Para salvar a su madre del desalojo, Harper acepta un matrimonio por contrato de dos años con Jeremy, el heredero del imperio multimillonario Salvatore. Pero en la noche de bodas, el novio huye con el dinero, activando una cláusula oculta que la vincula legalmente al temido CEO de la corporación: Mason Eliot Salvatore, el hermano mayor.
Convencido de que ella es una cazafortunas, Mason la recluye en su penthouse bajo reglas implacables. Sin embargo, la dignidad de Harper desafía su frialdad, transformando el cautiverio en una atracción adictiva. Cuando los enemigos de la familia arman una red de mentiras para acusarla falsamente, Harper firma el divorcio, renuncia a millones y desaparece.
Al descubrir la verdad, el oscuro magnate de Wall Street enfrenta la peor de sus condenas: la ausencia de la única mujer que rompió su armadura. Dispuesto a perder su orgullo y caer de rodillas, Mason emprenderá una cacería desesperada para recuperar a la esposa que nunca debió dejar ir.
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CAPÍTULO 2: RECLAMOS
Harper Jones
El mármol del vestíbulo de la Torre Salvatore no era blanco; era de un gris venado, pulido con tanta precisión que reflejaba la luz de las lámparas de araña como si fuera una piscina de hielo negro. Olía a perfume caro, a madera de sándalo y al aire acondicionado glacial que parecía diseñado para congelar cualquier rastro de humanidad que intentara cruzar la puerta giratoria.
Eran las siete y cuarenta y cinco de la mañana. Los empleados de la sede central de la Corporación Salvatore comenzaban a filtrar sus tarjetas doradas por los torniquetes de cristal. Todos vestían trajes ajustados a la medida, abrigos de paño oscuro y zapatos que no hacían el menor ruido al pisar.
Y entre ese mar de elegancia sobria y riqueza silenciosa, estaba yo.
El agua helada de la lluvia aún me goteaba por las puntas del cabello pelirrojo, manchando la pechera de mi uniforme gris de limpiadora. Tenía las rodillas del pantalón rasgadas, la piel de las manos escamada por el cloro de las oficinas que había fregado horas antes y una costra de sangre seca en los nudillos del puño derecho.
La gente se apartaba a mi paso con una mezcla de asco y alarma. Lo veía en sus miradas: para ellos, yo era una rata que se había colado por las tuberías de su santuario de finanzas. Un error de seguridad. Una mancha en la alfombra.
—Señorita, no puede estar aquí. Por favor, retroceda inmediatamente —dijo una voz grave a mi derecha.
Un guardia de seguridad de casi dos metros, vestido con un traje táctico impecable y un auricular de cable trenzado en la oreja, se interpuso en mi camino. Puso una mano enorme sobre mi hombro con la intención de empujarme hacia la salida.
El contacto de su mano me encendió la sangre. Con un movimiento rápido y felino que me nació de lo más profundo del estómago, le propiné una manotada al brazo, apartándolo de mí con un chasquido sordo.
—¡No me ponga una sola mano encima! —le grité. Mi voz rebotó contra los techos altos de tres pisos de altura, acallando de golpe el murmullo de los ejecutivos en el vestíbulo—. ¡Quiero ver a Horacio Salvatore! ¡Ahora mismo!
El guardia pestañeó, sorprendido por la ferocidad animal que salía de una mujer tan delgada y deshecha. Pero tardó solo un segundo en recobrar su postura. Hizo una señal a otros dos guardias que patrullaban cerca de los ascensores.
—Tenemos un código tres en el vestíbulo principal. Una intrusa alterada —dijo el guardia por el micrófono de su solapa, mirándome con frialdad—. Si no camina hacia la puerta por sus propios pies, señorita, la voy a sacar a rastras y terminará el día en la comisaría central.
—¡Llamen a la policía si quieren! —grité, avanzando un paso más hacia los torniquetes, sintiendo cómo los latidos de mi corazón me retumbaban en los oídos como martillazos—. ¡Díganles que arresten a su presidente! ¡Díganles que Horacio Salvatore mandó a la policía a las cuatro de la mañana a desalojar a una mujer agonizante con un tanque de oxígeno! ¡Díganles que es un criminal que mata a la gente desde su escritorio!
Las miradas de los empleados que pasaban por los torniquetes se congelaron. Vi a una mujer con un maletín de cuero detenerse en seco, con los ojos bien abiertos.
Varios hombres en traje intercambiaron miradas incómodas. La palabra "muerte" y el nombre de su fundador pronunciados en el mismo enunciado eran un veneno que el departamento de relaciones públicas de Salvatore Corp no podía controlar en pleno vestíbulo público.
—Asegúrenla. Ya —ordenó el guardia principal, perdiendo la paciencia.
Los tres hombres se abalanzaron sobre mí al mismo tiempo. Un par de manos pesadas me agarró por el antebrazo izquierdo, torciéndolo hacia mi espalda. Sentí un tirón agudo en el hombro que me hizo ahogar un grito de dolor.
Luché como una fiera, lanzando patadas con mis zapatillas mojadas, arañando la tela de sus uniformes, mordiéndome los labios hasta sacarme sangre para no derramar una sola lágrima más.
—¡Déjenme! —chillé, forcejeando contra el peso de los tres hombres que intentaban arrastrarme hacia la salida lateral de servicio—. ¡Cobardes! ¡Malditos cobardes! ¡Horacio Salvatore, da la cara! ¡Da la cara!
Un murmullo repentino hizo que la presión de los guardias sobre mis brazos disminuyera una fracción de segundo.
—¿Qué es este espectáculo tan degradante en mi edificio?
La voz no era alta. Tampoco era rasposa. Era un tono profundo, seco, teñido de una autoridad tan antigua y pesada que parecía detener el tiempo.
Los tres guardias se congelaron de inmediato, manteniendo la sujeción sobre mí pero poniéndose erguidos como estatuas. Me solté del agarre de uno de ellos con un tirón brusco y me giré con la respiración entrecortada, limpiándome la boca con el dorso de la mano sangrante.
Al lado de la batería de ascensores privados —aquellos de puertas de bronce bruñido que conducían directamente al piso superior— se encontraba un anciano.
No llevaba muletas ni caminaba encorvado. Horacio Salvatore, a sus setenta y cinco años, vestía un traje de tres piezas en tono gris marengo, hecho de una lana tan fina que no tenía una sola arruga.
Su cabello cano estaba peinado hacia atrás con una precisión geométrica. Pero lo que me heló el aliento no fue su ropa, ni la comitiva de abogados y asistentes que lo rodeaban a tres pasos de distancia como una guardia de honor.
Fueron sus ojos.
Eran de un azul claro, casi transparente, como el cristal de una botella rota bajo el sol. Ojos que habían visto caer imperios, que habían arruinado a familias enteras y que no albergaban ni un atisbo de duda, remordimiento o piedad.
A su lado, un joven de unos veinticuatro años, de aspecto pulcro, rostro suave y vestimenta impecable, se removió incómodo. Tenía los mismos ojos azules, pero en los suyos no había poder; solo una mezcla de aburrimiento y tensión nerviosa. Supe de inmediato quién era: ese debía ser Jeremy Salvatore, el nieto menor.
—Señor Salvatore... lo sentimos mucho —dijo el jefe de seguridad, inclinando la cabeza con pánico—. La mujer eludió el perímetro exterior. La estamos sacando ahora mismo.
Horacio levantó un solo dedo de la mano derecha. El guardia cerró la boca al instante y dio un paso atrás.
El viejo multimillonario caminó despacio hacia mí. Sus zapatos de piel de becerro taconearon sobre el mármol con un sonido lento, deliberado. Se detuvo a dos metros de distancia. Su mirada descendió por mi ropa manchada de cloro, mis pies mojados, mi cara limpia de maquillaje pero marcada por el dolor, y finalmente se detuvo en mi cabello pelirrojo, empapado y revuelto.
No había asco en su rostro. Tampoco ira. Había algo mucho más peligroso: una curiosidad calculadora.
—Llegas muy tarde para ser la persona que limpia los piso del directorio, niña —dijo Horacio. Su voz tenía el peso de una losa de granito—. Y ciertamente no usas la entrada adecuada.
—No vine a limpiar su edificio, señor Salvatore —respondí, dándole un paso al frente. Sentí cómo la seguridad a mi alrededor se tensaba, pero no me importó. Le sostuve la mirada transparente sin pestañear—. Vine a decirle que es un monstruo.
Un jadeo colectivo se escuchó entre los ejecutivos que presenciaban la escena. El joven Jeremy abrió la boca, sorprendido, pero su abuelo ni siquiera pestañeó. La comisura de sus labios marchitos se elevó una milésima de milímetro.
—¿Un monstruo? —repitió Horacio, saboreando la palabra como si fuera un vino añejo—. Qué poco original. En esta ciudad me han llamado cosas mucho peores hombres que valían cientos de millones de dólares. ¿Qué te hace pensar que el insulto de una mocosa tiene algún valor para mí?
—Mi madre no vale millones para usted, pero lo es todo para mí —dijo mi voz, que dejó de temblar para volverse dura como el acero—. A las cuatro de la mañana, sus alguaciles sacaron la cama de mi madre a la acera. Le quitaron el respirador portátil para ponerle un sello de embargo a la puerta. Tiene insuficiencia cardíaca terminal. Si se muere hoy en la sala de urgencias de un hospital público, no voy a buscar a sus abogados, señor Salvatore. Lo voy a buscar a usted.
El silencio que siguió a mis palabras fue absoluto. Ni siquiera el sonido de los coches en la Quinta Avenida parecía atravesar los cristales blindados de la torre.
Horacio me miró fijamente. Se tomó unos segundos enteros para estudiar cada rasgo de mi rostro: la mandíbula apretada, el orgullo rabioso que se negaba a doblegarse, las lágrimas de rabia que no dejé caer. Era obvio que estaba acostumbrado a que la gente se arrastrara ante él, a que le rogaran, a que le lloraran pidiendo compasión.
Yo no le estaba pidiendo nada. Lo estaba amenazando con las manos vacías y los pies empapados.
—¿Cómo te llamas? —preguntó de pronto.
—Harper. Harper Jones.
—Jones... —Horacio inclinó la cabeza hacia atrás, mirando al hombre de traje negro que estaba a su izquierda con un expediente bajo el brazo—. El crédito puente del 412 de Hoyt Street en Brooklyn. La propiedad que garantizaba la hipoteca de la pequeña imprenta familiar que quebró el año pasado.
El abogado revisó una hoja rápidamente.
—Así es, señor. La deuda fue comprada por nuestra filial de ejecuciones inmobiliarias la semana pasada. La orden de alzamiento se ejecutó esta madrugada conforme a la ley.
—Bien... —repitió Horacio, mirando de nuevo hacia mí. Un destello oscuro y profundo cruzó sus ojos claros—. La ley es un instrumento muy justo, Harper. No deja sangre en las manos de nadie.
—Deja gente muerta en la calle, que es mucho peor —espeté, apretando los puños con tanta fuerza que las uñas se me clavaron en las palmas sangrantes—. Devuélvanos la casa. Le pagaré hasta el último centavo. Trabajaré tres turnos, les daré el noventa por ciento de mi sueldo todos los meses, pero no deje a mi madre en la calle.
Jeremy Salvatore dejó escapar una pequeña risa burlona desde atrás.
—Por favor, abuelo. ¿Vas a perder el tiempo escuchando a una muerta de hambre? Dile a seguridad que la tire a la calle de una vez. Tengo la cita con el club de golf en veinte minutos.
Horacio se giró despacio hacia su nieto. La mirada que le dirigió a Jeremy fue tan helada que el joven trágó saliva y dio un paso atrás, cerrando la boca de golpe.
—Cállate, Jeremy —dijo el viejo con un desprecio sordo—. Tienes veinticuatro años, has gastado tres millones de dólares de mi cuenta este trimestre en coches y mujeres, y no tienes ni la mitad del valor o de la dignidad que esta muchacha está demostrando en este momento.
El rostro de Jeremy se puso rojo de humillación, pero no se atrevió a replicar.
Horacio volvió a fijar su atención en mí. Recorrió con la vista mi silueta recta, mi cuello erguido a pesar del agotamiento y la belleza salvaje que no podía ocultar ni la mugre ni la desesperación.
Para un hombre como él, que lo poseía todo, los seres humanos no eran personas; eran piezas en un tablero de ajedrez. Y pude ver el preciso instante en que una idea retorcida y brillante comenzó a formarse en su mente marchita.
—No hago negocios con gente que me insulta en mi propio vestíbulo, Harper —dijo el anciano, ajustándose los gemelos de oro de su camisa—. Tampoco regalo dinero. Ni devuelvo propiedades por lástima. La lástima es una enfermedad de los débiles.
—No le pido lástima. Le pido un trato —dije, dando un paso más, quedando a solo un metro de él.
Horacio sonrió. Esta vez fue una sonrisa real, fría, depredadora.
—¿Un trato? No tienes nada que ofrecer que a mí me interese. O tal vez sí... —el viejo se dio la vuelta hacia la batería de ascensores, haciéndome una leve señal con la mano enguantada—. Sube conmigo al piso sesenta. Vamos a hablar de lo que vale la vida de tu madre.
—Señor Salvatore... —intervino el abogado, alarmado.
—Acompaña a la señorita Jones, Thomas. Y que le traigan un café caliente y una toalla seca —ordenó Horacio sin detener su marcha—. Si tiene agallas para gritarme a la cara en el vestíbulo, se ha ganado al menos diez minutos de mi tiempo.
Las puertas de bronce del ascensor privado se abrieron con un timbre suave. Horacio entró primero, seguido por su nieto, quien me dedicó una mirada de rabia contenida al pasar a mi lado.
Me quedé quieta un segundo en medio del mármol, sintiendo el peso de los ojos de todo el vestíbulo clavados en mí. Sabía que cruzar esa puerta de bronce significaba entrar en la guarida del lobo. Sabía que los hombres como Horacio Salvatore no daban nada gratis, que cada favor que concedían llevaba un gancho de acero escondido en el cebo.
Pero la imagen de mi madre ahogándose en la acera volvió a mi mente, aplastando cualquier atisbo de duda.
Apreté los puños, me limpié las gotas de agua de las pestañas y caminé hacia el ascensor.