—¿La tienes grande?
Nieves jamás se atrevería a hacerle semejante pregunta a un hombre cara a cara. Pero detrás de su cuenta anónima de TikTok puede decir todo lo que desea… incluso confesar las cosas más sucias que le gustaría hacer con un desconocido irresistible que nunca muestra el rostro.
Lo que no sabe es que ese hombre es Gael.
El chico más deseado de la universidad.
Y el compañero que está sentado justo a su lado.
Gael descubre su identidad cuando cada uno de sus mensajes hace vibrar el celular de Nieves sobre la mesa. Ella no sospecha nada, así que continúa provocándolo, preguntándole por su cuerpo y revelándole fantasías que jamás admitiría en persona.
Él podría decirle la verdad.
En cambio, decide seguirle el juego.
Porque ahora conoce cada uno de sus deseos secretos… y está dispuesto a cumplirlos todos.
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Capítulo 16
Capítulo 16
Gael llevaba una tank top negra y shorts deportivos del mismo color. La tela se ajustaba a sus hombros y a la cintura.
Sujetaba la barra con ambas manos. Sus músculos se tensaron cuando elevó el cuerpo hasta pasar la barbilla y volvieron a extenderse durante el descenso.
Desde atrás, la espalda se abría y se cerraba como un par de alas. En el espejo podía ver su rostro concentrado, la mandíbula definida y una gota de sudor que descendía por el cuello.
Tragué saliva.
¿Quién estaba preparada para semejante espectáculo a las nueve de la mañana?
No aparté la mirada hasta que bajó de la barra y tomó una toalla.
—¿Ya terminaste de mirar?
Se acercó con una sonrisa apenas visible.
—No te estaba mirando. Me interesó el ejercicio.
—¿Quieres intentarlo?
Había caído en mi propia mentira.
—Está bien.
Dejé la mochila y me coloqué bajo la barra. Me estiré sobre la punta de los pies, pero no logré alcanzarla. Tuve que saltar para sujetarme.
Quedé colgando.
Intenté elevarme y no avancé ni un centímetro. El peso tiraba de mis brazos y de mis hombros hasta hacerlos arder.
Solté la barra y regresé al piso.
—Es más difícil de lo que parece.
—Requiere mucha fuerza en brazos y espalda. Puedes usar la máquina asistida.
Me condujo hasta otro aparato con una plataforma móvil para las rodillas. Intenté bajarla con las manos, pero la resistencia no me permitió colocarme encima.
—Tiene demasiado peso —explicó Gael—. Te ayudo.
Pensé que ajustaría las placas.
En cambio, una mano se cerró alrededor de mi cintura y un brazo pasó bajo mis rodillas. Me levantó del suelo con una facilidad humillante.
Solté un pequeño grito.
Mi cabello rozó su brazo. El calor de su cuerpo me rodeó y sentí la dureza de los músculos contra mí.
—Pon las rodillas aquí.
Me acomodó sobre la plataforma y colocó la barra móvil frente a mi pecho.
—Jala hacia abajo.
Obedecí. La plataforma subió.
—Ahora libera la fuerza poco a poco.
Gael mantuvo una mano cerca de mi espalda baja para impedir que perdiera el equilibrio. Repetí el movimiento varias veces hasta que me faltó el aire.
—¿Cansada?
—Me arden las manos.
Tomó una de ellas y examinó la palma. La franja antiderrapante de la barra había dejado la piel roja.
—¿Te pasa siempre?
—Mi piel se irrita muy fácil.
Intenté retirar la mano, pero él la sostuvo con más firmeza.
—Qué delicada, princesa.
—No es mi culpa.
—No te muevas.
Bajó la cabeza y sopló con cuidado sobre la zona enrojecida.
El aire tibio me hizo encoger los dedos.
—¿Todavía duele?
Negué y escondí la mano detrás de la espalda.
—Ya no.
No podía mirarlo. Aquel gesto era demasiado íntimo, como si estuviera consolando a una niña pequeña y mimada.
En internet yo podía describirle posiciones sexuales a un desconocido. En persona, un soplo sobre la mano bastaba para dejarme sin palabras.
—Es normal cuando empiezas —dijo.
—Prefiero mirar cómo entrenan los demás.
Seguía arrodillada en la plataforma. Busqué algo donde apoyarme para bajar y Gael extendió el antebrazo.
Coloqué los dedos sobre su piel. Estaba caliente y dura.
Al intentar levantarme, una descarga de hormigueo recorrió mi pantorrilla.
—Ah…
—¿Qué pasó?
—Se me durmió la pierna.
Gael se rio.
—No te burles.
Lo miré con la mayor severidad que pude reunir. Él pareció divertirse todavía más.
—Será mejor que te baje.
Me rodeó la cintura con un solo brazo.
—No quiero que me cargues.
Moví las piernas en señal de protesta. El hormigueo se volvió doloroso y solté un siseo.
—Deja de moverte. Solo empeora.
Me llevó hasta la zona de descanso y me sentó en un sillón. Después se agachó frente a mí.
Retrocedí un poco.
—No tengas miedo.
Apoyó la palma sobre mi pantorrilla y comenzó a masajear con los dedos. La sensación era una mezcla de cosquillas, dolor y un extraño placer que subía desde la planta del pie.
Contuve la respiración.
Gael continuó hasta que el músculo se relajó.
—Muévela.
Flexioné el tobillo. El entumecimiento había desaparecido.
—Gracias.
—¿Quieres probar otra máquina?
—No.
La respuesta salió demasiado rápido.
Gael alzó una ceja.
—¿Haces ejercicio normalmente?
—Yoga, de vez en cuando.
—Te queda.
Sacó una botella del refrigerador del área de descanso, la abrió y me la entregó.
—Espérame aquí. Voy a bañarme.
—Está bien.
Lo vi dirigirse a los vestidores. Antes de entrar, volteó una vez más.
Me quedé jugando con la cadena de la funda del celular hasta que recibí un WhatsApp.
Gael: Olvidé la maleta en la zona de aparatos. Mi ropa está ahí. ¿Puedes traérmela?
Gael: No hay nadie más en el vestidor.
Busqué entre las máquinas y encontré una maleta deportiva completamente negra.
Nieves bebé: foto
Nieves bebé: ¿Esta?
Gael: Sí.
No había visto a otra persona en todo el gimnasio. Tomé la maleta y caminé hacia el vestidor de hombres.
Me detuve en la puerta para comprobar que estuviera vacío.
Al fondo se escuchaba el agua de una regadera.
Entré.
No había bancas frente a los casilleros ni una superficie donde dejar la maleta. Tuve que avanzar hasta la entrada del área de regaderas.
Me giré para mantener la espalda hacia los cubículos.
—¿Gael?
El agua se detuvo.
—Traje tu maleta. ¿Dónde la dejo?
—Espera.
Un brazo mojado apareció desde el último cubículo y tomó una toalla. Desapareció unos instantes.
Después la misma mano salió de nuevo. El índice se curvó para llamarme.
—Tráela.
—¿Ya te cubriste?
—Sí.
Guardé el celular en el bolsillo y avancé.
El vapor se volvía más denso a cada paso. El piso estaba húmedo y el aroma del jabón de Gael llenaba el aire.
Mi cabeza produjo imágenes que no debía producir: gotas recorriendo su pecho, sus manos sobre la piel y aquella parte de su cuerpo que tanto había imaginado la noche anterior.
Aceleré para entregar la maleta y salir.
La suela pisó una mancha de jabón.
Resbalé.
Super recomendable.
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solo una observación no lo tomes a mal en este capítulo y en el interior repetiste párrafos. Deberías checar porque se confunde la lectura ☺️☺️☺️