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LA HABITACIÓN QUE NUNCA DEBIÓ ABRIRSE

LA HABITACIÓN QUE NUNCA DEBIÓ ABRIRSE

Status: En proceso
Genre:Casos sin resolver / Maldición / Terror
Popularitas:368
Nilai: 5
nombre de autor: Ana Rosa Yosef Osca

Valeria Salvatierra ha aprendido a desconfiar de los misterios. Como periodista, sabe que detrás de cada leyenda existe una explicación y que incluso los casos más extraños pueden resolverse siguiendo las pistas correctas.
Hasta que una mañana recibe una caja sin remitente.
Dentro encuentra una fotografía antigua de cinco personas frente a una mansión abandonada. El rostro de una de ellas ha sido borrado con tinta negra. También hay un recorte de periódico sobre la desaparición de una joven ocurrida treinta años atrás... y una llave marcada con un número:
17.
En el reverso de la fotografía hay una advertencia:
«Ella murió hace treinta años. Pero anoche volvió a llamar a mi puerta.»
Valeria comienza a investigar y descubre que la desaparición está relacionada con una habitación que la policía nunca pudo registrar.
La habitación 17.
Mientras sigue las pistas, nuevos asesinatos comienzan a ocurrir y personas relacionadas con aquella antigua tragedia empiezan a morir una tras otra.

NovelToon tiene autorización de Ana Rosa Yosef Osca para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3 — La niña que sobrevivió

Valeria salió del archivo municipal sin recordar exactamente cómo había llegado hasta la calle. Caminó varios metros con la carpeta apretada contra el pecho, mientras la fotografía parecía pesar más que todos los documentos que había llevado consigo. El ruido de los automóviles, las voces de las personas y el movimiento de la ciudad parecían provenir de un lugar lejano. En su cabeza solo existía una imagen: aquella niña de ocho años frente a la mansión.

Ella.

No podía ser ella.

Había pasado toda su vida creyendo que sus recuerdos de infancia eran normales. Su padre había muerto cuando ella tenía dieciocho años y, después de su muerte, algunas cosas relacionadas con su niñez se habían vuelto borrosas. Nunca le había dado demasiada importancia. Los recuerdos infantiles podían desaparecer con el tiempo. Eso era lo que siempre había pensado.

Pero ahora tenía una fotografía.

Una fotografía tomada treinta años atrás.

Y en ella aparecía una niña idéntica a ella.

Valeria se detuvo en la acera.

Miró nuevamente la imagen.

La niña llevaba un vestido blanco con pequeñas flores azules. Tenía el cabello oscuro recogido en dos coletas y una pequeña cicatriz sobre la ceja izquierda.

Valeria llevó instintivamente los dedos hasta la misma cicatriz.

La tenía desde que podía recordar.

Su padre siempre le había dicho que se había caído de una bicicleta cuando era pequeña.

¿Y si había mentido?

Valeria sacó el teléfono y llamó a su madre.

La llamada tardó varios segundos en conectar.

—¿Valeria?

La voz de su madre sonaba cansada.

—Mamá, necesito preguntarte algo.

Hubo una pausa.

—¿Qué ocurre?

—¿Yo estuve alguna vez en una casa antigua cuando tenía ocho años?

El silencio al otro lado fue inmediato.

Demasiado largo.

Valeria cerró los ojos.

—Mamá.

—¿Por qué preguntas eso?

—Respóndeme.

Su madre respiró profundamente.

—¿Quién te habló de esa casa?

—Nadie. Encontré una fotografía.

Otro silencio.

—Mamá, en esa fotografía aparezco yo.

La respiración de su madre cambió.

—No.

—Sí.

—Valeria, escucha lo que te voy a decir.

—Estoy escuchando.

—No sigas investigando.

Valeria sintió un escalofrío.

—¿Por qué?

—Porque tu padre hizo todo lo posible para que olvidaras.

—¿Olvidara qué?

Su madre comenzó a llorar.

Valeria se quedó inmóvil.

—Mamá...

—No debiste encontrar esa fotografía.

—¿Qué pasó aquella noche?

—Tu padre me juró que jamás hablaría de eso.

—Papá está muerto.

—Precisamente por eso tienes que dejarlo.

Valeria apretó los dientes.

—¿Qué pasó?

Su madre no respondió.

—Mamá, necesito saber la verdad.

—La verdad puede matarte.

La llamada terminó.

Valeria permaneció mirando la pantalla.

Su madre nunca había sido una mujer supersticiosa.

Nunca.

Si estaba asustada, debía existir una razón.

Guardó el teléfono y miró la dirección que había recibido en el archivo.

La antigua propiedad se encontraba a poco más de una hora de distancia.

No pensaba ir todavía.

Primero necesitaba averiguar quiénes eran las personas de aquella fotografía.

Volvió a mirar los rostros.

El primero era un hombre alto de unos treinta años.

El segundo tenía el cabello claro.

El tercero llevaba gafas.

El cuarto era un hombre mayor.

Y junto a ellos estaba la mujer cuyo rostro había sido borrado.

Valeria amplió la imagen.

Había algo en aquella mujer que le resultaba familiar.

No su rostro.

Su postura.

La forma en que colocaba la mano sobre el hombro de la niña.

Valeria acercó la fotografía.

La mujer llevaba un anillo.

Un anillo grande con una piedra oscura en el centro.

Valeria sintió un vacío en el estómago.

Conocía ese anillo.

Lo había visto durante años.

Estaba en una de las fotografías de su padre.

Pero eso no era lo peor.

En el dedo de la mujer había una pequeña marca.

Una cicatriz.

La misma cicatriz que Valeria tenía en la muñeca derecha.

Se quedó paralizada.

No podía ser una coincidencia.

Aquella noche Valeria no durmió.

Extendió sobre la mesa todas las fotografías y documentos que había encontrado. Había convertido su apartamento en una pequeña sala de investigación. Fotografías, recortes, nombres y fechas cubrían la superficie.

En el centro estaba la llave.

Número 17.

A las dos de la madrugada, Valeria encontró algo.

Uno de los hombres de la fotografía aparecía mencionado en otro artículo.

Julián Ferrer.

Abogado.

Desaparecido en 2004.

El segundo era Esteban Luján, médico.

Había muerto en 2011.

El tercero era Ramiro Vega, antiguo funcionario policial.

Había muerto en circunstancias extrañas en 2018.

Valeria se quedó mirando la pantalla.

Tres hombres.

Tres muertes.

Todos relacionados con la misma casa.

Solo faltaba identificar al cuarto.

Y entonces encontró el nombre.

Gabriel Salvatierra.

Su padre.

Valeria dejó de respirar.

Se levantó lentamente.

—No...

Volvió a leer.

Gabriel Salvatierra — investigador privado.

Había trabajado en el caso de la desaparición.

Pero nunca se lo había contado.

Valeria comenzó a revisar los documentos.

Su padre no había sido simplemente un hombre que conocía el caso.

Había sido una de las cinco personas presentes aquella noche.

Y eso significaba que su madre también había mentido.

El teléfono vibró.

Un mensaje.

¿Ya descubriste quién era tu padre?

Valeria sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

Escribió:

¿Quién eres?

La respuesta llegó inmediatamente.

Alguien que intentó salvarte.

Valeria:

¿De quién?

Pasaron diez segundos.

Después apareció:

De ella.

Valeria miró la fotografía.

La mujer cuyo rostro había sido borrado parecía observarla.

Entonces llegó otro mensaje.

Tu padre no murió por accidente.

Valeria dejó caer el teléfono.

Durante varios segundos no pudo moverse.

Su padre había muerto once años atrás en un accidente de automóvil.

Eso decía el informe.

Eso decía la policía.

Eso decía su madre.

Pero si aquel mensaje era cierto...

Alguien había asesinado a Gabriel Salvatierra.

Y probablemente había esperado once años para que Valeria descubriera la verdad.

A las seis de la mañana, Valeria decidió ir a la casa.

No podía seguir esperando.

Guardó la fotografía, la llave, la carpeta y una pequeña linterna en su bolso.

Antes de salir, llamó nuevamente a su madre.

No contestó.

Volvió a llamar.

Nada.

Valeria sintió que algo no estaba bien.

Dejó un mensaje.

—Mamá, voy a buscar la casa. Si sabes algo que pueda ayudarme, llámame antes de que llegue.

Guardó el teléfono.

Al abrir la puerta del apartamento, encontró un pequeño sobre en el suelo.

No estaba allí unos minutos antes.

Lo recogió.

Dentro había una fotografía.

Esta vez era diferente.

Era una fotografía de su padre.

Gabriel estaba parado frente a la mansión.

Pero no estaba solo.

A su lado estaba la mujer de la fotografía.

Y frente a ellos estaba Valeria cuando era niña.

La imagen parecía haber sido tomada la misma noche de la desaparición.

En la parte posterior había una frase.

«Tu padre te sacó de la habitación.»

Valeria sintió que le temblaban las manos.

Debajo aparecía otra frase.

«Pero no pudo sacarla a ella.»

Entonces escuchó un ruido detrás de ella.

Valeria se giró.

El pasillo estaba vacío.

La puerta del apartamento vecino estaba cerrada.

No había nadie.

Pero desde el interior de su apartamento llegó un sonido.

Un golpe.

Después otro.

Y otro.

Valeria no se movió.

Toc.

Toc.

Toc.

Los golpes provenían de la mesa.

De donde había dejado la llave.

Entró lentamente.

La llave ya no estaba sobre la mesa.

Había desaparecido.

Valeria revisó el suelo.

Nada.

Entonces vio algo que hizo que el miedo le paralizara las piernas.

La llave estaba colocada frente a la puerta de su dormitorio.

Pero ella vivía sola.

Y había cerrado aquella habitación antes de salir.

Valeria se acercó.

La puerta estaba entreabierta.

Empujó lentamente.

El dormitorio estaba oscuro.

Encendió la luz.

No había nadie.

Solo una cosa había cambiado.

Sobre su cama estaba la fotografía antigua.

La misma fotografía de las cinco personas.

Pero ahora el rostro de la mujer ya no estaba tachado.

Valeria se quedó mirando.

Por primera vez pudo ver su rostro completo.

La fotografía cayó de sus manos.

Era una mujer joven.

Cabello oscuro.

Ojos claros.

Una pequeña cicatriz sobre la ceja izquierda.

Valeria llevó lentamente la mano hasta su propia cicatriz.

La mujer de la fotografía era idéntica a ella.

No parecía su madre.

No parecía una pariente lejana.

Parecía...

Valeria.

El teléfono comenzó a sonar.

Número desconocido.

Esta vez contestó.

Una voz femenina susurró:

—Ahora sabes quién soy.

Valeria sintió que las piernas le fallaban.

—¿Quién eres?

La respuesta llegó acompañada de una respiración tranquila.

—Soy la mujer que murió hace treinta años.

Valeria cerró los ojos.

—Eso es imposible.

La mujer soltó una pequeña risa.

—Lo imposible fue lo que tu padre hizo aquella noche.

—¿Qué hizo?

Silencio.

Después:

—Te dejó dentro.

Valeria abrió los ojos.

—¿Dónde?

La voz respondió:

—En la habitación 17.

La llamada terminó.

Valeria miró la llave.

Después miró la fotografía.

Y por primera vez desde que había recibido aquella caja, comprendió que la llave no había llegado hasta ella para abrir una puerta.

Había llegado para devolverla al lugar del que su padre la había sacado treinta años atrás.

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