tenía 15.000 moderadores tercerizados en todo el mundo, en Kenia, en Filipinas, en Colombia, en Misiones, todos con el mismo contrato basura.

Luz encontró un informe interno filtrado de Orion de 2023 donde la propia empresa admitía que el 60% de sus moderadores desarrollaba estrés postraumático en el primer año y que no les ponían psicólogo "por razones de costos".

Flor contactó a una ONG de Estados Unidos que defendía a moderadores de Kenia que también querían demandar pero no tenían abogados.

Y yo entendí algo: no podíamos demandar en Argentina. Teníamos que demandar en California, donde estaba la casa matriz de Orion. Donde un juicio así podía salir en todos los diarios del mundo.

"¿Vos estás loca? ¿En California? No hablamos inglés, Elena", me dijo Santi.

"Yo sí", dijo Marcos. De la nada. "Mi tía de Lugano en realidad vive en San Diego. Yo viví dos años allá de chico. Hablo inglés perfecto. Nunca les dije porque me daba vergüenza mi acento de allá".

Nos quedamos todos callados.

"¿Vos hablás inglés perfecto y nos dejaste sufrir traduciendo fallos con el traductor de Google por un año?", le grité.

"¡Quería que me quieran por mi cerebro, no por mi inglés!", dijo él, riéndose.

Presentamos la demanda en la Corte de San Francisco: Anaí Verón y otros 412 moderadores vs. Orion Inc. Causa por daño psicológico masivo, falta de protección laboral y cláusulas de confidencialidad abusivas.

Orion nos contestó con 300 fojas de abogados de traje carísimo, pidiendo que se desestime la causa porque "los moderadores no son empleados de Orion sino de una tercerizada".

Nosotros contestamos con un video de 5 minutos que hizo Santi. Sin palabras. Solo con los audios de Anaí y de otros 20 moderadores contando lo que veían, con la cara tapada. Lo subimos a TikTok. Tuvo 40 millones de vistas en 48 horas.

Al día siguiente, nos llamó la BBC. Al otro, The New York Times. Al otro, nos llamó la abogada de la ONG de Kenia: "Chicos, si ganan ustedes, ganamos todos. ¿Nos dejan sumarnos a su demanda?".

La causa se hizo colectiva a nivel mundial. 12.000 moderadores. De repente, Rivas & Torres no era un estudio de Tucumán. Era el estudio que demandaba a la empresa más grande del mundo.

El juicio duró 8 meses. Viajamos a San Francisco. Los cinco. Con miedo, con trajes prestados, con el inglés de Marcos que era realmente perfecto.

Yo alegué en inglés. Con acento argentino, pero alegué. Hablé de Anaí, de Tiziano, de los que sobran. Dije: "Orion gana 50 mil millones de dólares por año. Anaí gana 180 mil pesos por mes por ver lo peor de la humanidad para que nosotros podamos ver videos de gatitos. Si eso no es esclavitud moderna, ¿qué es?".

El jurado lloró.

Ganamos.

El jurado condenó a Orion a pagar 430 millones de dólares en indemnizaciones a los 12.000 moderadores. Y además, la obligó a contratar psicólogos de por vida, a limitar la jornada a 4 horas y a eliminar las cláusulas de confidencialidad.

Cuando el juez leyó la sentencia, Anaí, que estaba al lado mío, se desmayó de la emoción.

Afuera del tribunal había 200 periodistas. Cuando salimos, uno de la BBC me preguntó: "Doctora Rivas, ¿qué van a hacer con su parte de los honorarios?".

Porque nuestro contrato era del 20%. 20% de 430 millones son 86 millones de dólares. 86 millones.

Miré a Marcos. Miré a Flor, a Luz, a Santi, que estaban atrás mío, llorando, con los trajes arrugados.

"Vamos a abrir 10 estudios más. Uno en cada provincia donde haya un moderador. Y vamos a seguir defendiendo a los que sobran. Pero ahora, con aire acondicionado".

Esa noche, en un hotel chiquito de San Francisco que pagamos con la tarjeta de crédito al límite porque todavía no habíamos cobrado, los cinco brindamos con una gaseosa, porque no nos alcanzaba para champán.

Marcos se acercó y me dijo al oído: "Doctora Rivas, ¿te acordás cuando comíamos fideos con manteca en el piso?".

"¿Cómo me voy a olvidar?".

"¿Te querés casar conmigo y seguimos comiendo fideos con manteca, pero ahora en dólares?".

Le dije que sí. Obvio que le dije que sí.

Pero eso es el capítulo 19.

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