Camila lo dio todo por su matrimonio. Durante tres años cocinó, limpió y cuidó la casa —su propia casa— mientras su esposo Adrián y toda su familia la trataban como sirvienta. Cada fin de año, ellos se iban de vacaciones a Cancún y la dejaban encerrada. Sin dinero. Sin voz. Sin salida.
Pero esta vez será diferente.
Mientras Adrián y los suyos disfrutan del sol y la playa, Camila toma la decisión que cambiará todo: vender la casa, recuperar su carrera, y cobrarles una por una cada humillación que le hicieron vivir.
Lo que Adrián y su familia no saben es que esas vacaciones en Cancún serán las últimas que disfruten juntos.
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04
Esa mañana todos estaban reunidos. Desayunaban frente a la playa, disfrutando de la vista que se extendía ante ellos.
—Estoy feliz, Adrián. Por fin podemos venir a este lugar cada año —dijo doña Teresa mientras le daba un sorbo a su bebida.
—Quédate tranquila, mamá. Cada año vamos a venir, te lo prometo —respondió Adrián con una sonrisa.
—Acuérdate, Adrián: no le vayas a subir el gasto a Camila. Esa mujer no hace nada, se la pasa sentada en la casa y encima come de lo nuestro —insistió doña Teresa.
—Jamás, mamá. Ustedes son mi prioridad.
—Llámala. Dile que no se le ocurra andar en la calle mientras no estemos —ordenó doña Teresa.
—¿Cómo va a salir, mamá? No tiene ni un centavo. No le dejé nada de dinero —respondió Adrián con una sonrisa.
—Aun así, recuérdaselo. No quiero que conozca el mundo de afuera y deje de obedecernos.
—Está bien, mamá.
Adrián sacó su celular y llamó a Camila por videollamada.
—Hola, Adrián —saludó Camila desde la pantalla.
—Hola, Cami. ¿Dónde estás?
—En la casa. ¿Dónde más voy a estar? —respondió Camila.
Giró la cámara y le mostró cada rincón, como prueba de que no se había movido de ahí.
—Bien. No vayas a ningún lado, ¿me oíste? Quédate adentro hasta que regresemos.
—Sí, Adrián.
—Estamos desayunando. La vista es increíble —le mostró el paisaje alrededor.
Camila asintió. Doña Teresa sonreía satisfecha al confirmar que su nuera seguía encerrada mientras ellos disfrutaban.
—Bueno, Cami, ya nos vamos a salir. Te cuelgo —dijo Adrián.
Colgó. Doña Teresa respiró aliviada.
—Camila no se atrevería a desobedecernos, mamá —dijo Adrián con orgullo.
—Así debe ser —respondió doña Teresa.
Mientras tanto, en la casa, Camila esbozó una sonrisa amarga. Incluso estando lejos, su marido y su suegra vivían aterrados de que ella pusiera un pie fuera. La querían aislada del mundo exterior.
Antes, Camila creía que esa vigilancia era una forma de cariño. Ahora entendía que era un mecanismo de control. Manteniéndola encerrada, la sometían. Así de simple.
—Hagan lo que quieran. Después de esto, no van a encontrar a la Camila de antes —murmuró.
Terminó de desayunar. Su plan para hoy era viajar a San Rafael, el pueblo donde vivían sus padres. Iba a contarles todo. Ya no quería ocultarles nada.
El trayecto hasta San Rafael era de cuatro a cinco horas. Camila contrató un servicio de transporte; llevaba demasiado tiempo sin manejar distancias largas y no quería arriesgarse.
Pasado el mediodía, llegó a la puerta de la casa de sus padres. Con las manos temblando, tocó la puerta. Una mujer de mediana edad abrió y se quedó helada al verla.
—¡Camila! ¡Viniste, hija! ¡Cuánto te extrañé! —doña Carmen la envolvió en un abrazo.
—Yo también la extrañé mucho, mamá —Camila se aferró a ella.
—Pasa, pasa. ¡Roberto, mira quién vino! —gritó doña Carmen hacia el interior.
Don Roberto, que estaba en el patio trasero, entró a toda prisa al oír a su esposa. Su cara se iluminó de sorpresa y alegría al ver a su hija.
—Camila, ¿cuándo llegaste, mija? —la abrazó de inmediato.
Camila le dio un beso en la mejilla y lo saludó con reverencia. Don Roberto miró a su alrededor, buscando a Adrián.
—¿Y Adrián? —preguntó.
Camila se quedó callada. No le salían las palabras. La lengua se le trabó. Don Roberto y doña Carmen cruzaron una mirada.
—Siéntate primero, hija —doña Carmen la guio hasta una silla.
Por la expresión de Camila, doña Carmen ya intuía lo que pasaba. Pero quería escucharlo de su boca. En tres años de matrimonio, Adrián jamás había permitido que Camila los visitara.
—Dinos qué pasó, mija —pidió don Roberto.
Camila se lo contó todo, sin omitir nada. Ya no quería esconderles ni un solo detalle.
Después se derrumbó llorando en los brazos de su madre. Don Roberto apretaba los puños de la rabia al enterarse de lo que le habían hecho a su hija.
—Perdónenme, papá, mamá. No pude cuidar mi matrimonio —dijo Camila entre sollozos.
—Lo que hiciste estuvo bien, hija. No tenías por qué aguantar un matrimonio con un hombre que no sabe valorar a su esposa —don Roberto le acarició la cabeza.
—Papá, mamá… quiero vender la casa. ¿Me dan su permiso? Estoy segura de que ellos no van a querer salirse por las buenas.
—Es tu casa, hija. Puedes hacer con ella lo que quieras. Tu mamá y yo estamos de acuerdo —respondió don Roberto.
Don Roberto y doña Carmen le habían comprado esa casa cuando Camila todavía estudiaba la universidad. No querían que su hija viviera rentando. Querían que tuviera un hogar propio, seguro. Pero ese hogar había terminado en manos de Adrián y su familia.
—Papá, mamá, estoy segura de que Adrián va a venir a buscarme aquí. Si los llama o viene a preguntar, díganle que no saben dónde estoy.
—Cuenta con eso, mija. Tú quédate tranquila, que nosotros vamos a hacer lo que sea mejor para ti —aseguró don Roberto.
—Debes tener hambre, hija. El viaje hasta acá es largo. Ven, vamos a comer —doña Carmen la tomó del brazo.
—Sí, mamá.
Ya había pasado la hora del almuerzo, y doña Carmen estaba segura de que su hija no había probado bocado. No quería que se enfermara; después de esto, Camila iba a necesitar toda su energía.
Los dos lo sabían: Adrián y su familia no se iban a quedar de brazos cruzados. No iban a aceptar sin pelear la respuesta de Camila.