Hace quince años, la dejaron en la calle, hambrienta y sin esperanza, con dos niños pequeños y una madre agonizante. Hoy, es "La Tiburón" en los corporativos de alta alcurnia y "El Demonio", la implacable jefa de la mafia que controla el país desde las sombras. Cuando su despreciable exmarido regresa buscando destruirla con la complicidad de la esposa de un poderoso magnate industrial, descubrirán demasiado tarde que han despertado al monstruo equivocado. Una guerra de poder, finanzas y venganza donde el amor y la supervivencia bailan al filo de una navaja.
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EL BAUTISMO DE SANGRE Y TINTA
El primer mes en el bajo mundo no tuvo nada de glamoroso. No había oficinas de caoba ni trajes de alta costura, sino escritorios metálicos oxidados, el zumbido constante de tubos fluorescentes parpadeantes y el olor rancio a tabaco barato mezclado con el miedo de los deudores. Amelia comprendió de inmediato que las reglas de las corporaciones tradicionales y las de la mafia compartían un mismo ADN: el poder pertenecía a quien tenía el control de la información y la sangre fría para ejecutar las decisiones que los demás temían tomar.
Aquel antro portuario era solo la superficie. Su nuevo jefe, un capo de la vieja escuela llamado Don Romano, la puso a prueba de inmediato. Le entregó tres libros de contabilidad falsificados por una red de lavado de dinero que operaba en los muelles y le dio un plazo de cuarenta y ocho horas.
—Si encuentras el desfase, te quedas. Si te equivocas, terminas flotando en la bahía —le advirtió Romano con una mueca cínica, soplándole el humo del cigarro directamente en la cara.
Amelia no parpadeó. Pasó dos días enteros sin dormir, con los ojos inyectados en sangre y una taza de café negro y frío como única compañía. Pasó las páginas una a una, rastreando centavos fantasma, cuentas offshore mal camufladas y desvíos que los contadores anteriores habían intentado ocultar con torpeza. No solo descubrió el hueco financiero, sino que identificó al traidor dentro de la propia organización de Romano: un lugarteniente de confianza que llevaba meses robándole a sus espaldas.
Cuando entregó el informe en la mesa principal, acompañado de un plan detallado para recuperar el dinero y triplicar los ingresos mediante empresas fachada legítimas, Don Romano guardó un silencio sepulcral. Miró los papeles, luego miró a la joven de veinticinco años cuyo abrigo raído ya no importaba porque irradiaba una autoridad gélida.
—Desde hoy —dijo el capo con respeto contenido—, dejas de ser la contadora de prueba. Te llamarán "La Tiburón". En este negocio, los tiburones huelen la sangre antes de que caiga al agua.
Con el primer adelanto sustancioso en efectivo, Amelia pudo mudar a su madre Teresa y a sus pequeños Diego y Martina a una casa segura, limpia y con calefacción adecuada. Ver la sonrisa de alivio en el rostro de su madre y la tranquilidad con la que sus hijos podían dormir sin el terror del frío y el hambre fue el combustible definitivo. Sin embargo, el dinero no borraba las cicatrices ni detenía la sed de supervivencia.
Paralelamente, por el día, comenzó a estudiar los resquicios legales del mundo corporativo que alguna vez le cerró las puertas. Con bibliotecas públicas y cursos intensivos a distancia, absorbió leyes fiscales, comercio internacional y administración de empresas. Sabía que las armas y las extorsiones eran herramientas útiles en las sombras, pero el verdadero poder residía en los despachos donde se firmaban los contratos de millones de dólares. Tenía que conquistar ambos mundos o morir en el intento.
Fue en esa época de doble vida cuando cruzó su camino con Natalia Robles, entonces una joven estudiante de medicina que trabajaba en una clínica clandestina atendiendo heridas de bala para casos que no podían pisar un hospital. Una noche, durante un ajuste de cuentas entre facciones rivales que se coló en el territorio donde Amelia operaba, una bala perdida rozó el costado de Amelia.
No podía ir a un hospital formal sin arriesgar su libertad y dejar a su familia desamparada. Cojeando y con la sangre empapándole la blusa, llegó a la clínica donde Natalia atendía las urgencias nocturnas.
—No hagas preguntas, solo saca la bala y cóseme bien —le ordenó Amelia con los dientes apretados por el dolor, apoyada contra el marco de la puerta.
Natalia, con las manos temblorosas pero con una valentía inquebrantable, hizo exactamente lo que le pidió. En lugar de entrar en pánico, mientras le extraía el plomo, la futura doctora la miró fijamente y le preguntó con una mezcla de fascinación y terror:
—¿Quién demonios eres tú?
—Alguien que va a sobrevivir a todos los que quisieron verla muerta —respondió Amelia con una sonrisa pálida pero desafiante.
Esa noche nació una lealtad a prueba de balas. Natalia se convirtió en su única confidente en el mundo de la luz, la única persona que conocía la doble identidad de la mujer que poco a poco comenzaba a tejer su red en las altas esferas.
Mientras tanto, en las sombras de la ciudad, Carlos Vargas y su madre Gloria disfrutaban de su supuesta victoria, creyendo que la joven a la que habían arrojado a los perros yacía sepultada en el olvido. No sabían que cada lágrima derramada por Amelia en aquella fría acera de noviembre se había transformado, con los años, en colmillos afilados. Quince años después, el monstruo que ellos mismos crearon regresaría para reclamar lo que por derecho de sangre y fuego le pertenecía.