La noche del cumpleaños número dieciocho de su hija, el mundo de Alma Montoya se derrumba frente a trescientas personas.
Su esposo entra al salón tomado del brazo de otra mujer.
Y no llega solo.
A su lado viene una joven de dieciocho años… idéntica a él.
La misma edad que Lucía.
La misma edad de la mentira que acaba de destruir veinte años de matrimonio.
En cuestión de horas, Alma pierde mucho más que un esposo. Descubre que el hombre al que amó le robó la clínica de su familia, su fortuna y cada cosa que construyeron juntos mientras llevaba una doble vida a sus espaldas. Pero lo peor llega cuando Lucía, su hija enferma del corazón, colapsa en medio del escándalo.
Traicionada, humillada y sin un lugar al que ir, Alma cree haber tocado fondo… hasta que un desconocido aparece bajo la lluvia.
Máximo Salas es joven, poderoso y peligrosamente observador. Un hombre que conoce demasiado sobre ella, sobre Darío y sobre la trampa que destruyó su vida. Lo que Alma no sabe es
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Capítulo 18
El mensaje llegó pasada las diez de la noche.
Darío lo leyó en el sofá de su despacho con el tercer whisky de la noche en la mano. Sus hombres habían ido al apartamento de Ángela Ríos con la dirección que él les dio y encontraron que Alma no vivía ahí. La habían seguido durante dos días, discretamente, y el rastro los llevó a un edificio en el centro de la ciudad que no parecía lo que era por fuera pero que por dentro tenía seguridad de la que cuesta, guardias las veinticuatro horas y un sistema de acceso que sus hombres no habían podido atravesar ni con maña ni con dinero.
Darío dejó el teléfono sobre la mesa de centro y se quedó mirando el techo un momento.
Pensó.
Alma había salido de su casa con una bolsa y su hija enferma. Sin tarjetas, sin cuentas, sin nada a su nombre porque él mismo se había encargado de dejarlo así con años de paciencia y papeles firmados. Eso no había cambiado. Entonces un edificio así, con esa seguridad, con ese nivel, no lo estaba pagando ella.
¿Quién entonces?
No tardó mucho en llegar a la única respuesta que tenía sentido.
Ángela.
Claro que era Ángela. Esa mujer insoportable que llevaba treinta años pegada a Alma como si fuera su sombra, metiéndose en todo, opinando de todo, poniendo su lengua afilada donde nadie se la pedía. La había aguantado en cada cena, en cada evento, en cada reunión familiar donde aparecía con esa sonrisa suya de quien sabe algo que los demás no saben y disfruta que se note. La había odiado en silencio durante años con esa paciencia suya de hombre que sabe esperar el momento correcto.
Y ahora resultaba que era ella quien le estaba financiando la guerra a Alma.
Por supuesto.
Por supuesto que era ella.
Tomó el teléfono. Llamó.
— Cambio de planes — dijo cuando contestaron, sin preámbulos ni explicaciones porque ese tipo de llamadas no las necesitaban — Olvídense del edificio, tiene demasiada seguridad y no quiero problemas de ese tipo ahora mismo. Hay otra mujer. Ángela Ríos. — Hizo una pausa. — Ella sí vive en su propio apartamento y ya tienen la dirección. Búsquenla esta noche cuando vuelva a casa y denle un recado suficientemente claro para que entienda que meterse en esto le va a salir caro. — Escuchó. — Si se pasan un poco de la raya — dijo, y la voz no se le movió ni un tono — no es mi problema. De hecho sería un alivio.
Colgó.
Terminó el whisky despacio, mirando la ciudad por el ventanal.
Sin Ángela empujándola, financiándola, sosteniéndola con esa lealtad ridícula que tenían las dos, Alma se quedaría sola de verdad. Y una mujer sola, sin dinero, sin amigos, con una hija enferma y una abogada que tarde o temprano dejaría de trabajar gratis, no duraba mucho peleando.
Lo sabía por experiencia.
Siempre había sido así de simple.
Ángela iba chiflando.
No sabía qué canción era, ni le importaba. Había pasado una tarde estupenda con Alma y con Lucía y con Agatha y la cena había estado excelente y el vino mejor y ahora conducía de vuelta a su apartamento con esa ligereza que da pasar unas horas con la gente que uno quiere cuando la vida está complicada y uno necesita recordar por qué vale la pena que lo esté.
El semáforo en rojo la detuvo a tres cuadras de su edificio.
La moto apareció por la derecha.
Ángela la vio sin girar la cabeza, por ese radar periférico que uno desarrolla después de años viviendo sola en una ciudad grande y conduciendo carros que llaman la atención. Un tipo con casco oscuro acercándose despacio al lado del conductor. Clásico. Conocía ese movimiento de memoria.
Sin cambiar la expresión abrió la gaveta del copiloto con la mano derecha.
La pistola estaba donde siempre. Fría y familiar como un viejo conocido.
Ángela no era una mujer que se hubiera dejado proteger nunca por nadie. Se había hecho sola desde los diecisiete, en una industria que no era gentil con las mujeres que no tenían apellido ni dinero de familia, y había aprendido temprano que el mundo respeta a quien se hace respetar. La pistola era parte de esa filosofía. Tenía licencia, sabía usarla y no había tenido que usarla en años, pero tampoco había vendido la tranquilidad de saber que estaba ahí.
El tipo tocó la ventana.
Ángela no giró.
El semáforo cambió a verde y arrancó.
La moto arrancó con ella. Pegada. Demasiado pegada para ser coincidencia y las dos lo sabían. Ángela aceleró suavemente, dobló en la siguiente esquina, la moto dobló. Aceleró un poco más, la moto aceleró. En el retrovisor vio que eran dos, el que manejaba y otro detrás con las manos libres y eso le dijo todo lo que necesitaba saber sobre lo que venían a hacer.
Entró al parqueo de su edificio sin reducir velocidad. La barrera la reconoció y abrió. La moto se coló antes de que cerrara.
Ángela paró el carro, apagó el motor y se quedó quieta dos segundos.
Luego abrió la puerta despacio, se bajó, y esperó detrás de ella con la pistola en la mano y la espalda recta y esa calma de quien lleva casi cincuenta años resolviendo sus propios problemas sin pedirle ayuda a nadie.
La moto paró a unos metros.
Los dos tipos bajaron.
Ángela levantó el arma y disparó dos veces al techo.
El eco en el parqueo cerrado fue brutal, rebotando en el concreto como si el edificio entero hubiera dado un salto. Los dos tipos se miraron, miraron el arma, volvieron a mirarse, y sin intercambiar una sola palabra subieron a la moto y salieron más rápido de lo que habían entrado.
Ángela bajó el arma.
— Malnacidos — dijo en voz perfectamente normal, como si comentara el tráfico. — Deberían haberse informado mejor antes de venir.
Se quedó un momento en el silencio del parqueo escuchando cómo se alejaba el motor de la moto. Luego guardó el arma, sacó el teléfono y buscó el contacto de Máximo.
Escribió directamente, sin rodeos porque no era momento para rodeos.
Creo que Darío se empezó a mover. Vinieron por mí esta noche. No tardarán en ir por Alma. Encárgate.
Guardó el teléfono en el bolso y caminó hacia el ascensor. Antes de llegar vibró.
Máximo.
Seguridad discreta desde ahora mismo. No volverá a pasar. Y no te preocupes por Alma, ya la están custodiando hace tiempo. Si ese hombre se atreve a tocarle un pelo le corto las manos. PD: das miedo con esa arma. No sabía que eras tan de temer. Me cuidaré de ti en adelante.
Ángela leyó el mensaje, releyó el posdata, y soltó una carcajada que llenó el parqueo vacío de arriba abajo.
Le escribió de vuelta mientras esperaba el ascensor.
Niñato. Tengo casi cincuenta años. ¿De verdad creíste que era fácil de intimidar?
Las puertas abrieron. Subió.
En el apartamento dejó el bolso, se quitó los zapatos y se sentó en el sofá con las piernas encogidas mirando el salón de su casa que conocía con los ojos cerrados. Cada cuadro, cada mueble, cada grieta en la pared que llevaba dos años diciéndose que mandaría a reparar.
Suspiró despacio.
Darío se había movido rápido. Más rápido de lo que esperaba, lo que significaba que la demanda le había golpeado el ego más de lo que él estaba dispuesto a admitir. Bien. Que le golpeara. Pero también significaba que esto era el principio, no el final, y quedarse en este apartamento donde él ya sabía dónde encontrarla era una invitación a que la próxima vez mandara a alguien más preparado y con menos miedo a una pistola.
No podía quedarse aquí.
Lo sabía.
Miró el salón una vez más, con esa resignación tranquila de las decisiones que uno toma porque no hay otra opción aunque duelan un poco.
Quince años en este apartamento.
Al parecer se acabaron.