Su sangre puede coronar reyes... o enterrarlos.
Cuando un omega despierta con la marca de un alfa vampiro ardiendo en su cuello, descubre demasiado tarde que no es una víctima: es la última arma que todos quieren poseer.
Y el alfa que lo reclamó no piensa soltarlo... ni vivo, ni muerto.
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Capítulo 5: Cuando la marca exige
Cuando la marca exige
El jardín interior no ofreció la calma que Kael esperaba.
Se había quedado sentado en el banco de piedra hasta que la luz rojiza del cielo comenzó a oscurecerse todavía más. Las flores de pétalos sangrientos se cerraban lentamente, como si también sintieran el cambio. El aire se volvió más denso. Más quieto.
Y entonces la marca empezó a arder de verdad.
No fue un latido suave como los anteriores. Fue un calor súbito, profundo, que se expandió desde el cuello hacia el pecho y bajó por la columna como lava. Kael se dobló hacia adelante, una mano apretando la cicatriz brillante. Un gemido bajo se le escapó entre los dientes.
—Mierda…
El dolor no era solo físico. Había algo más. Una necesidad que no tenía nombre. Una tirantez en el centro del pecho que tiraba hacia una dirección concreta: hacia el interior del castillo. Hacia él.
Kael se puso de pie tambaleándose. El jardín daba vueltas. El aroma de las flores negras se mezcló con el suyo propio, que de pronto se había vuelto más dulce, más espeso. Feromonas. Las suyas. Y estaban respondiendo a algo que no podía controlar.
Intentó caminar. Dio tres pasos y tuvo que apoyarse en el tronco de un árbol de corteza oscura. La marca latió otra vez, más fuerte. Esta vez el calor se convirtió en un tirón. Como si alguien hubiera atado un hilo invisible a su garganta y tirara con fuerza.
—No… —susurró entre dientes—. No voy a…
El resto de la frase se perdió en un jadeo. Las piernas le flaquearon. Cayó de rodillas sobre la tierra negra del jardín. El resplandor de la marca se intensificó hasta volverse casi doloroso a la vista. Un hilo fino de luz ámbar parecía filtrarse bajo su piel, siguiendo el ritmo de su corazón acelerado.
Y entonces lo sintió.
El olor.
Sándalo. Sangre antigua. Feromonas densas y oscuras que se filtraban desde el interior del castillo como humo. Damien se estaba acercando. O quizás Kael se estaba acercando a él sin darse cuenta. Ya no sabía distinguir quién tiraba de quién.
Pasos firmes sobre la grava.
Kael levantó la cabeza con esfuerzo. Damien estaba de pie a pocos metros, sin abrigo, con las mangas de la camisa negra arremangadas hasta los codos. Los ojos rojos brillaban con una intensidad que no había mostrado antes. Parecía más… salvaje.
—Te lo advertí —dijo con voz baja, ronca—. Cuando empiece a arder de verdad… vendrás a mí.
Kael intentó ponerse de pie. No lo logró. La marca dio otro latido brutal y un gemido ahogado se le escapó del pecho.
Damien se acercó. No con prisa. Con esa calma peligrosa que caracterizaba todos sus movimientos. Se agachó frente a él, una rodilla en el suelo, y levantó el mentón de Kael con dos dedos fríos.
—Mírame.
Kael obedeció sin querer. Los ojos rojos lo atraparon.
—Duele porque todavía luchas —murmuró Damien—. La marca no está completa. Tu sangre quiere más. Mi sangre quiere más. Y tu cuerpo… ya lo sabe.
Kael respiraba agitado. El olor de Damien lo envolvía por completo. Era demasiado. Demasiado cerca. Demasiado intenso. El calor en su cuello se había extendido hasta el bajo vientre, traicionero, vergonzoso.
—Suéltame… —logró decir.
—No estás pidiendo que te suelte —respondió Damien con una honestidad cruel—. Estás pidiendo que te ayude.
Antes de que Kael pudiera negarlo, Damien inclinó la cabeza y rozó con los labios la marca brillante. No fue un beso. Fue un contacto deliberado, lento, casi reverente. El efecto fue inmediato. El dolor se transformó en un calor líquido que recorrió todo el cuerpo de Kael. Un temblor violento lo sacudió. Sus manos, sin permiso, se aferraron a los antebrazos de Damien.
El alfa gruñó suavemente contra su piel.
—Ahí está… —susurró—. Eso es lo que necesitabas.
Lamió la marca una vez. Solo una. El resplandor se suavizó un poco. El tirón en el pecho de Kael disminuyó, pero no desapareció. Ahora era una necesidad sorda, constante, que pedía más.
Damien se separó lo justo para mirarlo a los ojos. Sus pupilas estaban dilatadas. El rojo de sus iris parecía más oscuro, casi negro en el centro.
—Todavía no es suficiente —dijo—. Pero es un comienzo.
Kael estaba temblando. No sabía si de alivio o de algo mucho peor. El aroma de sus propias feromonas se había disparado. Dulce. Cálido. Casi empalagoso. Damien lo inhaló profundamente, como si fuera la primera respiración real que daba en siglos.
—Vamos adentro —ordenó en voz baja—. No quiero que pases el resto de la noche de rodillas en la tierra.
Kael quiso negarse. Quiso decir que podía caminar solo. Pero cuando Damien lo levantó con facilidad, pasándole un brazo por la cintura, su cuerpo se rindió sin pelear. El contacto de esa piel fría a través de la camisa fue suficiente para que la marca volviera a latir, esta vez con un calor casi placentero.
Damien lo llevó de regreso al castillo en silencio. No hacia la habitación de invitados. Hacia otra puerta, más al fondo del pasillo principal. Una habitación más grande. Más oscura. Con una cama enorme de doseles negros y ventanas que daban directamente a la luna roja.
Lo depositó con cuidado sobre el borde del colchón. Luego se apartó dos pasos, como si estuviera midiendo su propio control.
—Esta será tu habitación a partir de ahora —dijo—. Más cerca de la mía. Más fácil de vigilar.
Kael levantó la vista. Todavía respiraba agitadamente. La marca brillaba con menos intensidad, pero el calor no se había ido del todo.
—¿Por qué… me ayudas? —preguntó con la voz ronca—. Podrías simplemente… dejar que arda.
Damien lo miró durante un largo segundo. Algo oscuro y antiguo pasó por su expresión.
—Porque si dejo que arda demasiado tiempo sin control… podrías entrar en celo antes de tiempo. Y si entras en celo completo con la marca todavía incompleta… no sé si seré capaz de detenerme.
El silencio que siguió fue pesado. Kael sintió que el corazón se le detenía un instante.
Damien se pasó una mano por el cabello, un gesto casi humano de frustración.
—Duerme aquí esta noche —continuó—. La marca se calmará un poco con mi olor cerca. Mañana… hablaremos de lo que viene.
Se dirigió hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo sin mirarlo.
—Kael.
—¿Qué?
—La próxima vez que la marca arda así… no esperes a que yo te encuentre. Ven. Porque si tengo que ir a buscarte otra vez… no seré tan cuidadoso.
La puerta se cerró con un clic suave.
Kael se quedó sentado en el borde de la cama enorme, con el olor de Damien impregnando las sábanas y la marca todavía tibia bajo sus dedos. El calor en su cuerpo no había desaparecido del todo. Se había transformado en algo más peligroso: una necesidad sorda que ya no podía fingir que no existía.
Se recostó lentamente. Miró el dosel negro sobre su cabeza. Y por primera vez desde que había llegado a ese castillo, admitió en silencio una verdad que lo aterraba:
Una parte de él… ya quería que la marca volviera a arder.
Solo para sentir otra vez esos labios fríos sobre su piel.