Durante diez años, Nina Salcedo creyó estar enamorada del hombre equivocado.
Cuando su socia desaparece y la deja con una deuda de nueve millones de pesos, la única salida llega de la persona que menos esperaba: Santiago Reverte, un capitán de aerolínea frío, arrogante y experto en hacerla perder la paciencia.
El trato parece sencillo: un matrimonio por contrato. Él resolverá sus problemas económicos y ella le dará la esposa que necesita para cumplir con las exigencias de su familia. Sin amor. Sin preguntas. Sin sentimientos de por medio.
Pero Santiago conoce su café favorito, cuida de su abuela a escondidas y siempre aparece cuando ella corre peligro. Mientras tanto, Julián, el amor de toda su juventud, regresa dispuesto a recuperarla y obliga a Nina a cuestionar cada recuerdo que creía verdadero.
Las notas anónimas, los regalos, la bufanda azul y aquel misterioso chico que la protegía en silencio quizá nunca tuvieron nada que ver con Julián.
Porque Santiago no empezó a amarla después de la boda.
Lleva diez años haciéndolo en secreto.
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Capítulo 7
...Nina....
La abuelita estaba en su sillón de siempre, las piernas tapadas con una manta tejida, el televisor puesto en un concurso que no estaba viendo.
—Te ves bien —le dije desde la puerta.
—Me veo vieja. Pasa, que tengo algo para ti.
Me senté en el banquito junto a sus rodillas. Me pasó una bolsa de tela con flores bordadas.
—Encontré esto limpiando el clóset. Son tuyos.
Dos bufandas.
La primera la reconocí de inmediato. Azul cobalto, tejida a mano. La abuelita me la hizo cuando entré a la prepa. Me la ponía todos los días hasta que Santiago Reverte me la arrancó del cuello en la cafetería y la hundió en el balde de sobras.
El sonido húmedo de la tela cayendo entre cáscaras de papa y restos de sopa. Su risa. Yo sin llorar hasta llegar al baño.
Pero al día siguiente, la bufanda apareció en mi cajón del pupitre. Limpia. Perfecta.
—¿Y la otra? —preguntó la abuelita.
Lana color crema, más suave, con un bordado torpe en la esquina. Letras en francés. Toujours. Siempre.
Apareció en mi casillero una mañana de diciembre, sin nota, sin nombre. Pero yo sabía. Julián estudiaba francés. Julián se sentaba tres filas atrás y me miraba cuando creía que no me daba cuenta.
Toda la prepa fue así. Mis cosas desaparecían y volvían. Cuadernos reemplazados. Lápices nuevos en la mochila después de que me robaran el estuche.
Siempre pensé que era él. Diez años creyendo que Julián Ríos fue mi ángel silencioso.
Lo encontré en la escalera. Julián vivía dos pisos arriba de la abuelita.
—Julián.
Se detuvo. Bolsa del supermercado en una mano, llaves en la otra.
—Nina. ¿Viniste a ver a tu abuela?
—Sí. Oye, mira. —Saqué las bufandas—. ¿Las reconoces?
Me miró. Miró las bufandas. Volvió a mirarme.
—¿Debería?
—La azul. La que me rescataste de la cafetería. ¿Te acuerdas? Cuando Reverte la tiró a la basura. Apareció limpia al día siguiente en mi pupitre.
Frunció el ceño. Ladeó la cabeza.
—Nina, yo... no sé de qué me hablas.
El aire se volvió denso.
—Y esta. —Levanté la de lana crema—. El bordado en francés. Toujours. Tú me la regalaste, ¿no?
Tocó la tela. Leyó las letras con los ojos entrecerrados.
—Yo no sé francés.
—¿Qué?
—Nunca estudié francés, Nina. Tomé portugués en la prepa.
El suelo se movió. O mis rodillas. O las dos cosas.
—Pero... las cosas que me devolvían. Los cuadernos. Los lápices. Alguien...
—No fui yo —dijo, con una suavidad que dolía más que un golpe—. Lo siento.
Me sostuve del barandal.
«Entonces quién.»
«¿Y qué he estado amando todos estos años?»
Julián dijo algo más. No recuerdo haber bajado las escaleras. No recuerdo el camino a casa.
Solo el peso de las dos bufandas en mi regazo y la sensación de que algo que sostuve durante una década se deshacía entre mis dedos.
...Nina....
La botella de whisky de malta estaba en la alacena de arriba, detrás de las tazas que nadie usaba.
Me serví un vaso. Me lo tomé. Me serví otro.
Las bufandas extendidas sobre la barra. La azul y la crema. Las miraba como si fueran a confesarme algo.
«Portugués. Estudió portugués.» Otro trago. «Diez años.» Otro.
Santiago bajó con el pelo mojado, bata de baño, toalla en el cuello. Olía a jabón de sándalo.
—¿Estás tomando?
Levanté el vaso hacia él como un brindis.
—Es whisky. De malta. De los buenos.
—Son las ocho de la noche de un martes.
—El whisky no sabe qué día es, Santiago.
Se acercó. Me miró la cara. Yo le miré la cara también. Gota de agua resbalándole por la sien. Pestañas mojadas y oscuras. Esa mandíbula cortada con regla.
—Eres guapo —le dije.
—¿Qué?
—Cuando te ríes. Esa vez en la cocina, cuando Doña Marta confundió la sal con el azúcar. Te vi. Eres guapo cuando te ríes.
Me bajé del banquito y caminé hacia él. El suelo blando, como si la casa flotara. Le puse las manos en la cintura. Encima de la bata. Se tensó entero.
—Nina...
—Shh. —Le toqué el abdomen por encima de la tela—. ¿Qué son estas bolitas duras?
—Son... abdominales.
—¿Por qué tienes tantos? —Empecé a contarlos con el dedo—. Uno, dos, tres...
Me agarró la muñeca.
—Estás borracha.
—Cuatro, cinco... ¿tienes ocho? ¿Quién tiene ocho? Eso es de mentira.
Me solté. Lo miré de arriba abajo y se me ocurrió la mejor idea de mi vida.
—¿Dónde está tu uniforme?
—¿Qué uniforme?
—El de capitán. —Le hice un gesto con las manos como dibujándolo—. La camisa blanca. Los botones negros. Las hombreras con las rayitas doradas. Ese.
—¿Para qué lo quieres?
—Póntelo.
—No.
Me subí a la silla del comedor. Ahora lo miraba desde arriba. Dio medio paso atrás, como si una borracha de un metro sesenta parada en una silla fuera una amenaza real.
—Santiago Reverte. Ve a tu cuarto. Saca el uniforme de capitán. Y póntelo.
—Es casi medianoche. No voy a...
—¡La experiencia completa! —Aplaudí—. Vi un video donde un piloto se pone el uniforme y... —gesto vago— ...da masajes. Quiero la experiencia completa. Con la gorra y todo.
—¿Me estás pidiendo que me ponga el uniforme... para darte un masaje?
—¡Con la gorra! No te olvides de la gorra.
—Dios mío.
—¿Es un sí?
...Santi....
La miraba desde abajo. Pelo suelto, mejillas rojas, ojos brillantes y medio cerrados por el alcohol. La boca manchada de whisky.
Me estaba pidiendo que me pusiera el uniforme.
Y lo único que podía pensar era en una tarde de septiembre, dieciséis años, última fila del salón, cuando la escuché hablar con Lucía Torres.
«Quiero ser azafata. Quiero volar. ¿Te imaginas, Lu? Despertar cada día en un cielo diferente.»
Quiero volar.
Esa noche busqué cuántas horas de vuelo necesitaba un piloto comercial. Me hice un examen de vista. Empecé a investigar academias.
Porque una chica dijo que le gustaba el cielo.
Y yo, imbécil de dieciséis años que le tiraba las cosas y le jalaba el pelo porque no sabía cómo decirle que su risa me arrancaba el aire, decidí que si ella iba a volar, yo iba a aprender a llevarla.
Pasé el examen a los dieciocho. Academia de aviación en Monterrey. Primer lugar de mi generación.
Y cuando llegué a ver el cuadro de honor del último semestre, su nombre ya no estaba. Se cambió de carrera. Siguió a Julián Ríos a la misma universidad.
El pasillo. La luz del tablero de anuncios. El peso de la mochila en mi hombro derecho. Todo murió en ese verano de los diecinueve.
Pero me transferí. Escuela de aviación a diez kilómetros de su universidad. Quince minutos si manejaba rápido. Y así viví. Como una rata en una alcantarilla. Sabía en qué cafetería almorzaba. Sabía que los jueves compraba un café con leche y canela en el puesto de la esquina y se sentaba en la banca bajo el árbol grande a leer.
Los jueves eran mi día favorito de la semana.
Y ahora estaba parada en una silla de mi cocina, borracha con mi whisky, pidiéndome el uniforme de capitán para la experiencia completa.
Se tambaleó. La agarré de la cintura antes de que se cayera. Me pasó los brazos por el cuello. Pegó la frente contra mi pecho y el calor de su piel me atravesó la bata como un hierro.
—Hueles bien —murmuró contra mi clavícula—. Siempre hueles bien. Es injusto.
Me quemaba. Cada punto donde me tocaba.
—Ve a ponerte el uniforme, Santiago.
—Si me sueltas, voy.
—Júramelo.
—Te lo juro.
Me soltó. Casi se cae. La sostuve del codo.
—Quédate aquí. No te muevas de esta silla.
—Sí, capitán —dijo, y se rio con una risa que sonaba igual que a los dieciséis años.
Subí las escaleras. Abrí el clóset. La funda negra con el logo de la aerolínea.
«Porque una chica dijo que le gustaba el cielo.»
Me lo puse.
...Nina....
Me desperté con el sol en la cara y el cuerpo hecho pedazos.
Todo dolía. Los muslos, la espalda baja, los brazos. Un moretón en la rodilla que no recordaba. Los labios hinchados.
Y fragmentos. Sus manos. Tela blanca bajo mis dedos. Botones negros que desabroché uno por uno. Su voz diciendo mi nombre como si le costara respirar.
Me tapé la cara con la almohada y grité.
La camisa del uniforme estaba en el suelo, junto a mi cama. La gorra en la mesita de noche.
Me bañé con agua helada. Me puse lo primero que encontré. Bajé rogándole a todos los santos que Santiago ya se hubiera ido.
Doña Marta estaba en la cocina. Me sirvió el té de miel sin que se lo pidiera.
—Buenos días, niña Nina. ¿Cómo amaneciste?
—Bien —mentí.
—¿Sí? Porque anoche se escuchó bastante movimiento...
—¿Hay pan tostado? Me encantaría pan tostado. Ahora. Inmediatamente.
Doña Marta sonrió con la sonrisa de alguien que sabe todo y no va a decir nada.
Me senté. Taza de té con las dos manos.
«Ya pasó. Fue el whisky. Todo es culpa del whisky. Nadie tiene que hablar de esto jamás.»
Escuché los pasos en la escalera antes de verlo. Lentos. Medidos.
Santiago Reverte bajó a desayunar con el uniforme de capitán puesto. Camisa blanca, botones negros, hombreras con las cuatro rayas doradas. La gorra bajo el brazo.
Me escupí el té.
—Ay, don Santiago —dijo Doña Marta—. En todos los años que llevo en esta casa, nunca lo había visto bajar con el uniforme puesto.
Sacó una silla. Se sentó frente a mí. Me miró con esos ojos oscuros que no decían nada y lo decían todo.
—Buenos días —dijo.
Yo tenía té de miel chorreándome por la barbilla, las mejillas en llamas, y el recuerdo nítido de mis dedos desabrochándole esos mismos botones.
—Buenos... —La voz me salió rota—. Buenos días.
Tomó un sorbo de café sin quitarme los ojos de encima.
Y yo quise morirme. Ahí mismo. En esa silla. Con mi té de miel y mi dignidad hecha pedazos.
Pero también —y esto es lo que me asusta— también quise que nunca se quitara ese uniforme.
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