Valentina Torres acaba de graduarse, tiene veintidós años y necesita encontrar dónde vivir antes de que termine el día. La última persona de quien espera recibir ayuda es Martín Herrera, su antiguo profesor de literatura… y el hombre del que lleva enamorada en secreto desde que entró a la universidad.
La solución parece sencilla: compartir temporalmente el departamento 302 y respetar cinco reglas pegadas en el refrigerador.
Nada de invadir el espacio del otro.
Nada de confundir la convivencia con algo más.
Y, sobre todo, nada de enamorarse.
El problema es que Martín recuerda cada uno de sus gustos, cocina para ella cuando está cansada y guarda silencios que dicen mucho más que sus palabras. Mientras Valentina intenta ocultar lo que siente, una caja de madera cerrada con llave demuestra que quizá ella no sea la única que lleva años esperando.
Entre rumores universitarios, cenas improvisadas, secretos familiares y sentimientos imposibles de contener, ambos descubrirán que compartir un hogar es fácil. Lo difícil será fingir que sus corazones no llegaron allí mucho antes que ellos.
NovelToon tiene autorización de maria para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 19
...Valentina...
El auto llegó a las cinco y cuarenta y cinco de la mañana.
Yo llevaba despierta desde las cuatro. No porque tuviera que madrugar, sino porque mi cuerpo se negó a dormir sabiendo que en unas horas el departamento estaría vacío.
A medianoche, cuando estuve segura de que él dormía, me levanté de la cama y preparé una bolsa. Barras de amaranto extra por si las del viaje se le acababan. Una bolsa de frutas secas. Los caramelos de menta que le había comprado, más otra bolsa porque «cinco días son muchos caramelos». Toallitas húmedas. Un paquete de galletas de mantequilla que encontré en la despensa. Y una nota:
«Coma bien. Duerma bien. Vuelva bien. V.»
La dejé junto a la puerta del departamento para dársela antes de que subiera al auto.
A las cinco y treinta, escuché su puerta abrirse. Pasos en el pasillo. El sonido de la maleta rodando sobre el piso.
Salí de mi cuarto.
Él estaba en la entrada, con su abrigo gris, la maleta a un lado y los lentes puestos aunque todavía estaba oscuro afuera. Me miró con sorpresa.
—¿Qué haces despierta?
—Vine a… —Extendí la bolsa—. Esto. Para el viaje.
Él miró la bolsa. La tomó. Miró adentro. Vio las frutas, los caramelos, las galletas, la nota. Su expresión no cambió, pero algo en sus ojos se suavizó de una forma que ya empezaba a reconocer como su versión de emocionarse.
—Gracias.
—No es nada.
—No, Valentina. —Su voz era baja, casi un murmullo—. No es nada.
El teléfono vibró. El auto estaba abajo.
Bajamos juntos. El edificio estaba en silencio total: solo nuestras pisadas en la escalera y el sonido de las ruedas de la maleta en cada escalón.
Afuera, el aire de la madrugada era fresco y olía a tierra mojada. Un auto negro esperaba con las luces encendidas. El chofer salió a guardar la maleta en la cajuela.
Nos quedamos de pie en la acera. Él frente a mí. Yo frente a él. A medio metro de distancia, con el aliento visible en el frío de la mañana.
No sé qué me pasó.
No fue una decisión. No fue valentía. No fue siquiera un impulso consciente. Fue algo más profundo, más animal, más honesto que cualquier cosa que hubiera hecho en mi vida.
Me di la vuelta de golpe y me lancé contra él.
Mi frente chocó contra su pecho con un golpe sordo que probablemente le dolió. Mis brazos le rodearon la cintura con la torpeza de alguien que nunca ha abrazado al hombre del que está enamorada a las cinco y cuarenta y cinco de la mañana en una acera vacía.
Él se congeló.
Dos segundos. Tres. Cuatro.
Una eternidad comprimida en el espacio entre un latido y el siguiente.
Y entonces sus brazos me rodearon. Despacio. Con un cuidado que me rompió en pedazos. Una mano en mi espalda. La otra subió hasta mi cabeza y se posó ahí, sobre mi pelo revuelto de madrugada, con una suavidad que no tenía derecho a existir en un mundo tan ruidoso.
El abrazo duró diez segundos. O diez años. No sé. El tiempo dejó de funcionar en algún punto entre el golpe de mi frente y el calor de su mano en mi pelo.
Cuando me separé, no pude mirarlo a los ojos. Tenía las mejillas ardiendo y las manos temblando y el pecho tan lleno de algo que dolía de lo hermoso que era.
—Cuídese —dije. Mi voz sonó como la de alguien que acaba de correr un maratón.
Él no respondió inmediatamente. Subió al auto. El chofer cerró la puerta. La ventanilla bajó a medias.
—Valentina.
—¿Sí?
—Fue un abrazo muy suave.
Lo miré. Las puntas de sus orejas estaban completamente rojas. Como dos lucecitas en la penumbra de la madrugada. Martín Herrera Solís, el hombre de hielo de la Facultad de Humanidades, tenía las orejas rojas porque yo lo había abrazado.
El auto arrancó. Desapareció en la esquina. La calle quedó vacía.
Me quedé de pie en la acera, con los brazos aún tibios del calor de su cuerpo y las piernas temblando.
Saqué el teléfono.
Un mensaje de él. Enviado desde el auto, probablemente antes de que doblara la esquina:
«Fue un abrazo muy suave.»
Sonreí. Lloré. Las dos cosas al mismo tiempo, porque al parecer eso era lo que este hombre me hacía: sentir todo a la vez, sin filtros, sin defensas, sin excusas.
Escribí de vuelta:
«Entonces… ¿la próxima vez más fuerte?»
Tres puntos parpadeando.
«Sí. Espérame.»
Espérame.
Abracé el teléfono contra el pecho. Levanté la mirada al cielo. Las primeras luces del amanecer pintaban las nubes de rosa y naranja.
Cinco días. Ciento veinte horas.
Lo iba a esperar. Claro que lo iba a esperar.
Llevaba cuatro años esperándolo. ¿Qué eran cinco días más?
Subí las escaleras del edificio con los ojos empapados y una sonrisa que no me cabía en la cara. Entré al 302. Cerré la puerta.
El departamento estaba en silencio. Un silencio distinto al de la semana pasada. No era un silencio de distancia. Era un silencio de espera.
Fui a la cocina. Abrí el refrigerador. Los cinco tuppers estaban ahí, etiquetados con su caligrafía perfecta: «Lunes», «Martes», «Miércoles», «Jueves», «Viernes».
Y en el tupper del lunes, una nota adhesiva extra que no estaba anoche:
«Hoy va a ser un buen día. Porque empieza la cuenta regresiva.»
Me senté en el piso de la cocina. Con la espalda contra el refrigerador. Con la nota en las manos. Y lloré.
No de tristeza. De una felicidad tan grande que no me cabía en el cuerpo y tenía que salir por los ojos.
—————————————————————————————————